La democracia es de centro” titula Hebert Gatto su página de Búsqueda del 4 de agosto. Es decir, no es de izquierda ni de derecha. “Derecha e izquierda puras no son congruentes con la democracia”, sostiene el autor; en la actualidad, una y otra “pasaron a ser experiencias desvahídas, en esencia irrepetibles.” Sin futuro. ¿Cuál es entonces el destino de la humanidad? Escribe Gatto: “La democracia supone gobiernos necesariamente transitorios, sujetos a una opinión pública mudable y a las presiones e influencias de los divergentes grupos de interés que componen la sociedad moderna. [...] La democracia es definitivamente centrista.” Ello no implica que sea perfecta, pero el fin del artículo revela que solo requiere ajustes menores. Es una visión optimista del futuro, yo diría que en la línea de la concepción del fin de la historia de Francis Fukuyama
Leí el ensayo con el vivo interés que me despierta todo lo de Gatto, pero me habría quedado más en paz si los conceptos empleados de izquierda y derecha hubiesen sido más explicitados a los lectores. Si no me equivoco, se trata de conceptos que el autor deriva de la percepción del público, o de las élites, a través del tiempo, un método que tal vez podría calificarse de sociológico. Hoy he cedido a la tentación de replantear la cuestión en base a conceptos extraídos directamente de la historia. Esta registra (en su totalidad, ya que la civilización occidental es en la materia la única a consultar) solo dos revoluciones que nos vemos compelidos a nombrar con mayúsculas: la Revolución Francesa (RF) y la Revolución Rusa (RR). El concepto de “izquierda” nace en la primera, como es sabido de razones circunstanciales que convencionalmente se erigen en símbolo, y se prolonga en la segunda, la cual, por confusión, se auto interpreta como una continuación de aquella. Ambas despiertan inconmensurables ilusiones en masas del mundo entero, pero terminan en fracasos. JeanJaques Rousseau, muerto once años antes de la toma de la Bastilla, único pensador a quien la Asamblea Nacional erige un monumento, es el filósofo oficial de la RF. Su influencia más directa se encuentra en “El Contrato Social”, conforme al cual cada miembro de la comunidad enajena por completo todos sus derechos a la comunidad, a cambio de participar en la formación de la voluntad general. Es el gobierno absoluto del pueblo, sin constitución que lo limite, ya que Rousseau se encarga de especificar que “no hay ni puede haber ninguna especie de ley fundamental obligatoria para el cuerpo popular, ni siquiera el contrato social.” Se trata de democracia absoluta y es izquierda, debemos de tenerlo presente.
io, y no viceversa. Del artículo de Gatto lo que me pareció menos feliz es la selección de la España franquista como ejemplo de derecha. Por dos razones: por ser España en el 39 un país marginal en Europa, en contraste con la central ubicación de Francia en 1789, y por la dualidad de su política económica desde el fin de la guerra civil: cuasi socialista durante el liderazgo de Falange, hasta 1959, y francamente liberal después, con un notable éxito que reimplantó al país en Europa. Para mí, si la izquierda nace como ala radical de la RF, bajo el patrocinio de Rousseau, la derecha tiene que proceder de Burke y, desde que la ejecución de Luis XVI unifica el sentir antirrevolucionario, localizarse en Inglaterra, en guerra a muerte con la Francia revolucionaria, más tarde bonapartista. De tal manera, además, evitamos identificar la derecha con regímenes dictatoriales que, si bien los hay en ella –fascismo, nazismo– representan modalidades notoriamente análogas a las dictaduras revolucionarias francesa y rusa.
Obligado a resumir drásticamente el portentoso mensaje burkeano, me arriesgo a elegir tres aspectos que pudieran servir de fundamento a la derecha política. El primero es la adaptación de la idea del contrato social a un esquema multigeneracional. Que lo lleva a rematar así el pasaje: “Como alcanzar los fines de esa sociedad es obra de múltiples generaciones, se transforma en una sociedad entre no sólo los que viven, sino entre los que viven, los que han muerto, y los que aún están por nacer.” Eso es democracia limitada y es derecha. Otro tanto digo del pasaje en que contrapone, a la todopoderosa Assamblée Nationale, la Cámara de los Comunes, acotada por múltiples barreras constitucionales, emanadas del common law, de la existencia de una segunda Cámara y del poder de la Corona. En tercer lugar, Burke profetiza –¡en 1790, cuando la primera constitución revolucionaria acababa de ponerse en funciones!– la inestabilidad de un régimen de democracia absoluta, y el consiguiente advenimiento de una dictadura militar, que de hecho se materializaría cerca de una década más tarde, más de un lustro después de su muerte.
Si bien la derecha es una respuesta a la izquierda, como ya queda dicho, la contestación de Burke atrajo la réplica de Thomas Paine. Este no puede rivalizar con Rousseau como soporte intelectual de la izquierda, pero su influencia –la Enciclopedia Británica lo sindica como uno de los mayores political pamphleteers de todos los tiempos– fue enorme. El mensaje central de Paine consistió que una generación podía organizar a su gusto la sociedad, sin sentirse restringida por el pasado. Esto es democracia absoluta, y es izquierda
La RR cuenta cada vez menos, porque el marxismo, su cimiento intelectual, ha fracasado rotundamente. Al revés de Hegel, cuyo esquema filosófico tomó prestado, Marx colocó la culminación de la historia en el futuro, en vez del presente, como su mentor. Ello impulsó a Marx a internarse por el camino de la profecía, sobre el cual no podría haberle ido peor. Con todo, su contradicción desde la derecha no está exenta de interés, pero puede esperar una futura disponibilidad de espacio. Por ahora me atrevo a proponer, en relación a la pieza de Gatto, la alternativa de no excluir izquierda y derecha en la democracia, según ella sea absoluta o limitada (rigurosamente constitucional). Dejando la posibilidad de un centro neutral también para una próxima oportunidad.