Desde una perspectiva cortoplacista es indudable que la cuestión carcelaria es por sí sola un gran tema. Pero, si al respecto no renunciamos a la perspectiva de medio y largo plazo —lo que hacerlo sería en alto grado inhumano— la cuestión carcelaria no puede menos que enfocarse conjuntamente con la cuestión socia
El Uruguay solía ser un país de leve criminalidad. Y la delincuencia que había era además notablemente poco violenta. Alrededor de 1930 Montevideo asistió atónito al asalto del Cambio Messina. Una casa de cambio, cuya estructura sobrevive en la desembocadura de 18 de Julio hacia la Plaza Independencia, fue asaltada por pistoleros armados hasta los dientes. Encabezaban la gavilla dos italianos, Roscigna y Moretti, que se autodefinían como anarquistas, y fueron aprehendidos junto con sus secuaces. Antes de entregarse, los asaltantes se tirotearon con la policía, cuyo derramamiento de sangre no llego a precisar. Pero fue un señor tiroteo de todos modos. El acontecimiento incluye además un capítulo adicional que redondea su espectacularidad. Aprehendidos y encarcelados, los delincuentes lograron fugarse de la cárcel mediante un ingenioso ardid, consistente en haber secuaces suyos establecidos frente por frente con la Cárcel Central de entonces (hoy Shopping Punta Carretas), una carbonería, nominada “del Buen Trato”, buena parte de los bultos que repartía, supuestamente pedidos de carbón, ocultaban la eliminación de tierra excavada para preparar la fuga; la cual, dicho sea de paso, culminó exitosamente.
Por años este episodio dominó en las peñas populares. Mis recuerdos personales abonan lo que digo. En mi casa, cuando yo era un niño pequeño, había cuatro personas de servicio: una cocinera, una mucama, un chofer y un quintero. En los precoces atardeceres invernales solía sentarme en un rincón de la cocina y escuchar sus reminiscencias de aquella saga singular. Si el tema era otro, tal vez mi audición fuera efímera, pero si se trataba del Cambio Messina, o de la Carbonería del Buen Trato, mi atención era perdurable. En general, y allende mis memoria personal, creo que la insistencia en lo que nunca es repetitivo, por inefable, se asemejaba a las vueltas y más vueltas a las aventuras (ilegales) de Robin Hood en el bosque de Sherwood.
¡Cómo han cambiado las cosas! Ahora, no puedo dejar de imaginarlo, si la gente del mismo nivel cultural e intelectual habla de delincuencia, el tenor de su diálogo ha de ser transido por el temor y la desesperanza, y del horror ante la crudelísima realidad de las cárceles hacinadas, rezumando violencia y vidas perdidas. Otro mundo. En mi infancia y juventud no había asentamientos. Tampoco había barrios peligrosos. Yo conocía bien la villa del Cerro, por ir a jugar al golf allí, y no era más peligrosa que Pocitos. Ya había favelas en Río, callampas en Santiago, villas miserias en Buenos Aires, pero los cantegriles —y nótese la ironía de nuestra designación de la misma tenebrosa realidad— tardaron considerablemente en llegar. ¿Qué factores fueron responsables por ello?
Uso el plural de “factor” porque, sin duda, hubo una pluralidad de ellos que incidió. Sin duda las drogas ocupan un papel universal en la causación, pero seguramente no fue el único. La economía tiene, sin duda, que haber contribuido significativamente en la aparición del sombrío fenómeno. No podemos dejar de asociar el alud de asentamientos, y de extrema pobreza, y de arrolladora delincuencia, con el hecho económico que tiene que desempeñar un papel protagónico en la tragedia, a saber, el estancamiento de veinte (¡20!) años, en la causación del desastre. Porque un estancamiento total (0,0 % de crecimiento entre 1955 y 1974) es una catástrofe económica, y obviamente también social. Una catástrofe peor que la de un tremendo terremoto, porque las ruinas resultantes del sismo hay que removerlas, y los edificios hay que reedificarlos y las carreteras y puentes reconstruirlos; pero tras una parálisis económica de veinte años, lo único que se puede hacer es lo mismo que se hacía ayer, y el año anterior, y el lustro precedente, y la década pasada, etc.. Un niño nacido en el 55, si le hacía caso a Jack Kennedy y al llegar la pubertad le preguntaba a su patria qué podría hacer por ella, una voz meliflua le respondería: “Nada, queridito, siéntate en aquel banco y espera a ver si surge algo nuevo, porque aquí todos los maduros y los viejos ya tienen puestos de trabajo y para los jóvenes y adolescentes como tú no hay vacantes”. Era así: el estancamiento absoluto significaba, como es obvio, que las oportunidades de empleo eran, y aun son, mínimas
No puede extrañar a nadie que en esa veintena atroz el paro forzoso y la pobreza hayan avanzado a zancadas. Los políticos que, desde el gobierno y el parlamento, produjeron ese desastre tienen sus nombres inmortalizados en calles y plazas, algunos en monumentos. Y los que los siguieron, que se autocalifican de Frente Amplio, básicamente tienen la misma estrategia: las empresas estatales y el cierre de la economía. Dicen que están por la igualdad, pero es harto visible que el gobierno tiene favoritos, algo así como aristocracias populares, lo que el lector puede suponer que es una conradictio in adjectio, pero que no es nada por el estilo. Hay hoy dos clases de aristócratas laborales, como también podría designárselos: los empleados públicos, cuyas prerrogativas son la tenencia por vida del empleo, siendo el trabajo optativo, y con frecuencia resultan hereditarias. Este privilegio tiene niveles ascendentes, como el de los condes, que pueden llegar a marqueses y duques, en este caso consistente en ser funcionario de un “ente autónomo”, particularmente los del ducado de ANCAP, la empresa petrolera sin petróleo, otrora llamada “Pacto del Chinchulín” por las malas lenguas. Y la segunda clase es la de los sindicalistas, que tienen el privilegio de no serles aplicables las leyes prohibitivas.
Mientras estas oligarquías prevalezcan, la supresión del baldón de los asentamientos y las cárceles hacinadas permanecerá ilusoria.