Patriotismo e Historia

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LAS REVOLUCIONES SUELEN TRAGARSE A SUS LÍDERES, PERO DESDE LA SOVIÉTICA DE 1917 LAS VÍCTIMAS PASAN A SER MAYORITARIAMENTE CAUSADAS POR RAZONES DE INGENIERÍA SOCIAL.

Se ha sabido a través de la prensa internacional que Vladimir Putin, jefe del Gobierno ruso, ha seguido con atención la elaboración de un libro de historia de su país, destinado a los estudiantes secundarios, respondiendo al vivo interés con que encara la formación de la juventud, particularmente en lo que hace a despertar orgullo por su tierra natal. Cuando uno tiene una historia como la que legó a los rusos la revolución bolchevique, y los consiguientes 70 años de régimen soviético, no se trata de un objetivo fácilmente accesible

Por cierto, la trayectoria de Rusia a través del tiempo está lejos de carecer de motivos de honra. Culturalmente, su siglo XIX hace pensar en el siglo de Pericles y en el quattrocento italiano. Pushkin, Gogol, Dostoyevski, Turguenieff, Tolstoy, Chejov, constituyen una constelación literaria de brillo difícil de igualar. En música, aparte de la estrella refulgente que representa Chaikovsky, la belleza excelsa del ballet nacional, y las contribuciones notables de Moussorgsky, Rimsky-Korsakoff, Borodine, Balakirev y, ya en el siglo XX, Stravinsky, Prokofiev, y Shostakovich (sin pretensión de ser exhaustivo) colocan a Rusia en un lugar destacado de la creatividad artística mundial. Si se trata de la disposición heroica de su pueblo a inmolarse en defensa de su Patria, Rusia puede exhibir dos sensacionales victorias, una contra Napoleón, otra contra Hitler. Hay en todo ello sin duda material bastante para encender en el corazón de los jóvenes la pasión del patriotismo.

Pero, a excepción de la regla general, a fin de hacer que la educación haga florecer el patriotismo, la dificultad rusa, a la vez que de otras comunidades en las que se llevaron a cabo revoluciones de inspiración totalitaria, no radica en la insuficiencia de lo positivo, sino en la superabundancia de lo negativo. Si a los jóvenes se les hace saber que los revolucionarios aniquilaron muchos millones de sus compatriotas, sin la sombra de un fundamento serio ¿cuál podría ser en los jóvenes la resultante de los impulsos, positivos y negativos, en torno a la adhesión a la Patria? La sentencia de Horacio –dulce et decorum est pro patria mori (dulce y hermoso es morir por la Patria)– ¿tendrá en los Estados convictos de genocidio la misma vigencia que puede aspirarse inducir en los demás?

Podría parecer que, en alguna medida, se trata de una cuestión de valores relativos. El raciocinio que podría aspirarse a instilar en los estudiantes, como antídoto del horror de tantas víctimas, tendría que basarse en afirmar la doble necesidad de las revoluciones, y de la envergadura de su carácter cruento. El dicho, que pretende trivializar la tragedia, es que “no se pueden hacer tortillas sin romper huevos”. De modo tal que, si un país opta por no derramar sangre, al mismo tiempo renuncia al progreso. En otros términos: se afirma una doble ley natural, supuestamente ineluctable: uno, las revoluciones son la condición del avance de la sociedad hacia la realización de su potencial de prosperidad y justicia y, dos, las revoluciones son inherentemente sanguinarias.

Es fácil demostrar que esa tesis es incapaz de tenerse en pie. Para simplificar, aceptemos que, en determinadas circunstancias, la revolución pueda ser un recurso indispensable para el progreso. La revolución inglesa de 1688 afirmó las bases del estado de derecho y la revolución independentista de Estados Unidos logró su propósito, sentando las bases de un régimen sólidamente democrático. Ninguna de ellas pecó de sanguinaria. Pero admitamos en la sociedad de las revoluciones defendibles a la de Francia, que legó a su país la bandera y el himno, así como un héroe militar que la democracia actual sigue endiosando. El juicio de la historia sobre ésta continúa siendo polémico, mas el hecho es que los franceses no han encontrado en la multitud de víctimas inocentes de su revolución un obstáculo para plasmar el objetivo a que aspira Putin

Pero hay distancias insalvables entre los episodios revolucionarios. En la revolución francesa se sucedieron varias transferencias violentas del poder revolucionario –golpes de estado dentro de la revolución, podría decirse– en las cuales rodaron las cabezas de los líderes desplazados sucesivamente. Este fenómeno se corresponde con la expresión de que no se pueden hacer tortillas sin romper huevos, o con la otra, la revolución devora sus propios hijos. En tales casos, las bajas tienen origen político. Se mata para librarse de enemigos y para desanimar a potenciales adversarios. El panorama al respecto cambia a partir de la revolución rusa que estalló en 1917.

Desde entonces, aparte de las ejecuciones de adversarios, entran a operar otras clases de fundamentos, donde la motivación política pasa a un segundo plano, en el aspecto cuantitativo, y las víctimas pasan a ser mayoritariamente causadas por razones de ingeniería social, o por motivos sociológicos. La potencialidad destructiva en uno y otro caso son muy distintas. Por de pronto, si la revolución devora sus propios hijos, las víctimas dependen del número de hijos que sean candidatos al patíbulo. Se trata de una cantidad limitada, por más que pueda ser numerosa. En cambio, si se trata de eliminar uno o más sectores de la sociedad, porque mientras éste subsista la revolución no cesará de apartarse de su fin natural y deseable, entonces la cantidad de víctimas es incalculable. La cantidad de muertos después de juicios sumarios de Moscú se sitúa alrededor de 700.000, pero el total de víctimas del terror estalinista ronda por los veinte millones. Ello abarca la destrucción de vidas en los campos de exterminio y las hambrunas deliberadas, fundamentalmente en las operaciones contra los campesinos so pretexto de su resistencia a la colectivización de la agricultura. Por supuesto que la insania de líderes como Stalin y –ya que el caso soviético en modo alguno es único– también como Hitler, Mao Tzedong y Pol Pot, han sido factores señalados del desastre mundial causado por el totalitarismo.

El abandono de la economía planificada en Rusia es estimulante para concebir la esperanza de que el país se oriente hacia un futuro de justicia y libertad, pero una pretendible “verdad oficial”, que pretendiese borrar de la memoria colectiva del país el asesinato de decenas de millones de personas, y la práctica de una tiranía salvaje, operaría en sentido inverso. Este artículo ha glosado fundamentos posibles de una visión patriótica de los jóvenes rusos, a los cuales sería menester agregar, entre otras, la obra magnífica, tanto desde el punto de vista literario como ético y humano, de Alexandr Soljhenytsin, en cuya literatura, en efecto, brillan a la vez el amor por la Patria rusa a la vez que la tenaz y heroica resistencia al régimen totalitario. Su ejemplo puede mejor que nada demostrar la compatibilidad del amor de los jóvenes rusos por su país y la reafirmación de su adhesión a los valores humanos fundamentales, rechazando lo que se vivió en su tierra durante la tiranía comunista como algo ajeno a su verdadera tradición, a repudiarse para siempre.

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