La rebaja del precio del asado ha sido un éxito del gobierno, pero sólo en apariencia. En el fondo puede haber significado un revés importante. Por más de una razón. En primer lugar, porque le resta previsibilidad al gobierno. Una gestión gubernamental llena de sorpresas no atrae a los inversores. Para que haya inversión tiene que ser posible prever razonablemente el futuro. Y si desde lo alto aterriza una sorpresa tras de otra, la previsión, y por ende la planificación, son imposibles, e invertir se vuelve más riesgoso que ir al casino. La sensibilidad del ministro Mujica por la condición de los humildes hace que un buen día añore los tiempos en que todos podían comer asado, y ello lleva a torcerle el brazo a una industria para que reduzca el precio de ese rubro, y de hecho, el precio baja. Nadie podría haberlo previsto. Y mañana, ¿qué otra sensibilidad ministerial pondrá en movimiento un nuevo operativo semejante? Nadie puede saberlo. En consecuencia, algún inversor potencial se toma un avión en busca de horizontes más transparentes.
En segundo lugar, ese éxito inicial despierta el apetito de los gobernantes. Nadie les había dicho que la cosa era tan fácil. Ahora, ya que están, han pensado en revisar la canasta de consumidores, por ver qué otros precios pueden ser recortados. Hay muchos artículos a considerar y muchos brazos para torcer. Si efectivamente se da ese paso, todo el sistema de precios entra en crisis, y con ello el orden económico se desintegra. Los precios relativos son los que ordenan la economía. Son el equivalente del Gosplan en la URSS. Un equipo de tecnócratas decretaba allí cuánto se produciría de cada bien, y a qué precio. En realidad ese órgano nunca llegó a ordenar la economía, pero trataba de hacerlo. La tarea lo superaba y, más que ningún otro factor, fue responsable de la caída del imperio soviético. Pero intentaba ordenar. A falta de mercados libres, por ende de precios fijados por la oferta y la demanda, no tenían alternativa. Aunque el Gosplan lo hacía mal, la respuesta a las preguntas que plantea la economía de un país –qué producir, cuánto producir, y cómo distribuir el producto– la daba él. Pero si un país, sin poseer un órgano de planificación económica central, toquetea el sistema de precios, las señales que estos emitan –como consecuencia de la solicitud de los ministros respecto de los consumidores más modestos, y cosas por el estilo– estarán radicalmente distorsionadas, y el resultado no puede ser más que el caos en la economía. Los actuales gobernantes no deben dejar que su compromiso con los compatriotas menos pudientes les oscurezca la visión en cuanto a que la economía en una sociedad moderna es un sistema muy complejo, más complejo del que hasta el momento un comité de expertos, con las mejores computadoras, ha podido manejar con razonable eficacia, y que el mecanismo crucial de ese sistema es el conjunto de los precios relativos. El primero en entender esto fue Adam Smith, quien dijo, en 1776, que la asignación de los recursos escasos con que la economía debe arreglarse van allí donde son más útiles como movidos por una mano invisible. Muchos filósofos y teólogos interpretaron la mano invisible como un símbolo de la providencia; pero los economistas –todos los que merezcan el nombre de tales– entienden que la metáfora se refería al sistema de precios operando en un marco de mercados libres.
En tercer lugar, convendría que el equipo gubernamental se dé cuenta hasta qué elevado punto su imagen pública los muestra completamente desaprensivos frente al sistema de los precios. Acaban de anunciarse los aumentos de las tarifas de la energía eléctrica, y ellas se dividen en dos niveles diferentes, entre grandes consumidores y el resto, el de los primeros siendo aproximadamente el doble del de los segundos. Un determinado bien no debe tener más de un precio. En el caso de la energía hay diferencias de costo para servir a grandes y a pequeños consumidores, pero eso está reflejado en la tarifa, de una vez por todas. En un aumento no puede haber razón alguna para alterar la proporción entre los niveles de cargo. El aumento real (no se trata de ajustes a la inflación) provocará restricciones en los consumos respectivos. Es como debe ser. Pero, al subir los costos diferencialmente, tendremos que los consumidores pequeños y medianos se restringirán menos de lo socialmente óptimo y los grandes consumidores más de lo socialmente óptimo. Esto significa menor grado de satisfacción en la comunidad como un todo, tal vez una retracción de la demanda por mano de obra. Sería conveniente que los miembros del equipo de gobierno tomen conciencia de que su compromiso es el de mejorar el nivel de vida de la población aumentando el nivel de empleo, el volumen del producto y los salarios reales, todo lo cual recibieron de los partidos tradicionales en afligente situación; e, inmediatamente, que eso se logrará con un programa económico pensado, no sujeto a cambios por impulsos emotivos de sus miembros, y que el voluntarismo (decretar que pase lo que uno quiere que pase, como con la convocatoria de consejos de salarios) es la manera más segura de fracasar.
Por el momento, la única voz que emite señales coherentes en el enfoque que acabo de reclamar es la voz del ministro de Economía. Él habla de eliminar los monopolios de las empresas estatales, lo que significa sustituir los precios fijados por monopolistas ineficientes por precios de libre mercado, en lo posible internacional. Todo indica que él entiende que esa es una de las primeras medidas a adoptar para mejorar la suerte del pueblo uruguayo. Pero la falta de un coro que le haga el contrapunto le hace temer a uno que sea la voz que clama en el desierto, y que nunca va a pasar del orden de lo sonoro al de lo material. Es fundamental que la gente sepa cómo es que la política del régimen proyecta allegar mejores medios de vida a la población, especialmente a la de menores ingresos. No les sobra el tiempo. ¡Ojo que el alza del nivel de empleo viene aflojando desde noviembre! Sigue subiendo pero cada vez menos. El gobierno debe tener conciencia de que su deber no es el de asegurar a los muchachos un asadito el fin de semana, sino de bajar la tasa de paro forzoso hasta 5 o 6% y mejorar el salario real a través de mayor productividad, única vía hacia conquistas duraderas.