La percepción de Hayek está complicada por diversas confusiones. El confundido de mayor linaje fue la Real Academia Sueca, que le adjudicó el Premio Nobel de Economía en 1974 por un libro que nadie había leído en los últimos 40 años. Habitualmente se le ubica en la escuela de Viena, siendo así que dejó esa su ciudad natal muy joven, en 1931, para no volver a residir en ella nunca más. Muchos lo aparean con Ludwig von Mises, a cuyo seminario vienés concurrió, efectivamente, en su juventud, pero separándoles luego crecientes diferencias. Quien no se equivocó fue la Universidad de Chicago, la cual lo contrató en 1950, luego de su ciclo en la London School of Economics (1931-1949), colocándolo, acertadamente, en su Facultad de Filosofía, no de Economía.
Corro yo mismo, tal vez, el riesgo de clasificarlo erróneamente, pero no creo que sea el caso. Para mí es un pensador de derecha, más concretamente, un conservador. Pero él mismo escribió un ensayo titulado “Por qué no soy un conservador”; con lo que mi posición tendría que lucir harto comprometida. Sin embargo, él mismo aclara que se refería a los conservadores europeos (continentales: era culturalmente tan inglés que cuando decía “europeo” dejaba fuera a las Islas Británicas), quienes eran proteccionistas en materia comercial, y mantenían posiciones colectivistas a propósito de la agricultura, y se identificaban con las aristocracias nacionales. Hayek se declara “liberal tradicional” en ese ensayo, mas, una vez que considera las ambigüedades que entrañaba la palabra “liberal”, particularmente en los EEUU, opta por definirse como “whig”, y más adelante, allí mismo, “old whig”. Pero de tal modo sólo se auto designaron Edmund Burke y sus inmediatos seguidores. Que es precisamente lo que yo pienso que debe entenderse por “conservador”, como los lectores de mi artículo del sábado pasado ya lo saben.
Hayek saltó a la fama en 1944, con “Camino de Servidumbre” donde denunció la gran ola socialista que amenazaba las libertades de Occidente. Dirigido al gran público, tuvo un éxito editorial fantástico, que movió a “Selecciones” a publicarlo resumido, transformándolo en best seller, tras lo cual sus editores lo pasearon por los EEUU en una resonante gira de conferencias. Sin embargo, semejante éxito no lo transformó en un autor popular anticomunista. En realidad, su trabajo realmente importante, desde el punto de vista filosófico, comienza cuando frisaba los 50, y el siglo XX entraba en su segunda mitad. En mi opinión quien desee conocer la esencia de su obra debe leer atentamente cuatro libros suyos: “La Contrarrevolución de la Ciencia” (1952), “La Constitución de la Libertad” (1959), “Derecho, Legislación y Libertad” (1973) y “El Error Fatal” (1988). ¿Su tema central? No es fácil decirlo, pero en el contexto de esta serie izquierda-derecha a que estoy lanzado pienso que no cabe duda de que, más que nada, se trata de la espontaneidad.
Es espontáneo aquello que los hombres y mujeres hacen, de a uno hasta en multitudes, en un instante crucial o a través de los siglos, sin haberlo planeado. En las palabras de Francis Hutcheson, un escocés contemporáneo de Adam Smith, espontáneo es lo que resulta de la acción humana, pero no del designio humano. De la acción humana (por tanto no lo es la desolación causada por Katrina, el huracán) pero no del designio humano (por lo tanto no una ley sancionada por el parlamento). ¿Qué, entonces, por ejemplo, es espontáneo? Lo es el idioma español, y los millares de otras lenguas que los pueblos usan para comunicarse, menos el Esperanto, que fue inventado para unir al mundo, pero que yace por ahí, casi olvidado. El mercado es otro buen ejemplo. Miles de millones de personas se vinculan a diario con incontables mercados. Unos producen bienes, otros los transportan, otros los venden, y por supuesto otros los compran, etcétera. Cada uno, el que produce, el que vende, el que compra, el que presta, el que cobra –cada agente– pone de sí la mayor atención. Su obrar es tan deliberado como pueda serlo, porque su dinero, su interés, está en juego. Pero, ¿quién fija el precio? ¿quién determinará la cantidad que se produce? No lo sabemos. Impersonales mecanismos toman todos los actos, los introducen en cuartos secretos, hacen con ellos Dios sabe qué, y por el otro extremo van saliendo tiras de papel donde se registran precios y cantidades. Claro que ha habido –tal vez quede alguna perdida por ahí– economías dirigidas, en que todo lo resuelve, deliberadamente por tanto, un comité de planificación, como el Gosplan soviético. Son los equivalentes del Esperanto.
El derecho es un ejemplo más difícil, pero insalteable. El derecho legislado por asambleas aparece apenas ayer, con la Revolución Francesa. Pero en Inglaterra ya desde el siglo XVII, filósofos racionalistas, como Locke y Montesquieu, escribían como si el parlamento inglés dictase leyes, cosa que no hacía nunca. Hay dos grandes sistemas jurídicos en la historia: el derecho romano y el “common law” inglés. Ambos eran sistemas de derecho no escrito. La palabra “law”, como “ley” provienen del latín “lex” que nunca se asociaron a ninguna sanción parlamentaria. La ley, en su sentido clásico, no era algo que se votaba, sino que se investigaba, y descubría, por los jurisconsultos romanos, o los jueces ingleses.
Y si ampliamos el ángulo de visión nos encontramos con que la espontaneidad es el origen principal de la civilización, y por lo tanto somos herederos del pasado. Tal conciencia lleva al hombre a tratar al pasado con respeto y reformarlo con prudencia. Es lo opuesto del progresismo, que prefiere construir sobre tabula rasa. Con mucha legislación. De ahí la idea de que la evaluación del trabajo parlamentario puede hacerse poniendo el registro de leyes en la báscula. Cuantas más leyes, más pronto llegaremos al punto omega, la culminación del progreso. Ese es el error fatal con que Hayek titula su último libro.
Con él concordaba Ortega y Gasset. Voy a cerrar esta serie de artículos con una cita suya de “Ideas y creencias” (1940): “El defecto más grande del hombre es la ingratitud. Fundo esta calificación superlativa en que, siendo la sustancia del hombre su historia, todo comportamiento antihistórico adquiere en él un carácter de suicidio. El ingrato olvida que la mayor parte de lo que tienen no es obra suya, sino que le viene regalada de otros, los cuales se esforzaron en crearlo u obtenerlo... Hoy presenciamos este fenómeno en grande escala. ... Olvidar el pasado, volverle la espalda, produce el efecto a que hoy asistimos. La rebarbarización del hombre.”