Hebert Gatto, el distinguido intelectual compatriota, acaba de presentar su último libro, que versa sobre la fase guerrillera del MLN; es decir, entre mediados de la década de 1960, cuando empieza a funcionar como grupo armado, y mediados de 1972, cuando la guerrilla deja de operar. No se trata de una narración del conflicto bélico, sino un análisis del ideario que lo puso en movimiento, de los presupuestos culturales que lo hicieron posible, hasta la concreción de su filosofía y su estrategia. De tal manera que el lector asiste al liderazgo de pensadores, de ideologías, a la influencia de líderes intelectuales y políticos, observa las ondas de entusiasmo, cuando las alternativas favorecen a los insurgentes, y, ante circunstancias menos propicias, ve cómo éstos desplazan su esperanza hacia eventuales asistencias providenciales, así como afirman su decisión de luchar hasta el fin. La investigación ingresa también al terreno de la moral con propósito crítico, cuyo resultado difunde con plena claridad.
Me agradaría sobremanera poder hacer honor a este libro, comentándolo en la medida de mis fuerzas, pero ello es manifiestamente imposible dentro del formato de mi contribución sabatina a El Observador. No se trata de un libro para quedarse en los aspectos exteriores o meramente formales. Es un libro que le entra hondo a sus temas y que un comentarista no puede contentarse con apreciar en él lo puramente formal. Aquí, por lo tanto, deberé limitarme a algunas observaciones sobre aspectos parciales de la obra, que me llamaron particularmente la atención.
En primer lugar detecto unidad en cuanto a la temática de los autores que sirvieron de base a los fundadores del MLN, y más tarde a sus militantes, en la cual me parece encontrar omisiones fundamentales. Hay distintas maneras de identificar esas omisiones. Una manera consiste en señalar que la totalidad de sus fundamentos para afirmar que en un país el pueblo está oprimido, o explotado, y, por lo tanto, que una revolución socialista contemplaría óptimamente sus intereses, tienen carácter sociológico, y en ninguna medida económico. Otra manera de decir lo mismo consiste en afirmar que una economía planificada, a condición de que el planificador responda a los intereses de los trabajadores, da por resultado mejores nivel y calidad de vida que el capitalismo para estos, que dejarían en tal caso de sentirse víctimas de explotación, o de sufrir “alienación”, sea cual fuere el significado de este término, con tal de que consista en algo inmaterial que actúa negativamente sobre el nivel de satisfacción del operario.
Ahora bien, ¿qué debemos pensar sobre estas proposiciones, que solo en la hipótesis de ser ciertas nos llevarían a afirmar, que la guerrilla promovió los intereses vitales del pueblo? Antes de responder tendríamos que seleccionar un criterio para comparar los resultados de un sistema de economía planificada, como el que aplicaba el Gosplan en la URSS, o el que rige en Cuba hoy en día, con los que se aplican en la mayor parte del mundo, verbigracia en EEUU y Canadá, Europa, y buena parte de Asia, incluso ( hoy predominantemente) en China. No se trata de una tarea fácil.
Ante todo, porque los ensayos de economías planificadas en el ámbito contemporáneo son muy pocas, y el error de las estimaciones estadísticas consiguientemente elevado. Pero si tenemos en cuenta que la experiencia sinosoviética, contando hasta la caída del muro, insumió setenta años, y costó 100 millones de vidas, antes de recoger sucesivos muestreos a fin de conseguir mayor certeza correríamos el peligro de entrar en una seria crisis de despoblación mundial. Tal vez podría ser factible adoptar temporalmente el régimen de mercado e investigar algo más detenidamente los cargos que contra él se formulan, y no parecen haberse examinado por el momento a la luz de una polémica ordenada.
Explorando esa ruta nos encontramos de inmediato, en el conjunto de las economías de mercado, con innegables fracasos. Eso sí, ellos no parecen hallarse distribuidos al azar, y en cambio sí tienden a concentrarse notablemente en la región latinoamericana. ¿No podría deberse ello a peculiares facetas culturales de nuestra parte del mundo? Me parece haber buenos fundamentos para no descartar ligeramente esa posibilidad. Noten algunas consideraciones que parecen desaconsejar pasar con excesiva prisa por encima la alternativa a la que aconsejo dedicar cierta atención.
Para comenzar, intentemos una comparación de los rasgos culturales que predominan a un lado y otro del Ecuador en el Hemisferio Occidental. En la década de los 1830 George Canning, ministro de la Corona Británica, asignaba grandes posibilidades de éxito a los nuevos países de América Latina cuya independencia había ayudado a proclamar. Por su parte, Alexis de Tocqueville, el historiador y filósofo político francés discrepaba. “América del Sur”, afirmaba, “no sabe mantener una democracia”. En lo económico sostenía que “otros países del continente tienen las mismas oportunidades que los angloamericanos, y viven en la miseria.” ¿Por qué? Intentar una respuesta nos llevaría demasiado lejos, pero el hecho era que los iberoamericanos mostraban más inclinación a echarle la culpa de sus desdichas a los demás, a través de los siglos, que a enfrentar las realidades que los condicionaban
La tesis del imperialismo, caballito de batalla de la izquierda desde La Habana hasta Tierra del Fuego, plantea serias dificultades para los partidarios de la revolución socialista en el Sur. EEUU tenía dos millones de habitantes en 1776, mientras la América hispana los sobrepasaba de lejos, tanto en población como en recursos materiales. Los angloamericanos abrieron financieramente su economía y fueron importadores netos de capital a través de todo el siglo XIX, deudores netos hasta la 1ª Guerra Mundial. ¿En virtud de qué podrían haberse agenciado la condición imperial que supuestamente conllevaría la succión de recursos, de la que provendría su prosperidad y la reducción de los del Sur a la pobreza, el subdesarrollo, la alienación y la servidumbre?
Muy poco de la literatura revolucionaria, particularmente la del período en que el MLN se dedicó a la guerra, los años 1960 –el sesentismo, en una palabra– puede entenderse como otra cosa que una gran rebelión contra la realidad. Ninguna figura como la del Che Guevara puede representarla. Dejaré que lo diga, mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, el autor del libro que ha suscitado estas reflexiones. “El Che Guevara”, expresa Hebert Gatto, “pese a ocupar en Cuba importantes posiciones en un gobierno que exhibía graves problemas de gestión [...], se había convertido en el principal abanderado de estas visiones voluntaristas, absolutamente convencido, como lo demostró su polémica con Bethelheim, de que bastaba con los estímulos morales para conseguir aventajar al capitalismo en todos los terrenos. Posteriormente, amargado con su desconocimiento de la economía, la derrota de sus tesis y las dificultades para implementarlas, prefirió resignar todas sus responsabilidades de gobierno para dedicarse al magno empeño de exportar revoluciones, tarea mucho más afín con su innato romanticismo epocal.”