Comencé presentando a los filósofos de la izquierda hace dos sábados. Eran dos pensadores, apareados a sus respectivas revoluciones: Rousseau a la francesa, Marx a la rusa. Luego caí en la cuenta de que necesitaba un filósofo que les suministrara los fundamentos para pensar una revolución; es decir, no imaginar una sociedad ideal, que eso ya lo habían hecho tres Tomases: de Aquino, en “Sobre el régimen de los príncipes”, Moro, en “Utopía”, título que dio nombre al respectivo género literario, y Campanella, en “La ciudad del Sol”. Pero todo era literatura, con conexiones hacia la filosofía, pero nada encaminado a orientar a la gente en la dirección de entes históricos nuevos, como los revolucionarios más tarde estimarían factible; en realidad, algunos, inevitable. Lo que se necesitaba era que el hombre se sintiese capaz de transformar la historia, desde cosas que le pasan a la gente, a cosas que la gente diseña, ella misma, según su gusto y gana. Y el sábado pasado sugerí que Renato Descartes, por haber sido quien infundió en los seres humanos una nueva confianza en su capacidad para distinguir lo cierto de lo falso, y por lo tanto multiplicar la eficacia de su obrar, venía a constituirse en uno de los pensadores de la izquierda, pese a haber escrito cuando a la izquierda le faltaban aún siglo y cuarto para comenzar a existir. Pues bien, análogamente, ahora me doy cuenta de que los dos nombres que tenía en la cabeza como pensadores de la derecha –Burke y Hayek– no eran pertinentes en cuanto a un aspecto clave, piedra angular de la baluarte izquierdista, el del optimismo antropológico. Este había sido puesto en cuestión por Blas Pascal, no después de afirmado por Rousseau (1762) sino exactamente un siglo antes, si hemos de fechar sus fragmentos póstumos publicados con el título de “Pensées” en el año de la muerte de su autor.
Pascal es un personaje fascinante. Hombre de ciencia, físico y matemático, pertenece a la generación de Newton y de Leibnitz, cuya revolución científica abriría de par en par las puertas de Occidente hacia la revolución industrial. Como científico, por supuesto, integra el contingente de cerebros que construyen una amplia avenida que conduce al progreso material característico de nuestro tiempo. El cual contingente abarca también a Descartes, incluso entre sus pioneros. El que yo esté escribiendo este artículo sentado ante mi PC tiene muchísimo que ver con Descartes y Pascal, y prácticamente nada con pensadores que tanto valoro como Aristóteles y Tomás de Aquino. Obra también de aquel equipo intelectual que integraron Descartes y Pascal fue la contribución cultural, notablemente en lo científico, que desembocó en la Ilustración, un movimiento de amplio alcance, signado por el optimismo sobre el futuro de la humanidad, que se divisaba en términos de avances de la paz y la libertad. Políticamente, comportó el apoyo cuasi universal a la Revolución Francesa en sus etapas iniciales, es decir, hasta la ejecución de Luis XVI (1792) o hasta la dictadura de Robespierre, conocida como “el Terror” (1793), y aun entonces las objeciones tendieron a manifestarse como dirigidas contra excesos incurridos dentro de una transformación social y política esencialmente rescatable. La mayor parte de la izquierda moderada de hoy en día tiene esa clase de punto de partida, en el cual se integra la concepción del hombre como intrínsecamente bueno.
Es a ese respecto que nos interesa enfocar la figura de Pascal. Como científico Pascal es un homincomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición extrae sus repliegues y sus vueltas de ese abismo; de suerte que el hombre es más inconcebible sin ese misterio de lo que el misterio es en sí mismo para el hombre.” Ernst Cassirer, a su vez: “El problema del pecado original fue planteado en la filosofía francesa del siglo XVII por uno de sus pensadores más profundos; con una pasión y una fuerza intelectuales no conocidas hasta entonces, y con una claridad máxima de exposición...” (“Filosofía de la Ilustración” pp.164 ss). Y algo más adelante: “...el hombre no se nos presenta como un ser enterizo y armónico, sino dividido, destrozado, cargado de las más hondas contradicciones que constituyen los estigmas de su naturaleza. El hombre, en cuanto trata de comprender su posición en el cosmos, se encuentra colocado entre el infinito y la nada, referido a los dos e incapaz, sin embargo de pertenecer a uno de ellos exclusivamente. Se halla por encima de todos los seres y, a la vez, más rebajado que ninguno de ellos; es lo más sublime y lo más abyecto, es grandeza y miseria, fuerza e impotencia.”
Pero la vida de la sociedad de hombres plagados de contradicciones, en las cuales la veta del mal es considerable, no es un infierno. Hay un aforismo crucial, perdido en la colección de Pensamientos, por lo general ignorado por los críticos, que a mi modo de ver es preciso exaltar. Lleva el número 245 (419 en otras ediciones), y se titula Grandeza. Dice lo siguiente: “Las razones de los efectos marcan la grandeza del hombre, al haber derivado de la concupiscencia un orden tan bello.” (énfasis agregado). Pascal no desarrolla el tema del orden que lo deslumbra. Para este articulista él comprende todos los ingredientes del orden social que se explican por la condición humana que Pascal ha detectado: En primer lugar, un Estado de Derecho, que comprende la limitación del Estado, y un orden jurídico civil y penal que inhibe las transgresiones a la ley; en segundo lugar, una economía de mercado, en la que la concupiscencia de los agentes se transforma en un aporte de servicio gracias a la competencia; y una religión, que reconoce la fuerza del pecado y lucha por contenerlo. Ver más, lector, en el próximo número.