La Nación del domingo pasado, en primera y cuarta, con gran amplitud de espacio, bajo el título “los partidos socialistas europeos en crisis”, y citando al ABC de Madrid, comenta lo mal que les va a todos últimamente. En mi título de hoy, la inclusión del “socialismo” se dirige a cuanto de tal hay en los partidos inspirados en la obra de Marx y otros autores igualmente del siglo XIX. Hoy en día puede decirse que ese contenido es prácticamente nulo, que ninguno de esos partidos propone una sociedad rigurosamente utilitaria, encaminado a la supresión del Estado y tal vez hasta la eliminación del dinero. Lo cual, obviamente, se explica por el fracaso sin vuelta experimentado por Rusia y la China y sus respectivos imperios, y cuantos otros experimentos hayan sido ensayados.
En cuanto a la suerte de los partidos autodenominados “socialistas”, o algo equivalente, comenzaré a considerar sus éxitos y fracasos en torno a la competencia por el poder, valiéndome de la información difundida por La Nación. Su cobertura comienza expresando lo siguiente: “Si la simbólica caída del Muro de Berlín, fue el preludio de una amenazante década del 90 para la izquierda, los primeros años del siglo XXI han desembocado en una crisis...”, afirmación que apuntala con una revista de la izquierda en nueve países. Italia es el único de ellos en el cual el jefe de gobierno es de izquierda, pero los conflictos con los otros líderes de la coalición no le dan tregua al pobre Romano Prodi, en gran parte fruto de los conflictos sembrados en la izquierda durante la jefatura de Bettino Craxi. La esperanza de Prodi en cuanto a conservar su puesto, por el momento se apoya sobre una posible coalición con un nuevo partido llamado “La Margarita”, de orientación centrista. Pasando a Francia, naturalmente, la mayor desilusión para la izquierda reside actualmente en que el indudable charme de Ségolène Royal nada pudo contra la solidez del programa de Nicolás Sarkozy.
En cuanto a Gran Bretaña, el Partido Laborista, con la conducción de Tony Blair, como la ejerció hasta hace pocas semanas, uno puede asociarlo –principal apoyo como ha sido del presidente Bush en el Medio Oriente– con cualquier cosa menos con la izquierda. En Alemania, el Partido Socialista se sitúa en regiones remotas del poder. El público en general no suele conocer quién es el jefe del Partido. En el transcurso del último año y medio el SPD tuvo cuatro presidentes distintos. Pero lo más interesante es lo que acontece en Escandinavia, región compuesta por cinco países: Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia e Islandia. Hasta hace poco, durante seis décadas, los partidos socialistas controlaban el poder en todos ellos. Hoy en día solo en Noruega el partido de izquierda integra, en una posición secundaria, un asiento en el gabinete ministerial.
Este general debilitamiento de la izquierda en Europa contrasta con la fuerza que los partidos de la misma tendencia han estado ganando en América Latina. ¿Qué sentido tiene ese ríspido desfasaje? Lo más fácil de captar, el fenómeno nos confirma que hay culturas de una y otra zona del globo terráqueo que tienden a confrontarse. En su famoso libro, El Choque de las Civilizaciones, el norteamericano Samuel P. Huntington, luego de sostener que la clave de lo que pasa en el mundo hay que buscarla en el choque de las civilizaciones, hace cosa de diez años, osó dudar de que la cultura latinoamericana difiere de la occidental. Ahora la observación del panorama mundial nos estimula a pensar que esas dos civilizaciones, se asemejan a sendos trenes que, velozmente, avanzan por un único carril en sentido opuesto.
Para nuestro país, ¿qué futuro nos hace avizorar este panorama? A uno le vienen a la cabeza distintos escenarios. Uno truculento llega vía Huntington y los lazos de amistad que unen a Hugo Chávez y el presidente de Irán, Ahmadinejad y su próxima bomba atómica. El odio por EEUU que comparten ambos y muchos amigos de uno y otro podría suscitar la ilusión de una alianza islámico–latinoamericano para enfrentar a Occidente en un choque definitivo. Una especie de “A la hora señalada” trasladada del Lejano Oeste al mundo entero. Pese a que ese libreto no carece de fundamento, sobre todo en base al desequilibrio psíquico de Chávez y otros potenciales actores, el sentido común no me deja tratarlo en serio.
No hay ninguna alternativa atractiva para Uruguay, ya que sobre el gobierno gravita la condición de su ideología socialista. Ejemplo: el TLC cautivó al presidente pero la presión política antiyanqui le hizo decir no. Tampoco porque la ideología no nos deja salir de Mercosur, representativo de la antítesis de la apertura hacia el mundo que reclama nuestra condición de país pequeño. Otro tanto porque la política económica debe ceder ante presiones políticas. Ejemplo: mientras redactaba este artículo –13/6– el diputado del FA José Luis Blasina planteaba al PIT-CNT instituir el “control ciudadano de precios”: según El Observador de esa fecha “el legislador quiere que las organizaciones sociales fiscalicen y denuncien a comercios”. Un instituto de esa índole –cuántas miles de cabezas rodaron durante la Revolución Francesa por denuncias de los Sans–Culottes, equivalentes de entonces de integrantes del PIT-CNT– desplazaría el control de la política antiinflacionaria del Ministerio de Economía al PIT-CNT o al Ministerio del Trabajo, y entonces sí volveremos a tener inflación en serio, como en los viejos tiempos.
Cierto que no sería la primera vez. En junio de 1968, tras una inflación de casi 200 % en los últimos 12 meses, se puso en práctica un plan económicamente fundado, autoría de este articulista. El resultado fue notable, con una inflación del orden de 2% en el segundo semestre. En seguida los amigos del presidente le aconsejaron que organizase un control de precios de tipo policial. Lo hizo y el resultado no se hizo esperar. La inflación volvió a desbocarse en cosa de un año. Pienso que las circunstancias son propicias para dedicar el próximo artículo a una retrospectiva.