Demasiados votos, demasiado poder. Los comicios de octubre le confirieron al gobierno del EPFA un respaldo excesivo. Pero, ¿es posible que algo bueno se dé en demasía? Pues, así es. El peligro consiste que los victoriosos puedan perder la noción de sus límites. Los seres humanos necesitamos fronteras bien definidas en nuestro quehacer. Sin su percepción, corremos tremendo riesgo de creernos que no existen. Que la ínsita finitud de nuestro género ha sido, en determinada instancia, superada, y en tal caso nos sentimos, como dirían los griegos, iguales a los dioses. Si aludo a los griegos clásicos es por el papel central que esta noción desempeñó en su cultura: la noción de que la soberbia, o –más precisamente, en su propia lengua– la hybris, se apodere del alma de un triunfador, lo haga esclavo de Até, la ceguera, y esta lo conduzca a la némesis, definitiva catástrofe. De tal manera la mitología nos muestra a Ícaro, cruzando el firmamento merced a las alas de cera que le construyó y ciñó su padre, desatendiendo –presa del orgullo– su admonición en cuanto a no elevarse por demás, con la consecuencia de que el calor del sol le derrite las alas y lo precipita al abismo. También la poesía de Solón advertía a quienes mucho tienen que pusiesen riendas al apetito humano, que ambicionará el doble. Y la leyenda “Conócete a ti mismo” que lucía en el templo de Apolo en Delfos, no significaba otra cosa que “No pierdas conciencia de que eres humano, no ofendas a los dioses poniéndote a competir con ellos.” Pero es en la tragedia ática que esa visión de la condición humana alcanza más profundidad y más fuerza. “Los persas” de Esquilo nos suministra el ejemplo más directo de vigencia de la hubris-némesisen una coyuntura trágica, en la que el héroe no es víctima de mala fortuna sino que atrae él mismo, sin saberlo, la furia de los dioses, con su arrogancia. Jerjes, el joven emperador persa, acaba de sufrir la decisiva derrota en Platea. En la corte de Susa, todos son ayes y lágrimas, tan así que el espectro de su padre, el sabio Darío, se yergue de su sepulcro e investiga los orígenes del desastre. Sin dejar de recordar la juventud de su hijo, no vacila en imputarle a su soberbia el haber hecho, en un alarde de poder, que su ejército atravesase el Helesponto, en lugar de por mar, como la naturaleza de las cosas requería, marchando por camino seco, sobre un desmesurado puente de barcazas, en desafío a Poseidón y demás moradores del Olimpo.
el Olimpo. Salvando las enormes distancias, mayores reconozco que la anchura del Bósforo, sugiero que la espectacular victoria de octubre sometió al EP-FA a una tentación poco menos que irresistible en la dirección de la arrogancia. En Búsqueda de junio 9, en sendas excelentes columnas, Daniel Gianelli y Tomás Linn se cansan de enumerar y comentar comportamientos del gobierno que sólo se explican en función del resultado institucional de aquellos comicios. El asunto del agua, por ejemplo, sacando a suertes uno de muchos, para empezar. Se trata de una violación flagrante de la Constitución. Expone al presidente de la República a un juicio político, que conduciría a su destitución y procesamiento penal, si hubiese votos para quitarle la investidura. Pero como no los hay, cumplir o incumplir la Ley Fundamental da lo mismo. Seguimos teniendo una democracia, porque gobierna la mayoría, pero ya no somos una república, porque las instituciones no funcionan, comenzando con el estatuto solemne que moldea a todas las principales. Y está el asunto Murro, que arremete contra el sistema de AFAPs, que el EPFA se comprometió a mantener, pero Murro parece creer que, con las mayorías que tienen, incumplirle a la otra parte, cuando se ha reducido a tal grado, es algo trivial. Y así sucesivamente. Para mí los dos columnistas dejan fuera de sus listas un caso que podrá no ser de importancia igual a los que tratan, pero que no le cede la derecha a ninguno en cuanto a la expresión de la soberbia con que la acumulación colosal de balotas ha inficionado a los gobernantes. El contador Ariel Álvarez, integrante del Tribunal de Cuentas por el EP, amenazado de quedar cesante por decisión de la Corte Electoral, en virtud de una condena penal de que fue objeto, no sólo no ha de quedar separado del cuerpo que integraba, sino que ha de pasar a presidirlo, según anunció el vicepresidente Nin Novoa. Para que así se sepa quién manda en el país.
¿Qué escapada nos queda de este encierro? ¿Cómo podremos recuperar nuestra república? La única solución a la vista parece encontrarse dentro del EP-FA. Mientras este se mantenga como un bloque inconmovible no parece que contemos con una salida practicable. Por ello es que saludo con verdadera emoción el artículo que aparece en la contratapa de Brecha del viernes 3, que Búsqueda glosa y reproduce extensamente seis días más tarde. Es un artículo magnífico, de la pluma de Guillermo Waksman, que se refiere al aspecto más destacable de esa oleada de actos de arrogancia que ha dictado el gobierno, la cual tiene su centro en la sustitución del doctor José Honorio Leborgne por la Dra. Blanca Tasende. Entre otras cosas importantes en el artículo leemos: “El nombramiento en cargos públicos de amigos, familiares o allegados de los gobernantes, cuestionado durante toda la vida por la izquierda, desde la oposición, es una desviación de la que no está libre el nuevo gobierno.” El caso Leborgne, prosigue el artículo, “es el de más actualidad, pero no es el único. Es también el más flagrante, sobre todo por la trayectoria y solvencia profesional del jerarca, reconocidas por médicos de todas la filiaciones políticas y también fuera de fronteras.” Y más adelante: “La intempestiva decisión del MSP ha provocado indignación en algunos médicos, decepción en otros y por lo menos desconcierto en los demás”. Y concluye registrando su sorpresa de que “esos episodios ocurran en un gobierno de izquierda porque se ha planteado como uno de sus objetivos profesionalizar la función pública, combatir la ineficiencia, el burocratismo, la falta de ética y toda forma de parasitismo y corrupción”.
Sinceramente, nunca preví que llegaría a elogiar a Brecha; en este momento, sin embargo, lo hago sin reservas. No sólo movido por la aprobación intelectual, sino además en homenaje a su honestidad, consignando mi esperanza de que haya empezado algo nuevo, que nos hacía mucha falta. Chapeau!