Primaria y Secundaria

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LOS PROGRAMAS DE ENSEÑANZA SON EXCESIVAMENTE AMPLIOS. AL PRETENDER QUE LO SEPAN TODO, LOS ALUMNOS SALEN SIN SABER NADA Y, LO QUE ES PEOR, EGRESAN SIN HABER APRENDIDO A PENSAR.

Con esto voy a continuar mis memorias de estudiante de la enseñanza pública de este país. Por lo general los testimonios que se oyen informalmente al respecto son buenos. Probablemente ello se deba a gratitud hacia un sistema que formó en algunos sentidos a los testigos, en régimen de aparente gratuidad; pero los auténticos titulares de ese sentimiento no pueden ser más que los contribuyentes que, muchos con ingentes sacrificios, financiaron un ejercicio pedagógico donde a veces brillan algunas luces, pero en el cual, tanto a partir de mi experiencia como alumno como de la derivada de trabajar como docente terciario de repetidas generaciones, debo decir que el opaco gris de la mediocridad domina ampliamente. Me refiero a primaria y secundaria por igual.

Para evaluar esta etapa del sistema educativo, es preciso tener una idea de cuáles son los objetivos que deberían lograrse en su transcurso. A mi modo de ver, la meta debería consistir en el aprendizaje de tres lenguajes: español, matemáticas y un idioma extranjero, que supongo tendría que ser el inglés. Frente a ese compacto objetivo se destaca la universalidad del conjunto de programas, dictados por la ambición de lograr ejemplares equivalentes a Leonardo Da Vinci quinientos años después. Lo peor no es que, pretendiendo saberlo todo, salgan sin saber nada, sino sobre todo que salen sin conocer los tres lenguajes básicos, lo que puede resumirse diciendo que egresan sin haber aprendido a pensar. Si esto fuera cierto, deberíamos tener un país en persistente decadencia, ya que hablo de fallas que se remontan a la noche de los tiempos, y persisten firmemente, o tal vez se acentúan. Si así no fuera, el lector haría bien en no perder más tiempo con este artículo. Al juicio emergente de esa prueba me confío.

¿Es posible enseñar a pensar? Pues, ¿y en qué consistiría la educación si no lo fuera? Yo creo que la pregunta que hace sentido es si vale la pena enseñar cualquier otra cosa. Por supuesto que se quiere enseñar literatura, historia, ciencias naturales, y más, pero –desde el punto de vista en que me he situado– todas esas asignaturas, que tienen ciertamente un contenido útil de información, y pueden servir como despertadores de vocaciones, son ante todo campos en que el estudiante puede ejercitarse en pensar. Por descontado que ello supone un estilo pedagógico con la debida orientación, y una guerra al tedio que suele prevalecer en nuestros establecimientos de enseñanza, incluyendo textos que puedan atraer a jóvenes y niños

Naturalmente, la elocuencia del profesor es un activo importante, pero el contacto entre el docente y el alumno lo es mucho más. Tomemos Historia en “Preparatorios” (ahora 5° y 6° de Secundaria), en mi experiencia de alumno. Yo fui feliz como estudiante en esos dos años finales que cursé en el “Vásquez Acevedo”, gracias a Historia y Literatura. En 6° –Historia de Occidente desde la Edad Media– tuve a Fructuoso Pittaluga, cuyas lecciones eran un primor estético, pero durante las cuales, sin embargo, permanecíamos pasivos. Sin duda el goce estético contribuyó a formarnos, pero la falta de participación operaba en contra. En 5° –Grecia y Roma– tuve a Teófilo Arias, el profesor ideal. Arias reproducía en mimeógrafo –antecesor de las fotocopias– fragmentos de textos clásicos, como Glotz y Jardé, de su propio peculio, y nos distribuía pasajes para que criticásemos su lógica interna. Asimismo exponía a devastadora crítica, basado en Henri Pirenne, la entonces teoría dominante de la caída de la civilización romana, atribuida a las invasiones bárbaras (siglo V), sin discutir su decadencia, sustituyendo aquel trauma por el del cierre del Mediterráneo por los corsarios musulmanes bloqueando el comercio para la Cristiandad (siglo VIII), lo que proyectaba una luz totalmente diversa sobre el antes ignorado renacimiento económico de los siglos XII y XIII, fruto de la reapertura del mismo mar por los marinos normandos. Todavía puedo revivir el deslumbramiento que aquellas clases, con libre participación del estudiantado, me generaron (y probablemente generaron el de todos). En Literatura 5° nada bueno que recordar, pero en 6° el curso se dividió en dos, por cambio de docente durante el curso. En la primera parte disfruté, más que ningún espectáculo artístico que recuerde, las clases de Roberto Ibáñez –André Chenier y un Goethe inolvidable. También los alumnos permanecíamos pasivos, pero en punto a aprender a amar la poesía, un aporte invalorable. En muchos aspectos el cambio, la sustitución de un grande por un joven a la sazón desconocido, José Pedro Díaz, nos dejó un saldo positivo. También a su manera más llana nos potenció el amor a los libros y nos enseñó a pensar, encargándonos trabajos domiciliarios que el profesor comentaba. Yo escribí un ensayo sobre Poe, que vinculé con una teoría sobre el montaje de Sergei Eisenstein, con plácemes del profesor

Pero, después de tantos recuerdos lindos, dirá el lector, ¿de qué se queja este? Permítame aclararle cómo fueron las cosas. Primaria y Secundaria fueron una travesía del Sahara. Hasta ahora le describí un par de oasis en que los alumnos nos refrescamos. El resto fue terrible. Mis recuerdos de Primaria empiezan en 5° año. Había dos grupos, a cargo de sendos maestros, hombre de mediana edad, únicos de su sexo en el platel docente, que no ocultaban el hastío que les suscitaba su trabajo, o –mejor dicho– el trabajo que deberían haber hecho. El que me tocó nos tenía aterrorizados con penitencias, particularmente la consistente en copiar El Patito Feo, pasable para leer pero interminable para copiar. Yo no era particularmente indisciplinado, pero ante el tedio pavoroso debo haber hecho más de una travesura, porque me sabía el cuento del pequeño cisne de memoria. En 6° tuve una maestra que me distinguía, pero que estimaba que mi prosa carecía de relieve. Tuvo la idea de hacerme una lista de sustantivos y otra paralela de adjetivos, a fin que combinase aquellos con estos. De modo que si utilizaba el vocablo “flor” él fuera realzado describiéndola como “meliflua” o “arquitectónica”, y si del “mar” escribía, que potenciase su vigor tratándolo de “proceloso”. Y no es broma.

Una característica de las dos etapas de que hoy me he ocupado consiste en la ausencia, o tal vez fuese la invisibilidad, de directores. Evidentemente, poder disciplinario sobre los docentes, de ello estoy seguro, no lo tenía nadie. El sábado próximo, como remate de la serie, me ocuparé del feroz centralismo del sistema, así como de sus consecuencias, a la vez que me preguntaré que trato recibió la laicidad durante mi tiempo en la escuela y el liceo.

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