Ah, ¡la memoria!

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LA INTERVENCIÓN DEL GOBIERNO EN EL MERCADO DEL TRABAJO SIEMPRE SIGNIFICÓ UNA CAÍDA DE LA TASA DE INVERSIÓN PRIVADA, ESTANCAMIENTO ECONÓMICO Y REDUCCIÓN DEL SALARIO REAL.

Los pueblos que no guardan memoria de su pasado” escribió George Santayana, “están condenados a revivirlo indefinidamente”. Si los uruguayos nos olvidamos de lo que nos aconteció –asalariados inclusive– con la intervención del gobierno en el mercado del trabajo, las penas que ya sufrimos como secuela de tal intervención –creciente desempleo, caída de la tasa de inversión privada, estancamiento económico y reducción del salario real– deberemos soportarla una y otra vez. Cuando oí hablar, después de muchos años, de la Ley de Consejos de Salarios, que la nueva administración quiere reglamentar con vistas a las negociaciones sobre jornales, sentí que la incredulidad y el pánico libraban batalla en mi interior. “No puede ser”, vociferaba aquella, “la ley de 1943 dejó de aplicarse cuando todo el mundo se puso de acuerdo en que la experiencia había sido un desastre”. Y este (el pánico) contestaba: “Simplemente lee las declaraciones públicas que el ministro de Trabajo designado, Eduardo Bonomi, viene formulando, sin que nadie lo contradiga”.

En efecto, ellas no sólo afirman terminantemente que se prepara un mecanismo de fijación salarial previa negociación colectiva tripartita (siendo el gobierno tercero decisivo), sino que se anuncia con alegría el estilo de la intervención gubernamental. “Soy consciente”, dijo Bonomi a la prensa, “de que la balanza se tendrá que volcar para algún lado, y yo voy a poner el dedo en el platillo de los trabajadores”. Él no sería un pionero en esa actitud, porque, durante la pasada aplicación del régimen, fue precisamente eso lo que hicieron los delegados del Ejecutivo, y no faltaron casos en que los representantes gubernamentales llevaron a la mesa de negociaciones cifras mayores sobre los aumentos a resolverse que las pretendidas por el propio sindicato. Sin duda que aquello fue una estrategia demagógica. Hasta que se vio que los salarios reales bajaban, en vez de subir, un punto más de incremento significaba más votos. Y el hecho de que el método dejó de aplicarse es claro síntoma de que los trabajadores se convencieron de que aquello era un timo

Yo estoy sinceramente convencido de que a Bonomi no lo inspira el afán electoral, siendo para mí la franqueza con que anuncia su política (dedo sobre el platillo de los trabajadores) prueba bastante de su sinceridad. Creo que el ministro designado se propone la tesitura anunciada por amor a la causa de los trabajadores. Fueron años y años de esfuerzos y penurias de todo tipo para promover sus intereses y hete aquí que la lucha, al fin y a la postre, llega a fructificar. Es el momento de poner el dedo fuerte sobre el platillo de los trabajadores, y borrar con ello la frustración de tanto tiempo. Pero es así solamente si el dedo sobre el platillo es una medida que conduce efectivamente al objetivo deseado. No si a los trabajadores les va a hacer mal, y no bien. Y pienso que el futuro ministro comprenderá cabalmente que debe poner su afán sobre un carril diferente, a poco que reflexione sobre las consideraciones que voy a plantear.

En primer término: No puede ser tan fácil. Mejorar la suerte de los trabajadores, aliviar los sinsabores del pueblo, abrir horizontes de esperanza, no puede lograrse por una vía tan sencilla como la de apoyar un dedo sobre el platillo de una balanza. Si eso fuese posible, no habría pueblos pobres. Por consideraciones políticas, como acabo de señalar, los dedos de los ministros habrían presionado sobre los platillos en cinco continentes desde hace mucho tiempo. El nivel de vida sería igual en Port-au-Prince y en Nueva York, en Cochabamba y en Singapur, en Túnez y en París, en la Habana y en Sydney

Segundo: La riqueza no crece espontáneamente. Hay que hacerla crecer. Y la riqueza crece con el capital. Es decir, a través de la inversión. Si los inversores ponen más recursos para incrementar la producción, la productividad (valor de la producción por hombre ocupado) crecerá asimismo, y los capitalistas querrán emplear más de ese recurso, que en términos de la producción se ha vuelto más barato. Eso hará subir los salarios en términos del precio del producto, pero los empleadores seguirán ampliando su nómina hasta que la productividad del último trabajador contratado sea igual al salario real, que ha venido subiendo. El ministro de Trabajo debe comenzar cada día diciéndose: “Si quiero mejorar las condiciones de trabajo, tengo que atraer más inversión”. Los precios internacionales también influyen, pero sobre estos no tenemos control.

Tercero: La experiencia internacional nos dice que la oferta y la demanda en el mercado de trabajo son los factores que inciden sobre el salario real, no la negociación salarial, ya sea bilateral (empleador y empleados), ya tripartita, como la prevista en nuestra ley. ¿Prueba? En los EEUU en los años ’60 el 40% de los trabajadores de todo el país estaba afiliado a un sindicato. Hoy son menos del 10%. En la costa oeste la proporción es prácticamente nula. En las viejas industrias (acero, carbón), en la costa atlántica, hay sindicalización, pero su peso relativo en el total cae irresistiblemente. La OIT sigue apoyando la negociación, pero eso es sólo otra burocracia internacional que se aferra a sus privilegios.

Cuarto: La idea de subir los salarios reales por autoridad podría tener sentido si el empleador, ante tal suba salarial, emplease la misma cantidad de mano de obra, o siguiese aumentando su nómina como si nada. Pero no es así. Los salarios representan una parte sustancial del flujo de caja, y si cada trabajador ganase más de lo que produce, las empresas darían quiebra. En foros políticos, no económicos, suele oírse argumentar como si un salario mayor o menor determina qué proporciones del producto de la empresa se la llevan, aparte del gobierno, los patrones y los trabajadores; en realidad, un salario mayor o menor dice si las empresas han estado o no invirtiendo

Finalmente: Tome en cuenta el ministro designado lo que ocurre en los países del socialismo real. En la URSS los trabajadores ganaban salarios miserables, lo que sin duda influyó sobre el colapso del sistema. En Cuba los salarios son de hambre. En tales casos las ganancias del empleador no pueden explicar la insuficiencia salarial. Lo que la explica es la escasa creación de riqueza, que nunca lograron superar. O sea que el nivel de vida del pueblo no depende del sistema económico, sino del nivel de la inversión.

Última exhortación, a cargo de Santayana: ¡no dejen que la lección del pasado caiga en saco roto! La memoria es una gran virtud. En materia de gobierno, particularmente.

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