Inversión o presión sindical

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SI LOS SINDICATOS PUEDEN GANAR TODAS LAS HUELGAS, LOS EMPLEADORES NO QUERRÁN ARRIESGAR MÁS CAPITAL QUE EL ESTRICTAMENTE INDISPENSABLE.

Creo que el gobierno ha cometido su mayor error, hasta ahora, al derogar el derecho de las empresas a desalojar sus locales ocupados por trabajadores a raíz de conflictos gremiales. Pero estoy demasiado desconcertado para redactar un acta de acusación. Sin perjuicio de volver sobre el tema desde otro ángulo, hoy querría explicar por qué razones entiendo que la medida está llamada a derrotar los objetivos de la propia autoridad que la ha adoptado. Con la mayor serenidad e imparcialidad de que resulte ser capaz

La consecuencia de lo decretado es que permite al sindicato ganar todas las huelgas. Si al empleador pueden despojarlo de su fábrica, o comercio, o taller, o lo que fuere la base material de su actividad, solo le quedará la opción de entregarse o cerrar su negocio. La alternativa de recurrir a la justicia, nos dice la experiencia, sería vana. Por eso es que se deroga el desalojo por la Policía. Si los huelguistas no pueden perder, seguramente –es humano– abusarán del recurso. Los empresarios deberán conceder más beneficios de los que realmente pueden pagar y, eventualmente, darán quiebra, o simplemente cancelarán la actividad. Los empleadores que no han sufrido huelgas sabrán que también están expuestos a ellas, y no querrán arriesgar más capital que el estrictamente indispensable. Cuando los negocios marchen suficientemente mal, será notorio que no hay recursos que puedan extraérseles, por lo que recurrir a la huelga solo traería más desempleo. Ese equilibrio entre la fuerza sindical y la precariedad empresarial ya la sufrimos: sus amargos frutos fueron la desocupación creciente, los salarios reales declinantes, la inversión privada ínfima y el estancamiento económico. Si uno supusiera la racionalidad del gobierno, tendríamos que inferir que esos son los objetivos que persigue

El error puede provenir del concepto de reparto. Según Marx el reparto entre burgueses y trabajadores se basaba en el principio de que, si bien el valor producido por la empresa capitalista equivalía al tiempo de trabajo socialmente necesario aportada por los obreros, lo que pagaban a éstos equivalía al trabajo socialmente necesario para asegurar la supervivencia suya y de su familia, que era, por supuesto, menor, y de ahí la plusvalía con que se explotaba al trabajador; pero ese enfoque, todos lo sabemos, no tienen nada que ver con el mundo real. El empresario compra recursos de distintas clases –mano de obra, materias primas y equipos– que utiliza de manera siempre cambiante, y en definitiva en cada período gana o pierde. No se trata de obtener en un reparto una parcela mayor que la otra parte de un producto dado, sino de participar de alguna manera de la aventura económica con que ningún tiempo pretérito había soñado. Oigamos a Marx sobre la economía de mercado: La burguesía, escribe en el Manifiesto, “ha sido la primera en demostrar qué es lo que puede lograr la actividad del hombre. Ha conseguido maravillas que han superado con mucho las pirámides egipcias, los acueductos romanos y las catedrales góticas [... y] durante su dominio de apenas cien años ha erigido fuerzas productivas más masivas y colosales de lo que han hecho todas las otras generaciones juntas.” Marx destaca, como vemos, la creatividad de los empresarios capitalistas. Se trata, en verdad, de un rasgo definitorio. “Un socialismo estacionario”, ha sostenido Schumpeter, “sería todavía socialismo, pero un capitalismo estacionario es imposible. Es en realidad una contradicción en sus términos. Porque la figura central del sistema capitalista, el empresario, no está interesado en la administración de la planta industrial existente y el equipo sino en la incesante creación de nuevas plantas y equipos.”

Pero en realidad las cosas no son tan así. Son así en los países que llamamos “desarrollados”, allí donde los trabajadores han salido de cualquier ámbito que pudiera parecerse a la pobreza. Pero nosotros, y nuestros hermanos latinoamericanos, somos capaces de castrar al capitalismo y sacar de él una variante estacionaria. Los uruguayos, sin ir más lejos, logramos un ejemplar de aparente capitalismo que permaneció estancado durante 20 años (1955-1974), récord que, ni antes ni después, jamás ha sido empardado

Hay dos maneras de encarar el futuro curso de los salarios reales: una basada en la fuerza negociadora relativa de sindicatos y empleadores, y otra basada en el mercado de trabajo, es decir, en la demanda y oferta de mano de obra. La operativa en el primero, desde el punto de vista sindical, es extremadamente sencilla si se tiene el poder; basta con dictar un decreto como el que motiva este artículo. Pero no creo que alguien pueda indicar un caso de una economía donde el salario real, y consiguientemente el nivel de vida de las familias obreras, haya subido sostenidamente en base a éxitos sindicales en cadena. Se alcanza una claridad muy superior aplicando a la cuestión el análisis de mercado. Y eso en cualquier tiempo y lugar. En el siglo XIV los salarios se dispararon al alza en Europa, debido a que, tras la mortandad que significó la peste negra, la oferta de trabajo había caído radicalmente. Nuevamente en Europa, grosso modo desde el último cuarto del siglo XVIII, gracias a las innovaciones tecnológicas, aumentó notablemente la productividad de la mano de obra, pero los salarios se mantenían muy bajos. Acontecía que el crecimiento demográfico en las poblaciones industriales, y consiguientemente de la oferta de trabajo, era colosal. Ello por tres vías: el traslado desde las zonas rurales, progresos de la medicina, y mejores condiciones de salubridad. A partir de 1850 el crecimiento demográfico se moderó y los salarios reales empezaron a subir sostenidamente a una tasa de largo plazo del orden de 2% anual, con lo que en 1900 el salario medio prácticamente se había triplicado, y la cuestión social ya había dejado atrás las angustias sobre las que Marx había escrito tanto

El Uruguay tiene hoy algunos factores de atracción para las inversiones extranjeras, notablemente, la satisfactoria superación de la crisis financiera, un gobierno con amplio apoyo popular y algunos proyectos importantes en ejecución. Si el gobierno quiere mejorar el nivel de vida de los trabajadores, debería pensarlo dos veces antes de desatar una guerra sindical, como parecería estar haciendo, con lo que el crecimiento de la demanda por mano de obra terminaría frustrándose.

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