Pilato lanza la pregunta, pero no se queda a escuchar la respuesta de Jesús. El nazareno había hablado como si fuese posible saber qué cosa es la verdad y cómo encontrarla. Habría que enseñarle la sentencia latina: “tantos hombres, tantas opiniones.” El relativismo de Pilato nunca escaseó, pero deja insatisfechos diversos anhelos humanos, tanto en el ámbito espiritual como en el personal, social y político. Atenas había centrado su orgullo en la capacidad de sus asambleas democráticas para descubrir dialécticamente la verdad. Sófocles le hace entonar al coro de Antígona estos alados versos: “Muchas cosas hay admirables, pero ninguna como el hombre ... adiestrado en el arte de la palabra y en el pensamiento sutil como el viento, y en las asambleas que dan leyes a la ciudad.” Sin verdad, la grandeza del hombre se haría añicos
Pero los filósofos le hicieron el gusto a los relativistas, sin renegar formalmente de la verdad. En lógica la verdad es un concepto sencillo: la correspondencia de una afirmación con el objeto a que se refiere. Si tú me afirmas algo yo te pido pruebas: pruebas empíricas, si es el caso, y el raciocinio que nos lleva de las premisas a una conclusión aceptable al intelecto. Lo que ocurre, dicen los filósofos, es que la verdad lógica no es más que parte de la cuestión. Para Hegel hay verdad lógica, pero también matemática, histórica, y filosófica, posponiendo esta última, que es absoluta, a las anteriores. Marx siguió fielmente a Hegel en un aspecto: la forma de entender el mundo no es enfrentarse a un conjunto de cosas, de objetos estáticos y dispersos, sino a un proceso en marcha. No debe evaluarse estéticamente a una oruga, sin tener en cuenta que ha de transformarse en una bella mariposa. No debe condenarse la represión brutal de la libertad de pensamiento en Cuba, si la revolución cubana en alguna medida está aproximando a la realidad el sueño de la América Latina comunista. Y, la imagen de Stalin, ¿ asimismo la blanquearemos? Sí, responden Marx y Engels, desde dondequiera estén sus almas, y también las imágenes de Mao, y Pol Pot, porque, cuando por fin se implante el comunismo en el mundo, todos verán por fin que aquellas experiencias habían hecho sus contribuciones para llevar a la humanidad a esa etapa final y feliz con que debe culminar su historia. Es cierto que tales experiencias habrán causado inmensidades de dolor, pero, como Marx sostiene en El Capital, “¿qué sentido tienen las lamentaciones frente a la necesidad histórica?” Todo depende del final, y un final feliz honra toda la cadena de calamidades. Pero la cosa es clara: para los marxistas, como dice Thomas Sowell, la justificación histórica es la única justificación, el supremo principio moral.
Ateniéndonos a la verdad lógica, y a su par dialéctico –la mentira–, entre ambas se libra una batalla sin cuartel. Los que combaten del lado de la mentira también llaman “verdad” a su tesis, en función de determinada justificación histórica, ya que nada objetivo, distinto de una teoría política, la sustenta. El enfrentamiento es particularmente frontal en el sector informativo del frente de batalla. En él todos los totalitarismos se distinguen por el manejo de un arma a la que dedican fervoroso apoyo: la propaganda. Se trata de desinformación, más bien que de información, que opera con total desconexión con la verdad lógica. En tal materia el ejemplo más notorio es el del nazismo, que tuvo en Joseph Goebbels su máximo artífice. Es famosa la boutade que se le atribuye, en cuanto a que una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad. Pero sería un error creer que el nacional socialismo tenía su actividad informativa por esencialmente inmoral. Cada totalitarismo cree en una supuesta verdad superior que santifica las deformaciones de la realidad incurridas para hacer prevalecer su causa, en sí misma (para la subjetividad de sus adeptos) éticamente inobjetable. Si se cree que la pureza étnica de los “arios” es la base de un orden mundial superior, todo lo que la promueva se verá, a la luz de su justificación histórica, como verdad. Y si lo que se cree es que la eliminación de la propiedad privada es la clave que ha de posibilitar la sociedad de los libres e iguales, culminación de milenios de historia, todo lo que se afirme para hacerla imperar se identificará en definitiva con la verdad.
Son reflexiones éstas que me ha sugerido el establecimiento de un canal de TV llamado Telesur, liderado por el dictador venezolano Hugo Chávez, asociado –según una publicación latinoamericana que llegó a mis manos– a Fidel Castro y Néstor Kirchner, cuya anunciada finalidad consiste en “neutralizar a la CNN y propagar la verdad”. Entendió bien el lector: difundir “la verdad”. Eso un medio periodístico cuya dirigencia comparte Fidel Castro. Y Chávez, y Kirchner, pero de éstos uno sabe menos. La mayor información que de ellos tenemos es que son socios de Castro en un órgano de prensa. Pero de Castro lo sabemos todo, por vía directa, y a través de sus palabras y sus actos. “Soy marxista-leninista, lo he sido siempre y lo seré mientras viva”, confesó al quitarse la máscara de demócrata con que había engañado a muchos en las primeras etapas de su vida pública. Si Telesur está para difundir la verdad, y si Castro es uno de sus dueños, ya sabemos a qué clase de verdad podemos esperar que sus emisiones contengan. La misma que ilustraban las páginas de Pravda (“verdad” en ruso). Y llevamos medio siglo presenciando con horror el desprecio por la libertad de prensa en general que caracteriza a Fidel.
Pero, contra la fuente a que he aludido, la empresa tiene un cuarto socio, que es el Uruguay. Es decir que nuestro país es ya socio de una empresa destinada a difundir una visión totalitaria de los acontecimientos. Ha sido mi sino desaprobar la mayoría de las medidas que nuestros gobernantes han adoptado. Pero esta es la primera vez que el sentimiento que me inspira sentirme uruguayo es la vergüenza.