Las exhortaciones dirigidas al gobierno de los EEUU a retirar de Irak a sus efectivos militares crecen por todas partes, desde dentro de los EEUU y desde afuera, como hongos tras la lluvia. Esa postura me recuerda la decidida aprobación a la política francobritánica tolerando las violaciones por Hitler de sus obligaciones internacionales (militarización del Ruhr, construcción de una fuerza aérea), claramente preparativas de una guerra, incluso la invasión de los Sudetes, territorio legalmente checo, que motivó la reunión en Munich de Chamberlain y Daladier con Hitler, donde aquellos condonaron su tropelía. Me parece estar viendo los noticieros mostrando a Chamberlain de regreso a Londres, descendiendo del avión, ovacionado por un nutrido público, mientras él, ufano, agitaba un ejemplar del tratado de la infamia, que tanta sangre inocente haría correr. Es claro: la gente odia la guerra, y toda medida que la evite es festejada, sin detenerse a pensar si realmente la evita, o sólo la posterga, incluso multiplicada por un enorme factor. El deber de discernir esa futura realidad le incumbía a Chamberlain, pero le faltaba temple para cumplirlo. Quien sí lo tenía, y de sobra según lo mostraría más tarde, era Winston Churchill; pero las masas sólo acogerían su mensaje demasiado tarde.
La situación actual es semejante, por más que invertida. Hoy tenemos a Churchill en el puesto de mando, o al menos así a mí me parece. Chamberlain y Daladier los imagino en las masas que claman por el retiro de las tropas norteamericanas de Irak. ¿Y Hitler? ¿Quién lo representa ahora? Es el que tiene la ambición de imperio, Osama bin Laden. En mi apoyo cito declaraciones de quien es el Nº2 de bin Laden, Ayman al Zawahiri, de julio de 2006, afirmando que su objetivo es “liberar a toda la que algún día fue tierra del Islam, desde Al-Ándalus (España) hasta Irak”. Una meta que luce fantasiosa, pero que es canónica desde el punto de vista musulmán, ya que el Corán impone a los fieles no descansar hasta que toda la tierra que fue musulmana vuelva a serlo. El propio bin Laden, muy recientemente, amenazaba así a los “infieles”: “Los países del Islam son una misma nación, y el envío de tropas españolas a Afganistán pone en peligro otra vez a su país”. (Observador, 13/3/07, p.18). “Remember Atocha”, vendría a decir.
La mayoría de los que denuestan a Bush no comprenden la actitud del Islam frente a los que llaman infieles. Los historiadores realzan la tolerancia tradicional de los gobiernos musulmanes frente a cristianos y judíos residentes en sus territorios, sujeto al pago de un impuesto especial, con exclusión de toda práctica misionera, pero suelen escamotear la pretensión reivindicatoria sobre toda parte de la superficie del planeta que hubiere estado sujeto a soberanía musulmana, aún más que cualquier país que ejerciere violencia a distancia (v. gr. envío de personal militar) es susceptible de ataques terroristas (v. gr. 9/11, 9/5) desde cualquier punto de la nación islámica, que abarca todos los estados, a estar a las palabras que acabo de reproducir, de bin Laden, Rey del Terrorismo.
Preguntémonos ahora, en base a todos estos antecedentes, cuáles serían las consecuencias de la retirada norteamericana de Irak. En ese país el régimen que apunta hacia la democracia, impulsado por el recuerdo de uno de las peores tiranías de todos los tiempos, como sin duda fue la de Saddam Hussein, sin duda caería ante la fuerza que habría expulsado al ejército norteamericano, quedando, junto con el gobierno jomeinita de Irán, dueños de Medio Oriente, con la excepción de Israel. Y la ofensiva contra éste, ¿cuánto demoraría? Vale la pena recordar que la enemistad musulmana con Israel no tiene móvil religioso, en absoluto, sino que se apoya en el hecho de que Israel se yergue sobre tierra que fue musulmana, tema recurrente en este mismo artículo, lo que me exime de más explicaciones. Me limito a señalar, eso sí, que Israel es una potencia nuclear, y que sin duda recurriría al respectivo arsenal para defenderse. Esa certeza, de la que sin duda participan los líderes musulmanes, ¿conduciría a éstos a esperar que Irán culmine su decidida marcha hacia su propio armamento atómico? En todo caso, no puede dejar de inferirse que el retiro de los EEUU del Medio Oriente colocaría al mundo al borde de un precipicio.
El lector debe comprender la dificultad que enfrenta Bush para defenderse de la multitud de ataques por su intervención en Irak, debiendo mantenerse en silencio mientras su imagen política se erosiona día tras día. Él tendría que alegar que la agresividad del Islam forzó su postura, pero, desde su posición política, la mera idea de atacar a la religión que, en el mundo entero, concita más fieles que ninguna otra no es siquiera pensable. Mas en realidad, si de hecho enunciase tan tremenda acusación, no estaría faltando a la verdad. Bill Clinton, durante su presidencia, salió de un trance análoga diluyendo el contenido de la afirmación. Según él, entonces, Occidente no tendría problema con el Islam, sino solo con un grupo de “extremistas muy violentos”; pero, como contradice Samuel P. Huntington, “1.400 siglos de historia demuestran lo contrario”. Como Huntington, en su famoso libro titulado Choque de Civilizaciones, aclara, el problema subyacente para el Occidente no es el fundamentalismo islámico. Es el Islam, una civilización diferente, cuyo pueblo está convencido de la superioridad de su cultura y que está obsesionado por la inferioridad de su influencia. (Libro citado, pp. 209, 217). Como el lector habrá inferido, si hay una cuestión moderna que gira en torno al el pasado histórico, difícilmente haya otra que en tal sentido supere al choque entre el Islam y el Occidente. Por eso estimo que si el lector se encuentra, uno de estos sábados, con que la temática de esta columna se nos ha movido hacia atrás más de mil años, no por ello ha de temer que estemos perdiendo actualidad.