Treinta años después

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SI HOMBRES DEL MLN-T LLEGAN AL GOBIERNO, EL MAYOR ELOGIO A QUE PODRÁN ASPIRAR AL FIN DEL DÍA, EL MEJOR CUMPLIDO QUE LA HISTORIA PODRÁ LEGARLES, ES QUE FUERON INOPERANTES.

Treinta años atrás los Tupamaros experimentaban, como guerrilleros, un desastre final. Su organización, que había disfrutado reputación de inexpugnable frente a las fuerzas represoras, se desplomó como un castillo de naipes, apenas el gobierno la tomó suficientemente en serio como para introducir algunas modificaciones en las reglas del juego de policías e insurrectos, que venía practicándose desde mediados de la década anterior. Hoy en día es suyo el primer lugar en la coalición de partidos de izquierda que aguarda con optimismo nada desdeñable las elecciones nacionales ¡Notable volte face! ¡Qué cambio singular en las expectativas vitales de los militantes! Entonces, la cárcel por extensos lapsos, sin descartar la muerte violenta. Ahora, el trato frecuente y amistoso, de una manera u otra, con el poder.

Pero en el ser humano el disfrute de las perspectivas favorables rara vez está libre de complementos que le introduzcan algún grado de sinsabor. En algunos puede que la cuota de desazón venga por haber cerrado los ojos al camino tan sencillo que ahora se les abre, vía las urnas, hacia el deseado poder. Si entonces el camino no hubiese estado aún expedito, ¿por qué no esperar? Treinta años de militancia pacífica, por más que modesta, podría haber satisfecho su conciencia, y desembocar ahora, sin los padecimientos soportados e infligidos, en la misma recompensa. Pero hay al menos un caso del que la prensa nos ha dado noticia, probablemente también en mayor número no visible, en que la inquietud va por otro camino. Nos las habemos con un hombre que arriesgó su vida en la guerrilla en pos de un gran premio: poder para hacer felices a los desgraciados, y castigar a los opresores. Poder absoluto para hacer perfecta justicia. Como Fidel en Cuba. Ahora resulta que el poder pasará por contar los votos de senadores y diputados. Las decisiones necesarias para hacer justicia plena pueden quedar trabadas por la aritmética parlamentaria, si no judicial. Como si a Fidel le hubiesen prohibido ejecutar a los aviadores militares que habían atacado a las tropas revolucionarias en Sierra Maestra porque un hato de jueces burgueses los había amparado tras el principio de la obediencia debida. Quien así reflexiona se llama Julio Marenales, sin quitar que, en mayor o menor número, tenga compañía. Y esa inquietud ha suscitado una propuesta: que si la victoria de Tabaré no incluye todas las mayorías en las Cámaras que se requieran para resolverlo todo, debe disolverlas y llamar a nuevas elecciones legislativas. Tal vez –esto no lo ha dicho, pero tiene que haberlo pensado– tomando las precauciones del caso para que los nuevos comicios no los dejen peor que antes.

Diversas objeciones han brotado como los hongos tras la lluvia. De filas propias y ajenas. Le han dicho a don Julio que lo que pedía no era posible, o que la Constitución merece otro respeto. Sin ánimo de agraviar, le objetaron debilidades obvias, que resaltan lo que la propuesta tiene de tontería. Lo que yo quiero comentar es otra cosa: lo que la propuesta tiene de insensatez, que es algo diferente

Lo que Julio Marenales está buscando es el poder absoluto. Como el que empezó a desear, allá por los años ’60, cuando tantos estaban dispuestos a apostar la vida a que tenían razón, que lo que le faltaba a la humanidad para alcanzar la felicidad de todos, particularmente de los desposeídos, era poder en las manos de los que tenían hambre y sed de justicia. A la Unión Soviética la veían invencible, camino a derrotar al capitalismo e implantar el reinado feliz del socialismo, terminando con la explotación de los pobres del mundo y el hambre de los esclavos sin pan. A Cuba la percibían como una URSS en pequeño. Y, en general, el hecho de que un tercio de la humanidad se situase ya bajo la hoz y el martillo, se veía como el presagio de que la bandera roja ondearía orgullosa bajo todos los cielos del planeta. Pero, desde entonces, ¡tantas cosas han pasado! Prácticamente ninguna de aquellas vivencias podría hoy alentar en una cabeza en su sano juicio.

Desear poder absoluto un tupamaro en estos días del tercer milenio, ¿para qué? Si pudiera alcanzarlo, ¡qué diablos haría con él? ¿Cómo, entonces, no preferir gobernar bajo una Constitución plagada de frenos y contrapesos? Usted, don Julio, teme que el gobierno de la izquierda sea inoperante. ¡Recapacite! Usted les dice a los periodistas de Búsqueda (2/9, p.18) que no sirve asumir el gobierno si no van a poder hacer lo que quieren. Pregunta usted mismo y se responde: ¿Para qué vamos a tomar el gobierno? ¿Para después tener que decirle a la gente que no hicimos nada porque no nos dejaron? ¿Para justificar que somos inoperantes porque no pudimos gobernar? ¡Nooo! Y yo, don Julio, me tomo la libertad de corregirlo: ¡Sííí! ¡Sean inoperantes! Para el bien del país y del suyo propio. ¡Sean inoperantes! Yo le aseguro esto, y no lo olvide. Si llegan al gobierno, el mayor elogio a que podrán aspirar al fin del día, el mejor cumplido que la Historia podrá legarles, es que fueron inoperantes

Reflexione. Hay tantas cualidades peores que la inoperancia que los gobiernos pueden mostrar. Imagine por un instante que Stalin hubiera sido inoperante. ¿Puede usted imaginar la bendición que esa inoperancia habría representado para el pueblo soviético (rusos, bielorrusos, ucranianos, lituanos, chechenos, etc.) si Stalin se hubiese contentado con hacer funcionar a los tumbos los planes quinquenales, sin meterse en la colectivización de la agricultura? Si no hubiese creado los campos de exterminio, donde murieron de frío y de hambre veinte millones de seres humanos. O si Pol Pot hubiese sido inoperante. ¡Qué maravilla! En vez de masacrar a un tercio de la población camboyana en ejercicios de ingeniería social. O mire a Fidel Castro. En ciertos aspectos este fue inoperante, porque tomó una isla especializada en azúcar con mucha prostitución y hoy tiene una isla especializada en azúcar con mucha más prostitución que antes. Pero no fue inoperante en fusilar y meter opositores en la cárcel. ¡Caray! ¡Qué injusticias se cometen con la inoperancia

Don Julio, yo creo en su sentido de solidaridad, y en la generosidad que le impelió a entrar en el MLN y seguir fiel a sus ideales. Pero, ¿ha reflexionado alguna vez sobre si esos sentimientos positivos son capaces de engendrar ideas útiles para mejorar el nivel de vida de la gente? Usted debe comprender que son dos cosas bien distintas. En la misma entrevista usted declara: “...El MPP es el que está planteando las cosas con mayor claridad y tiene definiciones más claras. Pasa con el fenómeno de la tierra. Entonces el MPP dice: ‘acá hay que hacer rendir la tierra y si tenemos industria va a ser sobre insumos que salgan de ahí’.” Pues bien, el pensamiento que acabo de reproducirle con total fidelidad es estrictamente irracional. ¿No teme que, basado en sus buenas intenciones, usted acepte ideas confusas que sus sentimientos le inspiran y las tome por claras? Y tal vez haya en la izquierda muchos como usted. ¿No le parece que algún grado significativo de inoperancia en el gobierno que ustedes puedan llegar a formar sería enormemente positivo para nuestro pueblo?

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