Penélope tejía de día y destejía de noche, de modo que su tela no se terminaba nunca. En su caso la alternancia de signos positivo y negativo en su labor era deliberada, dictada por su fidelidad hacia el ausente Ulises; pero su símbolo es asimismo representativo de empresas colectivas en las cuales parte del grupo empuja hacia adelante y el resto, involuntariamente, empuja hacia atrás. Ante nuestros ojos se desenvuelve a diario una tarea análogamente contradictoria, a cargo del actual elenco gubernamental, cuya accidentalidad puede descontarse.
En nuestro caso la jornada diurna la cumplen Astori y el excelente equipo de economistas que ha organizado. El balance fiscal, clave del equilibrio macroeconómico, mejora a ojos vistos. El superávit primario crece más allá de las metas. Los organismos multilaterales aprueban enfáticamente. La preocupación por mejorar la inversión es una de sus actitudes más notorias: lo es su comprensión de que solo lográndola podrá mejorarse el nivel de empleo, el del salario real, la reducción radical de la pobreza. El fruto de ese esfuerzo va siendo un acrecentamiento de la confianza. No puede ser de otra manera. En la medida en que la confianza del público crezca, notablemente la de los potenciales inversores, de aquí y del exterior, habrá más inversión; y según las metas que ello puede allegar se alcancen, la confianza echará raíces más hondas, y atraerá más inversión aún, en círculo virtuoso, junto con la repatriación de muchos uruguayos y todos los demás objetivos que todos anhelamos.
A los frutos de la jornada diurna se les puede oponer, desde el punto de vista de la filosofía del EP-FA, una sola objeción: no son frutos de la izquierda. Y es así. Se trata de frutos de –¿cómo decirlo?– del sentido común, de las nociones elementales de economía, de la razón. En todo caso nunca fueron, salvo de manera harto esporádica, frutos cultivados por los gobiernos del pasado. Si éstos han de ser clasificados “de derecha”, tema que considero ocioso introducir en este artículo, tampoco han sido frutos de la derecha. No obstante, en el elenco gubernamental, los frutos que predominantemente se persiguen son los que se confía cosechar gracias a la acción, a la fuerza, a la voluntad desnuda. Representan la jornada nocturna de Penélope, de la que paso a ocuparme
que paso a ocuparme. En primer lugar, tenemos las medidas que suponen estimular la actividad de los grupos de presión, en tanto que tales, como los sindicatos y los comités de deudores, para citar dos casos de actualidad. Ahora los sindicatos puede ocupar locales empresariales y sus propietarios solo pueden recuperarlos rindiéndose o siguiendo un juicio de desalojo de indeterminada duración. Prácticamente, el sindicato puede imponer al empleador la concesión que se le ocurra. La única contramedida que resta al propietario es cerrar, y aún para ello probablemente tenga que transar con importantes prestaciones. Evidentemente, si el manejo macroeconómico tonifica la confianza, la desprotección del derecho de propiedad de los empleadores la pulveriza. Cuando estas líneas se escriben otro grupo de presión, un comité de deudores, organizado en piquetes, como en la Argentina, amenaza con impedir la circunvalación del Palacio Legislativo ante la pasividad oficial. Después de tantos sacrificios para evitar tener nosotros nuestro propio corralito, ¿con tanta facilidad nos avendríamos ahora a tener nuestros propios piqueteros? En Buenos Aires, cuando alguien sale en auto no tiene seguridad alguna en cuanto a qué hora llegará adonde va ni si regresará a su casa u oficina. ¿Es esa la clase de imagen con que imaginamos atraer inversión?
Los consejos de salarios. Negociación salarial, pero con la última palabra en la boca del gobierno. A esto agreguemos que el ministro de Trabajo, Eduardo Bonomi, confesó que no podría contenerse de torcer la báscula en beneficio de los trabajadores. Claramente, esto no es propicio a la confianza, pero mucho peor que la propensión del ministro a dar un peso trucado en la balanza, lo cual es simplemente una debilidad humana, atenuada como falta por su sinceridad, es que crea que de esa manera puede beneficiar a los asalariados. Bastaría para disuadir a cualquier persona normal, diría yo, tener presente que, si el salario real fuese tan fácil de elevar, no habría salarios bajos en ningún país del mundo, máxime donde haya elecciones y los trabajadores voten. Parece que no sería mucho pedir que el gobierno trabajase con una teoría consistente de lo que hace subir el salario real, que ya vimos que en el ministerio de Economía consiste en que la inversión promueva la productividad y esta la demanda por mano de obra, lo cual es complicado, pero sensato, en lugar de adosarle la teoría de que basta que el Poder Ejecutivo resuelva aumentos, que es sencillo pero se revela fantasioso para quien lo someta al más elemental de los análisis
Y ¡hay tantas cosas más! Pero no quiero terminar sin apoyar mi argumento sobre una señal importante –no decisiva, pero que sería imprudente ignorar– sobre cómo viene desarrollándose la batalla por la confianza. Se conoce ahora el Índice Ceres de Demanda Laboral (ICDL) para junio. Es una indicador que está estrechamente relacionado con el nivel de empleo, con una anticipación de aproximadamente un trimestre. Es el primer mes, después de dos años y medio de sostenido incremento de la demanda por mano de obra, que el índice muestra una reducción de esa demanda. En principio esa señal anuncia más desempleo.
La propia Ceres se encarga de relativizar esa conclusión, mencionando casos particulares en que hay factores que se sobreponen a una reducción de la demanda y la vuelven compatible con un alza de la ocupación. Pero el enfoque que a mí me parecería prudente considerar es que si, por las razones más arriba expuestas, la gestión gubernamental puede en teoría asociarse a un efecto de reducción de la confianza de los empresarios e inversores, cuando en la práctica hay una prueba estadística que indica, precisamente, que la confianza de los observadores se retrae, esa señal no debería ser tratada con indiferencia. Máxime teniendo en cuenta que el crecimiento de la demanda por mano de obra, si bien solo en junio ostenta signo negativo, su crecimiento ya previamente fue debilitándose, poco más o menos desde la asunción de las nuevas autoridades, en comparación con el año y medio anterior. Alguna clase de señal en sentido contrario parecería un gesto eminentemente sensato.