Pienso que la izquierda ha llegado a la primera división política para quedarse. No solos como ahora, lo que no es bueno para el país, ni para ellos mismos, pero sí en el entorno del poder. O bien teniendo la Presidencia, o bien ejerciendo una poderosa oposición. Con un nuevo bipartidismo, como ocurrió en Gran Bretaña cuando el laborismo sustituyó al Partido Liberal como partenaire de los tories. Enfrente, un partido de centro, o centro-derecha, los detalles de cuya génesis me cuesta entrever, pero cuya concreción no me parece dudosa. Dos partidos alternándose en el gobierno, tan difíciles de distinguir entre sí para un extranjero como lo eran los blancos y colorados, pero para los nativos claramente clasificables como izquierda y centro-derecha
En lo que hace a la razón, la relativa amalgama de las ideologías que lo dicho presupondría no me parece difícil. Tras la caída del muro de Berlín y la conversión de China al capitalismo, el socialismo real es una curiosidad, como la torre de Pisa. El socialismo europeo nos muestra lo que queda del sistema marxista: prácticamente nada. Pero si del reino de la razón nos desplazamos hacia la mitología, las dificultades se agigantan. De los dos lados, pero mucho más del lado de la izquierda. La mitología de los partidos tradicionales es la que dice que los colorados y blancos construyeron el gran país que fuimos tiroteándose y dándose lanzazos en las cuchillas, y pamplinas por el estilo. Pero son mitologías desgastadas, que el tiempo ya ha ido esfumando, como un viejo daguerrotipo. En cambio, la mitología de la izquierda es actual, joven y fornida. Dejemos de lado lo del neoliberalismo, porque ellos saben que eso es falso, y lo usan básicamente como recurso retórico. La mitología que palpita vitalmente en la izquierda es la que componen el repositorio del odio por un lado y por el otro el destinatario del amor y la lealtad: los EEUU y Fidel Castro. Las imágenes que tienen de ese país y ese hombre poseen tremenda intensidad, lo que vuelve más patente su contraste con la realidad. No pido que pasen a adorar a los EEUU y a aborrecer a Fidel, sino que reconozcan en ellos las humanas ambigüedades que comparten respectivamente con los entes políticos y humanos
Nuestra actualidad me ha suscitado estas reflexiones en ocasión de tratarse la ratificación del tratado de inversiones con los EEUU y las reacciones que ella ha provocado en gente del gobierno. Ocioso decirlo, la manifestación más apasionada de adhesión a esa mitología provino del Pepe Mujica. Para él el tratado es un “pan podrido”, del que sólo comerá si se lo exigen a punta de pistola. Pero, ¿por qué? Si no se trata más que de fomentar inversiones en el Uruguay. ¿Dónde puede estar la podredumbre de un pan que es el que se van a ganar obreros uruguayos trabajando para empresarios yanquis, que les van a pagar lo que diga el consejo de salarios, por lo menos? El ministro insinuó un fundamento: “Hay un artículo que no me gusta”, habría dicho según Búsqueda del 2/6, “porque prohibiría al país la posibilidad de comerciar con el que no le guste a los EEUU.” Por supuesto, total fantasía. Nada tiene que ver una cosa con la otra. Mujica usa el modo condicional para expresarse, pero es obvio que a los EEUU no les da el beneficio de la duda.
Y no es solo él. Según el mismo semanario, el MPP elaboró un documento evaluando el proyecto a estudio del Senado, donde objeta la cláusula que determina la denegación de beneficios a los países con los cuales EEUU no mantiene relaciones diplomáticas normales. Pongamos que Chávez invierte en ANCAP. Y un petrolero yanqui quiere invertir también allí. No puede. Entonces, digamos, Uruguay opta por no ratificar y el petrolero yanqui tampoco puede hacer la inversión. O sea, el mismo resultado. ¿Por qué se van a impedir otras inversiones que pueden crear empleos para trabajadores nuestros? El documento del MPP, siempre según Búsqueda, contestaría: Porque ratificando el tratado “a nuestro juicio (apoyaríamos tácitamente) el bloqueo a Cuba
¿Bloqueo? ¿Qué bloqueo? EEUU puede que haya puesto bloqueo a Cuba unos días cuando la crisis de los misiles, en 1962, pero nunca más. Lo que hace ahora es una prohibición a las empresas del país a suministrarle bienes, lo que se suele llamar “embargo”. Normalmente es una medida muy poco eficaz. La Sociedad de las Naciones lo resolvió contra Italia fascista cuando esta atacó a Abisinia, y contra España franquista después de la Segunda Guerra Mundial, y los sancionados nunca estuvieron mejor abastecidos. Además sólo se aplica a las empresas que operan desde EEUU. Uruguay se cansó de exportar a Cuba, y no siguió porque Cuba no nos pagaba. Había un crédito recíproco con un “swing” de US$ 20 millones. Cuba nunca ofreció nada para vender y compró US$ 20 millones de pollos, sin pagar nunca nada, y dejamos de exportarle cuando el crédito se agotó. Cuando yo fui presidente del Banco Central recibí la visita de mi par cubano que venía en pos de una renovación del crédito. Yo, que soy partidario de comerciar con todo el mundo, y pienso que Fidel es el único que saca ventaja del embargo estadounidense, porque le sirve de excusa para explicar el desastre de la economía cubana (por lo cual lo obliga a sus súbditos a llamarlo también “bloqueo”), negocié con él y firmamos un documento, de acuerdo con el cual Cuba iría recuperando su crédito en la medida que amortizara algo, según su propio criterio; pero nunca pagaron un centavo. Por lo demás, si cualquier empresa estadounidense quiera venderle a Cuba no tiene más que triangular con México o Canadá. Cuba está interesada en comprar absolutamente cualquier cosa, pero siempre que sea al fiado. El que impone el bloqueo no es otro que Fidel Castro, que destruyó la próspera economía cubana en los primeros diez años de su siniestra dictadura. ¿Por qué puede ser que la izquierda persista en apoyar a un régimen tiránico basado en el terror, que mantiene al pueblo en la miseria? No hay más que una respuesta posible: sólo porque es enemigo de los EEUU. El nudo de la cuestión es lograr que vean a los EEUU con todos los defectos que tiene, y todos los errores que ha cometido, pero no como el reino de Satán. El día que la izquierda –en el Uruguay y en toda Latinoamérica– aprenda a mirar a los EEUU fríamente, con los lentes de la razón y de la historia, se inaugurará una nueva etapa para nuestro país y para el mundo.