Conservador

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LOS CONSERVADORES PONEN ACENTO EN LA COMPLEJIDAD DE LOS FENÓMENOS HISTÓRICOS Y EN EL PAPEL CENTRAL QUE LA ESPONTANEIDAD SOCIAL DESEMPEÑA EN EL DEVENIR HISTÓRICO.

He estado leyendo un libro reciente de José Pedro Barrán, titulado Los conservadores uruguayos (1870- 1933), cuya pluma siempre ágil y su experto manejo de la amplia información a su alcance me han deparado algunos ratos entretenidos. Lo que he echado de menos es un esfuerzo mayor del autor por caracterizar al “conservador”, en alguna manera protagonista de su volumen. Este contiene una “advertencia” sobre su origen, que partió de ser una ponencia sobre la “derecha” uruguaya, y no específicamente sobre el “conservadurismo”, lo que incide para autorizarle mayor laxitud en la determinación del concepto. Sin embargo, la oportunidad era propicia para trazar el perfil de una figura político-filosófica como el conservadurismo, rara vez enfocada entre nosotros. Cito textualmente del primer capítulo: “El pensamiento conservador en materia política y social puede ser identificado con la defensa del orden establecido, la crítica a los que promueven su reforma y la diabolización de los que bregan por su modificación violenta.”

El quid del error, o de lo que a mí me parece tal, reside en el sustantivo “defensa”. En su virtud, el conservador es un abogado del sistema económico y social reinante. Lo defiende, como los de su profesión suelen hacer, alegando que los cargos que se levantan contra el cliente son injustos; que son otras fuerzas, ajenas a él, las que generan pobreza y dolor por vastas zonas de la sociedad. Yo no he oído o leído a un conservador de nota asumir una defensa del “orden establecido”. Lo que en general sostienen es una tesis, en cuanto a que quienes pugnan por una revolución, entendida como salto cronológico, una discontinuidad del acontecer histórico, la mayoría de las veces no saben lo que hacen; e invariablemente marchan hacia una suerte peor, frecuentemente mucho peor, que la que se proponían mejorar

Me explico. Partamos del concepto de conservador que Barrán nos presenta, y preguntémonos por qué razón “defienden” el orden establecido. No puede haber más que una respuesta. El contexto no tolera otra: defienden sus intereses. Son abogados de su propia causa. Se aferran a lo que les conviene. El conservador de Barrán es presentado, pues, como el adalid de una sociedad llena de lacras, arguyendo su caso por puro afán de lucro, incapaz de captar que, ante conflicto tal, proponer una transacción sería la única alternativa a una franca retirada. Profundamente inmoral, y encima carente de cacumen, ¿qué otro papel podía corresponderle que el de villano de la pieza?

Edmund Burke nació en Irlanda, en 1729. Muy joven, con escasos recursos materiales, trasladó su residencia a Londres y militó en el Partido Whig, que había encabezado la revolución de 1688, contra el último Estuardo, y fundó la monarquía constitucional. Burke apoyó la revolución de los colonos norteamericanos contra Inglaterra. Luchó por los derechos de los irlandeses católicos y derrochó energías en una larga y sonada campaña contra Warren Hastings, un dignatario del gobierno imperial de la India, a quien acusó de haber abusado de los derechos de la Corona Británica, a expensas de los habitantes nativos. El estadounidense Robert Nisbet, en 1980, afirmaba que, “por unánime asentimiento, el conservadurismo moderno, en cuanto orientación político-filosófica surge de Edmund Burke”. ¿Piensa el lector que la personalidad que acabo de esbozar es compatible con el prototipo de conservador que Barrán dibuja en su libro? Pero este es sobre todo el momento de inquirir: ¿qué hizo Burke para ganarse esa jefatura secular del conservadurismo, reconocido al menos en los países de habla inglesa? ¿Defender acaso la sociedad francesa en tiempos de Luis XVI? En modo alguno. Sobre la base de las primeras señales que la Revolución Francesa fue dando al mundo, Burke vaticinó que ni paz ni progreso le depararía a Francia aquel movimiento, y –¡tan pronto como en 1790!– coronó su profecía anticipando que todo terminaría en una dictadura militar

Si nos preguntamos por qué el conservador de Barrán adopta su postura, hemos visto que el interés personal es la única explicación. El conservador burkeano puede ofrecer, en cambio, una diversidad de razones. Una de ellas es la distinción entre razón y racionalismo. De origen cartesiano, el racionalismo proponía recurrir a la razón matemática para solucionar problemas políticos e históricos. Pascal no había demorado en subrayar la especificidad de aquella clase de razón: Le coeur a des raisons que la raison ne connaît pas; Adam Ferguson, en el siglo XVIII, sentó la advertencia conservadora paradigmática: “las naciones se topan con instituciones que son ciertamente el resultado de la acción humana, pero no del designio humano”; y así sucesivamente, hasta llegar a Hayek, Oakeshott, y a la “razón histórica”, o “vital”, de Ortega y Gasset. Estrechamente vinculada con esta clase de enfoques –y particularmente con el de Ferguson– tenemos el acento conservador sobre la complejidad de los fenómenos históricos y, en particular, con el papel central que la espontaneidad social desempeña en el devenir histórico, en contraposición, sobre todo, a la ingeniería social. Así, Tocqueville (a quien Barrán nombra, como también a Burke, si bien no yendo, en ninguno de los dos casos, más allá de una singular y desnuda mención) es llevado a sostener que el edificio de la Revolución Francesa fue construido con los materiales de demolición del ancíen régime. Etcétera

Pienso que, si Barrán había de mantenerse rigurosamente dentro del tema demarcado por su título, debió consignar que su pesquisa no le había revelado ningún conservador en nuestro país, con la parcial excepción de Luis Alberto de Herrera, por su posición adversa a la Revolución Francesa. Alternativamente, podría haberse atenido a la idea original de su investigación, relativa a la derecha en general, concepto de innegable amplitud, pero en tal caso no podría haber dejado de lado la inclusión en la derecha de los movimientos totalitarios, con las consiguientes dificultades derivadas de proceder el fascismo directamente del socialismo, y el nazismo autodenominarse socialista, a la vez que nacionalista, siendo los enfrentamientos entre unos y otros más tácticos (conflictos entre vecinos ideológicos) que conceptuales.

Barrán tacha de filofascistas a los conservadores uruguayos, pero ya he señalado por qué pienso que el manejo del concepto de conservadurismo en su libro es arbitraria. Es cierto que el anticomunismo es una característica de los conservadores desde que el comunismo se hizo conocer, pero derivar de ello un apoyo a determinados movimientos que combatieron contra el bolchevismo y sus asociados es una ofensa a la lógica. Más oportuno parece tomar nota de que el principal líder de la guerra contra el nazifascismo fue un gran conservador, Winston Churchill, así como que, por el contrario, la alianza de Hitler y Mussolini con Stalin duró comparativamente largo tiempo, y solo cesó cuando Hitler resolvió romperla.

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