País productivo

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UN PAÍS SE VUELVE MÁS PRODUCTIVO SI EVOLUCIONA EN LA DIRECCIÓN DE MAYOR COMPETITIVIDAD.

Desde círculos gubernamentales, de Tabaré hacia abajo, nos hablan sobre un supuesto “país productivo” que se proponen erigir, pero se guardan bien de revelarnos en qué tan ansiada maravilla puede consistir. Sólo a veces, cuando dejan deslizar la misteriosa frase a propósito de emprendimientos concretos, nos convence de que, con escasísimas excepciones, la acción gubernamental no tiende a mejorar, sino a disminuir, la productividad de los recursos humanos y materiales que nuestra tierra posee, y va subsiguientemente acumulando

A fin de avanzar sobre una senda racional, capaz de conducirnos a ser un país más productivo, ya que productivos a secas lo son todos, menos algunos que viven de transferencias humanitarias, o apenas sobreviven en aterradora pobreza. Propongo que puede decirse de un país que se está volviendo más productivo si su evolución se cumple en la dirección de mayor competitividad, es decir, cuando mejora su capacidad de penetrar en los mercados mundiales y asegurarse nichos en ellos, en las industrias en que es llevado por la competencia a especializarse en los mercados mundiales (industrias en sentido amplio, que incluye las de servicios y las agropecuarias) y sus industrias domésticas están en condiciones de subsistir sin la ayuda de aranceles proteccionistas significativos, como ocurre en Chile. Sugiero este criterio por dos clases de argumentos: uno, para economías receptoras de inversión extranjera, como lo es la nuestra, porque la competitividad internacional es sin duda el mejor medio de atraer esa inversión provenientes de ahorros más amplios que el nuestro, y a su vez esa inversión redundará en mayor crecimiento económico, pleno empleo, y salarios reales crecientes. La segunda razón se desprende de la experiencia de China, donde el progreso en competitividad es el objetivo principal de su política económica, según informa Andrés Oppenheimer, en su muy leído libro “Cuentos Chinos”. Asimismo Oppenheimer, incitado por los economistas chinos a quienes se entrevistó, destaca también el ejemplo de Botswana, único país africano cuyo progreso asombra, con indicadores económicos que superan a la mayoría de los países latinoamericanos, precisamente al haber seguido el camino de la competitividad internacional.

En Uruguay no encontramos nada por el estilo, más bien, diría, se percibe una orientación diametralmente opuesta. El ejemplo de la producción azucarera merece particular atención. Uruguay no produjo azúcar en volúmenes significativos hasta mediados del siglo XX. Comprensiblemente, porque el azúcar de caña requiere un territorio tropical y el de remolacha se funciona bien en las regiones frías. Nosotros, en una zona semitropical, debemos abstenernos de uno y otro sacarígeno. La segunda oleada batllista, sin embargo, se dejó arrastrar por el viejo principio de don Pepe, en cuanto a que no debía importarse nada que se pudiera producir internamente, sin mención al costo. Y en régimen de control de importaciones, como entonces nos regía, nada más fácil que prohibir la importación de cualquier producto. Pero, eventualmente, el disparate que se había cometido se reconoció y se permitió la entrada de azúcar con un arancel normal, y el abastecimiento de este producto pasó a hacerse fundamentalmente, vía importación. No existe ningún argumento económico capaz de justificar esta medida, mucho menos aún en un país jugado a mejorar su competitividad.

¿Qué pudo explicar aquella política azucarera, ya que ciertamente no la economía? La ubicación de un gigantesco ingenio azucarero construido por ANCAP, denominado “El Espinillar” durante la primera ola sacarígena, se construyó en el norte de Salto, dentro de un rulo isotérmico frío, es decir, pésima localización económica, pero mejor política, ya que el verdadero objetivo era conseguir trabajo para los vecinos de dos poblaciones cercanas, Belén y Constitución. Las cuales, dicho sea de paso, quedaron sumergidas cuando se construyó la represa de Salto Grande, y fueron reedificados con dineros públicos para que al Espinillar no le faltase su mano de obra. Actualmente, la razón de ser de la segunda onda sacarígena está unida a la saga de los cañeros revolucionarios, con base en Bella Unión, bajo el liderazgo de Sendic, quien comandó las guerrillas tupamaras. En síntesis, todos los acontecimientos económicos de este país tienen explicaciones, pero, quien quiera averiguar cuáles son éstas, que no pierda tiempo con la economía.

Miren lo que ocurre con el cemento portland. ANCAP estuvo por llamarse Administración Nacional de Combustibles y Alcohol (ANCA), pero a último momento a algunos se les ocurrió que quedaría más eufónico ponerle una P al final, así que se legisló que también se ocuparía del portland. Desde hace ya décadas ANCAP produce esa clase de cemento, y pierde regularmente varios millones de dólares al año. Empezaron con una planta en Minas; luego levantaron otra en Paysandú, y nunca dejaron de perder, en ninguna de las dos. Si les preguntasen a los responsables de ambas inversiones en cemento su razón de ser, sin duda responderían refiriéndose a la falta de trabajo en las dos ciudades mencionadas. Ahora bien, bajo el presente gobierno, el que promete el “país productivo” se puso en actividad la planta de Minas, que se había paralizado para reducir pérdidas, por ser la que enfrenta condiciones menos favorables., y presuntamente pierde más. La contradicción es evidente. Se trata de un gobierno que se preocupa por conseguir trabajo para los trabajos, pero se rehusa a hacerlo por el camino de la mayor competitividad. Y, recuérdese, los casos tratados no son más que ejemplos. Hay otros no menos claros, y más graves, del que tal vez me ocuparé en otra ocasión. Pero conste que cada vez que las empresas públicas incurren en pérdidas, y el Estado gasta por demás, el nivel de empleo y de salario real se deterioran.

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