14 de Abril

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LA DECISIÓN DE SUSPENDER EL ACTO ANUAL ME PARECIÓ UN GRAVE DESACIERTO, HIJO DE LA PASIÓN Y HUÉRFANO DE LA RAZÓN. EL GOBIERNO NO REPRESENTA A UNA FACCIÓN, SINO A LA REPÚBLICA.

Este año el gobierno suspendió el acto público anual en el que, de larga data, se homenajeaba a los militares caídos en defensa de las instituciones. Se celebró una reunión espontánea de ciudadanos, en un lugar público, cuya figura visible fue el diputado Daniel García Pintos; en la Jefatura del Ejército y sus unidades se leyó una declaración de su jefe, Tte. Gral. Ángel Bertolotti, en la cual reivindicó el derecho inalienable de las Fuerzas Armadas a recordar a sus muertos en acción, mientras las restantes dos armas se solidarizaban, paralelamente, con un toque de silencio; y en el Centro Militar, con la asistencia de dos ex presidentes de la República, Julio Ma. Sanguinetti y Luis A. Lacalle, el Gral. Luis Pírez, presidente, se refirió tangencialmente a la preocupación e incertidumbre que reinan en el ámbito castrense, debido a las investigaciones que está realizando el gobierno. De modo que la ocasión no pasó desapercibida, pero el gobierno optó por sustraer a la República, como tal, de la celebración

La decisión gubernamental me pareció un grave error: un desacierto hijo de la pasión y huérfano de la razón. El impulso emotivo que explica lo resuelto no es difícil de discernir. “Los muertos que lloran”, se habrán dicho, “son los que nuestro bando mató. ¡Mire usted si vamos a favorecer una auto acusación!” Pero olvida el equipo de gobierno que ahora no representa a una facción, sino a la República. Los muertos no fueron sólo de las Fuerzas Armadas, sino del país. Y muchos que los lloraron entonces viven todavía, y no los han olvidado, a la vez que numerosos jóvenes, sin duda, se solidarizan con el sentir de sus mayores. Una democracia no es un régimen en el cual los valores ciudadanos son como lucecitas en un árbol festivo, que se encienden y se apagan según el último resultado electoral.

Tal vez un gobierno de izquierda sea presa fácil de la tentación de sentirse inmune a las subversiones armadas, pero es de tontos pensar que la certeza respecto del futuro está al alcance de los mortales. Ante los embates de la guerrilla, a principio de los años ’70, la defensa de nuestro orden constitucional parecía tambalear. En realidad, lo que acontecía era que el aparato represor estaba infiltrado. Cuando, con la declaración de estado de guerra interno, las Fuerzas Armadas pasaron a comandar la defensa de las instituciones, se vio desplomarse la amenaza insurgente como un castillo de naipes. La guerrilla recurrió a actos terroristas, pero todo fue en vano. Eso sí, la sangre derramada no podía ser olvidada. Así nació la solemnidad del 14 de abril, fecha de una cadena particularmente cruenta de ataques terroristas.

Ahora que la izquierda gobierna, es suya la responsabilidad por mantener la legalidad republicana. La misma que, para otro gobierno, defendieron las Fuerzas Armadas. Al quitarle el apoyo a la rememoración de las bajas sufridas por ellas se niega implícitamente el valor de su resistencia frente a la subversión de los años ‘60 y ’70. ¿Qué actitud deberían entonces haber asumido dichas Fuerzas ante la ofensiva guerrillera, a fin de no recibir el desaire actual? ¿Rendirse ante la violencia? ¿Convertirse prestamente frente a la argumentación del enemigo? No me imagino que el equipo de gobierno pudiese responder afirmativamente a esas interrogantes. Entonces, ¿no incurre ese equipo de gobierno en flagrante inconsecuencia? Y ello sin contar lo que probablemente constituya el aspecto más relevante. ¿Será que el liderazgo de la izquierda uruguaya ha dejado de captar que la derrota de la guerrilla a manos de las Fuerzas Armadas es el factor decisivo que le ha permitido ahora instalarse en el gobierno del país? Parece imposible que así pudiera ser, pero la actitud de ese grupo dirigente abre una vía de sospecha en cuanto a que tal pudiera estar ocurriendo. Con las excusas del caso a los lectores, por desarrollar una tesis obvia, paso a demostrar lo que decía

Supongamos que, en 1972, la guerrilla hubiese vencido en el enfrentamiento bélico con las Fuerzas Armadas, y obtenido su rendición incondicional. Habría sido el triunfo de la revolución. Y, siendo una revolución inequívocamente marxista, se habría impuesto ipso facto un orden basado en la propiedad colectiva de los bienes de producción, con lo cual la dinámica de la economía tendría que regirse por un sistema de planificación central. Aquí, puesto que habríamos contado desde el primer instante con la experiencia de Cuba, cuyos asesores enviados se sentarían en la mesa directriz desde el primer día, ello no ofrecería dificultad alguna. Ahora bien, si existe alguna ley segura en materia de planificación central comparada es el fracaso de todas, absolutamente todas, las tentativas de aplicarla. Rusia, por supuesto, donde el fracaso condujo al colapso del régimen soviético; otro tanto, naturalmente, en Europa oriental; y en las demás: China, Birmania, Corea del Norte, Vietnam, Laos, Cambodia, Cuba, etc. Todos estos países tuvieron que imponer la prohibición de viajar al exterior sin el permiso, por lo general inasequible, del gobierno, a fin de evitar su despoblación. Imagínese a Uruguay bajo ese régimen colectivista. Con una extensa frontera seca con Brasil, y corrientes de agua manejables con Argentina, en este país se generaría una estampida hacia el extranjero. En Cuba, la economía tardó aproximadamente diez años en tocar fondo (recuérdese que fue en 1970 que Fidel Castro reconoció públicamente el caos de la producción). Presumiendo igual ritmo de deterioro, parece innegable que en la primera mitad de los ’80 el colapso del sistema colectivista provocaría la caída del régimen revolucionario. Sobre la imagen de la izquierda, ¿qué otra cosa podemos suponer que la destrucción total, irremediable por varias generaciones? A nadie podría ocurrírsele que, tras tamaña catástrofe, la izquierda pudiese retornar al poder por la vía electoral, antes de, digamos, medio siglo. Su triunfo en los comicios del año pasado no puede dejar de atribuirse a la derrota de la guerrilla treinta años antes.

Las ventajas de haber llegado al poder por vía de las urnas y no de la guerra son enormes. El país que heredan tiene mucho de socialismo, que, de intensificarse, puede llevar al gobierno a un sensible empeoramiento económico, pero tiene las manos relativamente libres para apostar a la eficiencia y sacar al país de su prolongado marasmo. Y todo gracias a la victoria de las Fuerzas Armadas sobre la guerrilla. No me parece justo, ni razonable, que el actual gobierno lo pase por alto.

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