El lector casi seguro recordará una multiplicidad de situaciones en que, al consultar la página de economía de un periódico, o en la calle, absorto delante de la pizarra de un “cambio”, los ojos en ambos casos fijos sobre el precio del dólar, no cesaba de preguntarse: ¿Hasta cuándo seguirá subiendo? Pero su preocupación viró 180°: en las mismas situaciones, ahora quiere saber hasta cuándo el dólar continuará bajando. Es difícil darle una respuesta satisfactoria, pero pienso que discurrir juntos sobre el tema nos ayudará a orientarnos.
En primer término, inquiramos: ¿cuál es el precio normal de una moneda extranjera, digamos, el dólar? O, dicho en términos más técnicos, ¿cuál es el tipo de cambio “de equilibrio” de esa moneda? Los economistas, tan proclives a dar respuestas abstrusas, en este caso dicen algo muy sencillo y muy claro: el tipo de cambio está en equilibrio cuando las dos monedas en juego –digamos, el dólar y el peso– varían en sus poderes de compra en la misma proporción en que el precio de una respecto de la otra. Situémonos nuevamente en 2001, cuando el precio del dólar era aproximadamente $ 10. El tipo de cambio –10– estaría en equilibrio si la canasta de bienes que pudiera comprarse con un dólar fuese 10 veces mayor que la canasta (con igual contenido, cualitativamente) que pudiese adquirir $ 1. ¿Qué acontece si, pasado cierto lapso, la canasta comprable con un dólar, sin que el tipo de cambio hubiese variado, pasase a ser 12 veces mayor, en vez de 10? Obviamente, se perdió el equilibrio. Para que el equilibrio se recompusiera el precio de un dólar debería ser de $ 12.
¿Cómo describen los no economistas esta clase de fenómeno? Dicen que en el Uruguay se produjo un “atraso cambiario”. Y eso, ¿por qué? Para explicarlo, pongamos un ejemplo. Visto que el peso puede ahora comprar solo el 83,3% (10/12=0,833) que antes, porque en este país hay una inflación, y con los nuevos precios del contenido de la canasta $ 1 sólo puede adquirir una canasta 16,6% menor que la anterior, la gente piensa que el precio del dólar debía haber subido a $ 12, restituyendo mediante una devaluación el equilibrio perdido. Es decir que, si los precios suben aquí más que allá, la autoridad monetaria va a corregir el desequilibrio subiendo el precio del dólar. O sea, devaluando. Si no lo hace, es porque ajusta demasiado tarde el tipo de cambio, e incurre por tanto en un “atraso” ¿Con qué consecuencias? Como los turistas reciben menos pesos por cada dólar que cambian, encuentran más caro al país y llegan en menor número. La misma carestía dificulta las exportaciones y promueve las importaciones (el resto del mundo está más “barato”). Consiguientemente, aumenta la desocupación. A veces, como en 2002, todo culmina en una crisis. Una gran depreciación del peso se vuelve inevitable, y lo demás ya lo saben ustedes.
Durante la última crisis fue forzoso dejar que el precio del dólar flotara en el mercado libre, porque no había reservas para satisfacer la demanda de dólares. Cuando la crisis se superó, en lugar de volver a un tipo de cambio fijado por la autoridad monetaria, como en las crisis anteriores, se resolvió seguir dejando que el precio del dólar lo fijase el mercado (seguir “flotando”, para usar la jerga financiera), a fin, supuestamente, de evitar los atrasos cambiarios para siempre. ¡Nunca más! De ahora en adelante el dólar flotaría libremente en el mar del mercado, quien se ocuparía en reducir y subsanar los desequilibrios.
Pero miren lo que pasó. Por simplicidad, regresemos a los números iniciales: el precio del dólar es $10 y la canasta que compra un dólar es 10 veces la que compra el peso. El miedo que teníamos era que los precios subiesen en el Uruguay y la autoridad monetaria demorara la devaluación. Pero aconteció otra cosa: el precio del dólar bajó en el mercado. Ya no es $10, sino ahora $ 8,33. No es el gobierno quien lo resuelve, ni el Banco Central. Es el mercado. Todo distinto, menos en las consecuencias. Ahora al turista, por cada dólar que cambia, le dan $8,33, en vez de $10. El Uruguay se ha vuelto más caro. Para el exportador, que vive en el mundo del dólar (en EEUU, en China, en Argentina, en Brasil), la mano de obra le ha subido un 16,6%. Mientras él exporta menos, el importador trae más mercadería, que se ha abaratado 16,6%. Y, como los bienes importados compiten con los nacionales, aumenta el desempleo. No hay “atraso cambiario”, en sentido estricto, porque el origen de la sobrevaluación del peso ahora es otra, pero se trata de una sobrevaluación exactamente con las mismas consecuencias del vilipendiado “atraso”.
El dólar se ha deprimido en todo el mundo, frente al euro, y demás monedas que flotan libremente. Pero no frente a los países que permanecen en el área dólar. Como EEUU, como China, como Brasil, como Argentina, entre otros. Como los países con que negociamos, tanto en bienes como en servicios. Frente a todos ellos, el peso sufre una sobrevaluación que nos perjudica. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué no lo objetan las autoridades que asumirán el gobierno dentro de unos días? No puedo responder a estas preguntas. No comprendo por qué lo hacen. Pero de que lo hacen no cabe duda, ni de que lo hacen deliberadamente. Digo esto porque han recortado sensiblemente (en un 40%) la aptitud para comprar del principal conjunto de demandantes de dólares en el mercado, que lo son las AFAP’s. El gobierno quiere que el peso esté sobrevaluado. Dudo de que lo mismo haya podido decirse de las autoridades que han sido crucificadas en diversas oportunidades por haber incurrido en “atraso cambiario”.
¿Qué debería hacer el próximo gobierno? En mi opinión, declarar su voluntad de integrar el área dólar y establecer un tipo de cambio fijo con él, obligándose a vender según ese tipo de cambio los dólares que los agentes privados le demanden, y comprar los que le ofrezcan. El tipo de cambio fijo es reconocidamente superior a una flotación para las economías pequeñas, como somos, y abiertas, como somos en alguna medida y deberíamos serlo más, progresivamente, para lo cual el próximo gobierno debe adoptar como paradigma a Chile (hace mucho gobernado por gente de izquierda y ya hace varios años por socialistas). Una economía realmente abierta, como la chilena, está a salvo de “atrasos cambiarios”, porque su nivel de precios está determinado por el de los países con los que comercia.
Mientras tuvimos inflaciones altas, o por lo menos apreciables, teníamos que adosar al tipo de cambio fijo un régimen de devaluación permanente, pero en la situación actual, si mantenemos el rigor en materia fiscal, ello ya no será necesario.