A Ronald Reagan –fallecido hoy hace tres semanas– lo han despedido sus compatriotas con cariño y admiración conmovedoras. Multitudes hicieron cola en la Catedral de Washington para rendir homenaje ante su féretro. Según muchos el presidente de los EEUU más destacado del siglo XX, electo en 1980 –después de haber desempeñado la gobernación de California durante dos períodos cuatrienales– en condiciones difíciles tanto en lo político como en lo económico, fue reelecto en 1984 por un alud de sufragios, que marcaron su triunfo en 49 de los 50 estados de la Unión. Al dejar la Casa Blanca, en 1988, gozaba, según Gallup, de la aprobación de 63% del electorado, tasa máxima después de la de Franklin Roosevelt al morir. Hace diez años, con emocionada sencillez, había anunciado a sus conciudadanos la reclusión a la que lo reduciría el Alzheimer que acababan de diagnosticarle. Es patente que el forzado silencio de diez años no había amenguado la admiración ni el afecto de sus connacionales.
Había nacido en Tampico, un oscuro pueblecito de Illinois, de un hogar pobre. Su educación no había ido más allá de la secundaria. Ello no fue óbice para que escribiera él mismo gran número de sus discursos, que se conservan de su puño y letra. Margaret Thatcher, que aceptó su invitación a Washington, casi en seguida de su inauguración, si bien era también de origen humilde, poseía un doble doctorado de la Universidad de Oxford –en Química y en Leyes– pero la diferencia de formación académica no interfirió con el establecimiento de una gran amistad y recíproca admiración. En su autobiografía Thatcher narra el efecto que le produjo Reagan en aquella ocasión: “Era un americano lleno de vida, de confianza en sí mismo, de bonhomía, que había escalado de la pobreza hasta la Casa Blanca –el ‘sueño americano’ redivivo– a quien no intimidaba ponerse al frente del poder de su país ni ejercer el liderazgo de la Alianza Atlántica [frente el imperio soviético].” Impresión positiva que reafirmaría, junto con un sincero afecto, a través de innumerables contactos, y manifiesta una vez más en el reciente funeral.
Reagan no era perfecto. Reagan cometió errores. Reagan no siempre hizo las designaciones acertadas para su equipo de gobierno. Pero más brevemente ello puede expresarse diciendo que era humano. Que numerosas notas periodísticas, aquí como en el exterior, dediquen más espacio a reseñar los desaciertos que a reconocer las realizaciones notables, nos hablan de un irreprimible resentimiento contra una gran figura conservadora, más que de la apreciación de su gestión. Lo que importa es si ésta logró o no influir sobre la marcha de la historia, de su país y del mundo, en un sentido positivo. A eso dedicaré el resto de este artículo, en lo que ofreceré una fundamentación para la respuesta afirmativa, compuesta de tres capítulos.
POLÍTICA ECONÓMICA. Al iniciarse los años ’80, EEUU, junto con la mayoría de la OECD, padecían alto desempleo y alta inflación desde cerca ya de una década, con el consiguiente efecto retardatario sobre el crecimiento. Su intuición le aseguraba a Reagan que el mal provenía de excesivo gobierno y su secuela de excesivos impuestos. Esas convicciones tomaron forma y ganaron en firmeza gracias a la proximidad de un pequeño grupo de economistas que las compartían, con la jefatura de Robert Mundell, galardonado más tarde con el premio Nobel, y la capacidad de comunicación del joven Arthur Laffer, reforzada por otros entusiastas, como Jude Wanniski y Martín Anderson. Keynes había sostenido que la desocupación se debía a demanda insuficiente y veía la salida en reforzar la demanda privada con más gasto público. Mundell y su pequeña banda de heterodoxos llamaron a aquel enfoque “economía del lado de la demanda” (demandside economics). Su idea maestra sería basarse en radiografías del lado de la oferta (supply-side economics) y su terapia se centraría en bajar impuestos. Nunca tantos quedaron en deuda por ideas con tan pocos. Porque no fue solo en EEUU. Allí, entre 1980 y 2000, la tasa marginal (máxima) del impuesto a la renta de las personas físicas bajó 28 puntos (¡43 en Gran Bretaña!) y la del impuesto a las empresas 11 puntos (¡26 en Irlanda!); pero en 20 países desarrollados, un promedio de, respectivamente, 20 y 9 puntos. Y los resultados, por todas partes, magníficos.
ESTRATEGIA INTERNACIONAL. A Reagan se lo reconoce universalmente como el vencedor de la guerra fría, de modo que, ante la generalidad del reconocimiento, podré ser breve. Se suele omitir constancia de que, quienes ayudaron más al hombre de Tampico a derribar al gigante soviético fueron el trío Marx-Lenin-Stalin, al haber confeccionado al monstruo con torpeza tal que milagro fue que durase setenta años. La parte de Reagan en el derrumbe la cumplió, no combatiendo, sino gastando. Le constaba que, con la ineficiencia inherente a su sistema, la economía soviética no podía competir con la suya, y se propuso desafiarla en la dirección de armamentos de altísima tecnología –aquello de la guerra de las galaxias– sabiendo que lo fatal ocurriría: que los soviéticos intentarían mantener la paridad de fuerzas militares, y que en el esfuerzo quemarían sus últimas energías. Si bien no puedo asegurar que él tuviera la capacidad de anticipar que la supuesta superpotencia terminaría derrumbándose por sí sola, como un castillo de naipes, sí es un hecho que en 1987, en un discurso pronunciado a la vera de la siniestra muralla, espetaría al mandamás comunista, como si poseyese el don de leer el futuro, la famosa exhortación: “Señor Gorbachov, abra esta puerta. Señor Gorbachov, tire abajo ese muro.”
GRANDEZA DE ALMA. Las facultades que se integraron en su estupendo liderazgo las ejercitaba de una manera muy particular, que rebosaba modestia, fuerza, dulzura, sentido del humor, según las circunstancias. ¿Quién ha podido jamás superar su combinación de las dos últimas cualidades cuando su mujer llegó al hospital desolada, después del ataque a balazos de un insano?: “Perdona, Nancy, pero se me olvidó esquivar.” O ¿quién supo mejor disolver la solemnidad estirada del momento en que un conjunto de eminencias médicas se inclinan en su derredor a punto de operarlo?; “Por favor, doctores, asegúrenme que todos ustedes son republicanos.” O, si se trataba de suscitar confianza frente la amenaza soviética en los inicios de su mandato, en 1981, en la Universidad de Notre Dame: “Occidente no contendrá al comunismo: lo trascenderá; lo barrerá como un capítulo negro en la historia de la humanidad, cuyas páginas se están escribiendo ahora.” Voy a dejar que las palabras de su entrañable amiga, Margaret Thatcher, difundidas en el reciente funeral, cierren estos pensamientos sobre la personalidad del gran hombre: “Usted ha cambiado las actitudes y percepciones acerca de lo que es posible, lo más difícil que haya en política. Y no lo ha hecho cediendo a los deseos y caprichos de otros, sino afirmándose en sus convicciones. Es como si usted hubiese dicho al principio de su vida política: ‘En esto creo, sobre esto actúo. Siempre creeré en esto. Y siempre sobre esto actuaré.’ Y gracias a Dios que así haya sido.”