Esa mirada la necesitamos por varias razones. La primera es una mezcla de la condición heterogénea de la coalición y la renuencia de sus autoridades, notablemente su líder, en cuanto a revelar las líneas directrices de su conducta, si conquistan el gobierno. El hecho de no haber gobernado la izquierda antes –salvo en el ámbito municipal, poco propicio a revelar lo que más nos interesa– es, por supuesto, el presupuesto básico de nuestra insatisfecha curiosidad
¿Qué método tenemos a nuestro alcance para perforar la pantalla opaca que la cúpula de izquierda despliega entre nuestra avidez de información y la complejidad del objeto que deseamos conocer? Sugeriré que la cúpula está demasiado guarnecida para que sea por su entorno que podamos infiltrar nuestros sensores. Por lo cual debemos extender la atención hacia la totalidad de nuestro objeto, cubriendo áreas marginales menos protegidas contra la indiscreción, y –si la fortuna nos es propicia– evaluar entonces la confiabilidad que semejante percepción lateral haya de merecer
Recientemente se ha manifestado a pleno sol un episodio tal vez revelador. Me apresuro a reconocer que su significación ha sido puesta en cuestión tanto por la prensa como el gobierno. Discrepo con ese juicio, y someteré ambas versiones al criterio del lector. Se trata de una manifestación de repulsa frente a la inauguración de las obras de un puerto privado en Puntas de Sayago, en una ensenada adyacente a la bahía de Montevideo. Se trata de un proyecto importante: US$ 150 millones su costo; 400 los puestos de trabajo que generará. Organizó la algarada en su contra la Corriente de Izquierda, un integrante marginal, a la vez que ultrarradical, del FA. Menos de cien personas acudieron a su convocatoria. Comprensiblemente, la reacción de prensa y gobierno fue displicente. Este mismo diario tituló una nota: “Un puñado de radicales se ganó el desdén del gobierno”. El ministro de Industria, José Villar, según la referida nota, hizo gala de su desprecio al pasar su coche frente a los manifestantes. Jorge Batlle, frente al abucheo, comentó: “En este país hay gente que se opone a todo lo que signifique trabajar.”
¿Por qué atribuyo importancia a este episodio? En primer lugar, porque me dejó estupefacto. Platón hizo el elogio del asombro como acicate para la reflexión. Quien solo se asombra de lo obviamente asombroso se queda en el lugar común; pero quien descubre lo sorprendente bajo una cubierta de trivialidad, puede abrir algún camino nuevo. En el caso que he seleccionado todo es admirable. El Cerro, barrio empobrecido, otrora sede casi total de la industria frigorífica, a la cual su sindicato había logrado extraer dos quilos de carne diarios sin cargo para cada trabajador, la pierde en su totalidad. No le queda nada de su pasado esplendor. Ahora vienen inversores que, inopinadamente, sin reclamar nada a sus pobladores, se aprestan a construirles un puerto que empleará a 400 personas, abriendo horizontes nuevos para 400 familias. Y en lugar de una calurosa bienvenida, dan rienda suelta a su capacidad de odio, que largos años de desventuras han magnificado. ¿Por qué? El líder de los revoltosos afirma que luchan en defensa del patrimonio nacional, asegura que el nuevo puerto no creará fuentes de trabajo, y que “si se siguen vendiendo los puertos y las empresas de este país” no se van a poder pagar las jubilaciones ni los salarios públicos. Ese disparatorio, esa furia desmelenada, quieren decirnos algo. No debemos tratarlos con desdén. Es como un antiguo papiro egipcio: algo a descifrar.
La reacción del presidente, que tuvo que llegar al festejo en helicóptero, me pareció notablemente desubicada. En este país, dijo, “hay gente que está en contra de todo lo que signifique trabajar”. Ojalá fuera esa la interpretación justa, pero no lo es. Hay gente, sí, que asocia a los puertos con trabajo duro, y no le simpatizan por ello. ¿Se acuerdan cómo cantaba Gardel? “No vayás al puerto/ Que hay mucho laburo/ Y no es de hombre rana/ Ir a trabajar.” Aquel vago al que el Mago le prestó su voz nunca iba a ir a agitar el puño, ni a cacerolear, ni a gritar improperios –todo demasiado parecido al trabajo– en lugar de quedarse saboreando sus amarguitos en la catrera. Pero los de la banda de desorbitados que hostigó a Batlle son de una especie diferente.
¿Qué son pocos? Es cierto, pero no tan pocos como podría pensarse. Los demás integrantes del FA no se plegaron a la manifestación, pero el MPP, primero entre los componentes de la coalición, está con ellos. Más importante aún, coinciden exactamente en uno de los argumentos para rechazar el proyecto. Jorge Meroni, dirigente del Movimiento, dijo a El Observador: Este sector considera que la instalación de un puerto privado en el Cerro afecta “la soberanía nacional.” Agregó que “se pudo haber construido una terminal portuaria en otro punto del país”. Indudablemente, pero Meroni no dijo por qué el punto elegido por el inversor es más agresivo para la soberanía uruguaya que los innúmeros otros que podían haberse seleccionado.
El hecho es que este episodio considerado baladí por muchos contiene una pista capaz de rebelarnos más sobre la ideología del FA de la que sabíamos. La referencia a la “soberanía nacional” en relación a un evento como el del puerto de Puntas de Sayago, por dos grupos autónomos de la izquierda, sin contenido racional para el común de la gente, apunta hacia una hipersensibilidad sobre temas de soberanía, que a su vez es reveladora sobre una característica de la ideología de una parte significativa del FA, que se llama “nacionalismo”.
El concepto del nacionalismo presenta muchas variantes en la historia del pensamiento político. Todas tienen alguna vinculación con otro concepto, el patriotismo. Pienso que el nacionalismo presupone el patriotismo pero no al revés. En sus aspectos positivos, ambos mantienen una estrecha semejanza. Del patriotismo yo diría que incluye el amor a la tierra natal, a su cultura y tradición. A su vez el nacionalismo incluye además una visión de la historia fundada sobre una concepción de unidades políticas ásperamente encontradas entre sí, tanto en comercio como en finanzas, lo que enfatiza la importancia de la soberanía. El concepto mercantilista, según el cual lo que una nación gana debe necesariamente perderla otra es el epítome del nacionalismo radical. El patriotismo no implica ninguna concepción por el estilo
En principio, el nacionalismo debía ser ajeno a la izquierda. Según Marx, los proletarios carecían de patria, por tanto los marxistas no podían ser patriotas, por ende tampoco nacionalistas. Pero el tiempo y los avatares históricos fueron cambiando las cosas. Lenin y su teoría sobre el imperialismo fueron, en tal sentido, fundamentales. La izquierda latinoamericana fue volviéndose más y más nacionalista, particularmente en su postura antiyanqui. Esa evolución adquirió notable fuerza en los años 1960, precisamente la época que contiene el apogeo tupamaro. Los acontecimientos del Cerro días atrás sugieren que el nacionalismo radical continúa siendo uno de los rasgos de la izquierda uruguaya, que convendría no perder de vista. Sus consecuencias prácticas para la política del país pueden ser importantes. Me gustaría volver en breve sobre este asunto.