Gobernando con el Socialismo por norte

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UNA VEZ QUE LA ECONOMÍA SE PUSIERA EN MARCHA, LAS MASAS PERDERÍAN EL ESPÍRITU DE REBELIÓN.

El objetivo sigue siendo el socialismo...” tituló Búsqueda su extensa entrevista al ministro José Mujica, publicada el 19/7. La nota trata varios temas, entre los cuales mi interés se centra en los que guardan estrecha relación con el título. Pero la palabra “socialismo” tiene varios significados. En Europa occidental significa lo mismo “socialista” que “socialdemócrata”, lejos de la ideología marxista. Mujica parece hablar del socialismo marxista, como veremos. Parece indicado comenzar nuestra disquisición con ese aspecto semántico.

Ante todo, pongámonos de acuerdo sobre cuál es el socialismo de Marx. Para conocerlo a través de las fuentes originales bastaría con leer dos libros: el Manifiesto Comunista y El Capital. El primero es esencial porque allí se vierte la interpretación económica de la historia, que propone la tesis de que la historia se reduce a una evolución dialéctica, iniciada por la creación de la propiedad privada y completada con la sustitución de la propiedad privada –tras milenios en que desarrolló las economías– por la propiedad colectiva, por virtud de la revolución proletaria. Todo esto me es esencial para justificar que la visión del socialismo que anima a Mujica es la marxista. Antes de continuar permítaseme una precisión. Voy a sostener que la idea de Mujica sobre el socialismo es la de Marx; pero en modo alguno que el camino por el que él querría conducirnos hacia ese objetivo sea también la marxista. El Capital nos es útil porque él contiene la exposición más detenida de la teoría de la revolución que, muy sucintamente, se basa en el tamaño de los bandos –cada vez menos capitalistas y cada vez más proletarios, según todas las otras clases sociales van cayendo en el proletariado, incluso parte de la propia burguesía– y por la depauperación de los obreros, bajo la competencia de las máquinas y la creciente frecuencia de las crisis

¿Por qué digo que Mujica abraza el concepto marxista del socialismo? Al preguntársele sobre si cree que el FA está construyendo el capitalismo “en serio”, que varias veces reclamó, responde que el Uruguay es un país capitalista, le guste o no, y su deber es hacer que funcione lo mejor posible. Y luego, la parte vital: “...yo tengo una visión socializante. Me choca horriblemente la explotación del hombre por el hombre y la combato”. Y, más adelante, habiéndosele preguntado si sigue creyendo que instaurar una sociedad socialista es necesario, responde: “Más que necesario eso es conveniente ¡Nos conviene, para vivir más tranquilos y más felices, que es otra historia!”. Parece claro: en el socialismo no hay explotación del hombre por el hombre, por tanto la propiedad es colectiva, y nadie sufre por ver a otro carecer de lo necesario para comer, él y los suyos, ni poder pagar el alquiler, etc. ¡Qué tranquilidad! ¡Qué felicidad! Sin duda, se trata del socialismo marxista.

Pero el advenimiento del socialismo que Mujica cree factible no es el de Marx. Éste, como queda dicho, veía la caída del capitalismo en un escenario de pobreza. La expropiación de los burgueses por la revolución no bastará para que todos disfruten de una igualdad confortable. No se tratará de una cuestión de reparto, sino de sistema de producción. La sociedad igualitaria y feliz se conseguirá, según el propio Marx, “...cuando, con el desarrollo de los individuos ... crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva...” (K. Marx, Crítica del Programa de Gotha, # 3).

El itinerario que Mujica entrevé hacia la felicidad del pueblo es el inverso del que propuso Marx. Enriquezcámonos, propone Mujica, y después podremos darnos el lujo de vivir en una sociedad socialista. Veámoslo más despacio. En la misma respuesta donde ocurre el “¡Qué tranquilidad, qué felicidad!” el ministro continuó así: “Pero el problema es que si no hay mucho para repartir, no hay condiciones para el socialismo... primero hay que lograr que esta sociedad funcione.” Y, más adelante, cuando le preguntan “¿Su objetivo sigue siendo el socialismo ...?” responde: “Sí, ... lo que no creo es que se pueda saltar de la pobreza a un país socialista. ¡Esa es una utopía!”. Y utopía significa lo que la gente en general entiende por ese vocablo, una propuesta fantasiosa, exenta de realismo. Interrogado sobre si se siente distante de los sectores más radicales, como el Movimiento 26 de Marzo y la Corriente de Izquierda, contesta: “Esos sectores tienen gente bien intencionada pero con un grado de ingenuidad sorprendente”. Y luego de otras reflexiones, Mujica cierra este capítulo diciendo a propósito de los ingenuos: “Les faltó leer algunos diarios donde se informó sobre la caída del bloque socialista sin que haya (habido) un muerto”. Algunos leyeron esa prensa, como Eduardo Galeano, que confesó, en un libro de varios contribuyentes –After the Fall, 1991– que se sentía como un niño perdido en la tormenta. Pero pronto se sobrepuso. Muchos se sobrepusieron muy pronto

Pero no nos alejemos del testimonio de José Mujica. En primer término no quiero concluir sin destacar su franqueza, su honestidad, pese a los reproches que esa sinceridad pueda suscitarle desde varias zonas de su ámbito político. No sin razón, presumo, para quienes el socialismo es realizable aún a través de una revolución, cuyo fracaso me parece obvio –de hecho todas las revoluciones socialistas fracasaron, sin excepción– pero me extrañaría que el liderazgo de Hugo Chávez no haya alcanzado un reverdecer de considerables esperanzas. En cuanto a la posibilidad que contempla Mujica, de llegar al socialismo a través de la recuperación de la sociedad uruguaya dentro de un régimen en buena parte basada en el mercado, me parece que sus posibilidades son harto exiguas. En primer lugar porque la política económica actual es prácticamente la opuesta de la que habría que plasmar, pero, sobre todo, porque, una vez que la economía se pusiera efectivamente en marcha, las masas perderían por completo el espíritu de rebelión, desplazado por el apetito de lucro seguro, como ocurrió en occidente durante la segunda mitad del siglo XIX, de modo que sólo los países menos desarrollados quedaron vacantes para revoluciones en el XX.

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