Una semana atrás, desde esta página, veíamos al Islam enfrentado a los EEUU. El Islam, compuesto por todos los Estados afiliados a esa religión, para comprender lo cual ayudará saber que la voz “Islam” engloba simultáneamente todo lo político y todo lo religioso que podamos asociar a una comunidad, tanto el gobierno como la religión. Es como, efectuando la transposición del caso, si uniéramos los significados de cristianismo (nombre de una religión) y cristiandad (designación de un conjunto de países cristianos). Esa globalización de acepciones es un hecho en la lengua árabe, y por lo menos una presunción en el ámbito político. Cuando Osama bin Laden ha dicho que el ataque a las Torres Gemelas y otros blancos el 11/9, y la lucha antiyanqui en Irak, se ejecutaron, y siguen ejecutando, en nombre de todos los musulmanes, ninguna voz autorizada se elevó para contradecirlo, si bien tampoco para confirmarlo, de modo que la tesis de bin Laden, como tal, podemos admitirla, pese a que, en las hostilidades que se desarrollan en territorio irakí, el gobierno de ese país no participa
Y ahora vayamos a la historia, conforme a lo prometido. Desgraciadamente no tenemos tiempo para detalles, aun de los interesantes. Un árabe llamado Mahoma, de La Mecca, en el Oeste de la Península Arábiga, casado, dedicado al comercio, al llegar a los 40 años tuvo una visión que atribuyó al Arcángel Gabriel –noten la familiaridad, desde la raíz, con el sistema judeo-cristiano–, en la cual la aparición le hizo saber que Dios, el único Dios, lo nombraba su único Profeta, y le ordenaba que difundiera su palabra en su entorno. Su estricto monoteísmo lo predispuso contra la élite de Mecca, que practicaba, no sin provecho propio, el paganismo. Sintiendo su vida en peligro, huyó a Medina, cuya comunidad lo apoyó. Escribió un libro, titulado “Corán”, donde vertió el mensaje divino, que como tal atribuía a sus visiones. Eventualmente, toda la región occidental, Mecca y Medina incluidas, reconocieron en Mahoma al único Profeta del único Dios. Los fieles, siguiendo al Profeta, se embarcaron en una enérgica propaganda de la nueva fe, sin descartar la fuerza, siempre encabezados por Mahoma, incluso en los episodios bélicos. En 632 (era cristiana) Mahoma falleció. Los cabecillas eligieron a un sucesor al cual atribuyeron el título que indicaba su calidad, de Sucesor, en árabe “Califa”
yeron el título que indicaba su calidad, de Sucesor, en árabe “Califa”. Por entonces habían obtenido la conversión al Islam (“Sumisión”) de toda la península, pero los sucesivos califas no cesaron de ensanchar sus fronteras. Hacia el Este fueron anexando los territorios actualmente poseídos por Irak, Irán, Afganistán, Pakistán y parte de la India; al norte, Jordania, Siria, y parte de Turquía; al Oeste Egipto, Libia, Túnez, Algeria, y Marruecos. Todos con notable rapidez. En 711 sus tropas cruzaron el estrecho de Gibraltar y rápidamente completaron la conquista de España, menos la Marca de Asturias, cuya orografía les resultó inexpugnable. Poco después ocuparon Sicilia, que, junto con África del Norte, proveyó a la marina musulmana excelentes bases para dominar el Mediterráneo. Mientras tanto, la situación europea se ha vuelto sumamente difícil. A la marina musulmana se agregan sus corsarios, obstruyendo la vía principal para el transporte del comercio de la Cristiandad, que desde los tiempos del Imperio Romano (extinto desde el siglo V) era fundamentalmente el Mediterráneo. En los siglos VII y VIII Europa soporta invasiones bárbaras provenientes de las estepas asiáticas (húngaros) y del norte (vikingos). Las ciudades se esfuman. Roma queda reducida a 30.000 almas, del millón que otrora albergaba. El arte y la vida cultural entran en un prolongado eclipse. La pérdida de riqueza es colosal. Aunque el Islam invade Francia en 732, sin éxito, tras la derrota que Charles Martel le inflige, el que no intentara una nueva tentativa bien puede atribuirse a falta de interés
Pero las cosas empiezan a cambiar. Tal vez lo más importante, los marinos normandos –ex vikingos que se habían establecido en el norte de Francia– reabren el Mediterráneo al comercio europeo, y en 1061 recuperan Sicilia. Con su superior técnica náutica –son los primeros en el mundo que saben avanzar con vientos contrarios– devuelven al Mediterráneo la condición de lago de la cristiandad. En España, cuyos hijos no habían demorado la lucha para reconquistarla, en 1055 liberan Toledo, a la sazón la mayor ciudad del reino, y en 1212, después de la decisiva victoria en Navas de Tolosa, el fin de la guerra ya puede entreverse. Es cierto que la llegada de los turcos otomanos al escenario bélico representa un refuerzo significativo para la fuerza musulmana, que le depara la caída de Constantinopla en 1453, y que los turcos por dos veces intentan penetrar hondo en el territorio cristiano, partiendo de sus bases en Anatolia, pero las dos tentativas naufragan al llegar a Viena: le ponen sitio en ambas ocasiones, pero no logran tomar la ciudad. En la segunda ocasión, en 1673, se retiran en medio de una catástrofe militar, obligados a firmar un tratado (“de Carlowitz”) que imponía deberes a las fuerzas del Islam, algo sin precedentes en su existencia de aproximadamente un milenio. La humillación de aquellos jefes militares al tener que inclinarse ante quienes llamaban “infieles” es difícil de imaginar.
Pero eso no es todo. Desde entonces –digamos, de fines del siglo XVII– la decadencia militar y económica del Islam es cada vez más profunda. A principios del siglo XX la gran mayoría de los países se hallaban en condiciones dependientes, como colonias o protectorados, y estaban sumidos en terrible pobreza. ¿Qué había acontecido? ¿Por qué el esplendor y el vigor de los países musulmanes se habían trocado en estancamiento y debilidad? Uno de los muchos libros de Bernard Lewis, el conocido arabista, se titula What Went Wrong?, en español: “¿En qué se equivocaron?”. Es la pregunta que debe examinarse para comprender qué está aconteciendo en el Oriente Medio. Intentaré ese enfoque el próximo sábado, incluyendo la solución que propone bin Laden, para cuyo artículo el de hoy no ha hecho más que esbozar un preámbulo.