Dejaron armas, ahora visten togas

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¿EXISTE UN CONCEPTO ECONÓMICO DE PODER IMPERIAL? SI LO HAY, DEBE ENCONTRARSE EN EL ENSAYO DE LENIN DE 1916.

Búsqueda de 26/7 titula en páginas 6 y 7: “Tupamaros discuten sobre vigencia de la ortodoxia marxista, de Trotsky y de Rosa Luxemburgo”, informando además en un colgado que Bonomi, Huidobro y Marenales presentaron documentos preparatorios para debatir en la X Convención del MLN. Holgaría destacar el interés del evento.

El semanario declara haber tenido acceso a los documentos preparatorios, pero hace de ellos por ahora un uso por demás escueto, particularmente a propósito de los salidos de las plumas de Huidobro y Marenales; en cambio algo menos reticente en el referido a la autoría de Bonomi. Con referencia a éste, la nota dice: “En su documento, Bonomi explica que cuando se habla de liberación nacional y socialismo —principal bandera del MLN— se hace referencia por sobre todas las cosas al imperialismo y la lucha antiimperialista”. O sea que los uruguayos somos víctimas de algo que se llama “imperialismo”; en otras palabras, víctimas de la subjeción en que nos hallamos respecto de los EEUU, ya que el malo de la película es EEUU, no caben dudas, ni sobre que venimos a ser colonias de dicho país, y por tanto liberarnos de sus garras es el objetivo capaz de encaminarnos hacia la libertad y la progreso.

Pero no nos apresuremos: imperio, imperialismo, los efectos que quepa atribuírsele, así como los que hayan podido resultar de la lucha contra él, en particular los que de hecho le haya atribuido la ortodoxia marxista, no son nociones al alcance de todos, aun de quienes se han interesado consistentemente en esta clase de asuntos. Una visión que procure ser objetiva al respecto, por más que sucinta, no estará demás

El de imperio es un concepto estructurado por historiadores y politicólogos, cuyos orígenes se confunden con los de las civilizaciones. Egipto es un ejemplo óptimo. El líder de poblaciones que supo domeñar al Nilo, para lo que debía prever aproximadamente sus crecientes y disciplinar a los agricultores, fue el primer emperador; y con la Mesopotamia ocurrió otro tanto. No había explotación sistemática de unas tribus por otras. Los imperios griegos (la Liga de Delos convertida en imperio bajo Pericles y los imperios fundados por Alejandro) y el Imperio Romano tampoco generaron subordinaciones basadas en la nacionalidad. Las sociedades se hallaban estratificadas, incluso hasta el grado ínfimo de esclavitud, pero las diferencias no se derivaban de la tribu o la nación a que cada uno pertenecía.

Y así sucesivamente. Pero a partir del siglo XV y hasta el XX, encontramos imperios (el español y el inglés, por ejemplo) en los cuales la pertenencia de los súbditos a la metrópoli determinaba estatutos jurídicos y políticos diferentes para los pertenecientes a la metrópoli y a las colonias, determinando ciertas inferioridades para los segundos. Pero no puede presumirse que ello entrañase una política destinada a maximizar el ingreso de los metropolitanos, sin comparar la ventaja derivada de la discriminación con la desventaja implícita en las inversiones y gastos corrientes que demandaba a la metrópoli el sustento de la viabilidad y la subordinación de las colonias. En el caso español en particular, la posesión de las colonias americanas causaron sin duda a la metrópoli un enorme descenso económico y cultural, del cual no se ha recuperado totalmente aún.

Por fin llegamos a la actualidad y a los EEUU, país éste cuyo crecimiento económico desde que declaró su independencia, con dos millones de habitantes, en 1776, carece de igual en la historia del mundo, pero que, formalmente, no es imperio ni posee territorios sujetos a su soberanía dignos de mención. A falta de condición imperial conforme al derecho internacional, si se desea juzgarlo como tal, sería preciso que se sustituyese el criterio jurídico por el económico, lo cual, según veremos en seguida, no está exento de dificultades. ¿Existe un concepto económico de poder imperial? Si hay alguno, que yo sepa, debe encontrarse en el ensayo de Lenin de 1916 “Imperialismo, última etapa del capitalismo”(1) , a su vez inspirado en el del inglés J. A. Hobson (Imperialismo, un estudio,1902) según el cual (sin duda el aspecto central de la obra) los países de capitalismo maduro tienden a exportar, a los países de menor densidad de capital, éste mismo, bajo forma financiera, obteniendo pingües intereses y dividendos. ¿Acaso este esquema refleja fielmente la realidad norteamericana? Comprobemos con la debida precaución si la realidad es, o fue en determinados lapsos, de esa manera.

Al principio del siglo XIX, y aún más allá de la mitad, EEUU mantuvo un saldo negativo en su balanza de pagos. Eso significa que parte de sus importaciones se saldaban con créditos. Antes del fin del siglo, el notable crecimiento de las exportaciones norteamericanas hizo que el saldo cambiara de signo; pero el balance de débitos y créditos seguía siendo negativo. Nadie podría encontrar fundamentos para considerar que EEUU era a la sazón una potencia imperial.

El efecto de la 1ª Guerra Mundial, y el notable flujo de exportaciones que aquélla suscitó desde los EEUU, hizo que ese país se transformase en un acreedor neto. He ahí un lapso en el cual, sin entrar en detalles, el enfoque de Lenin sería compatible con el saldo (positivo) del balance de los EEUU. Pero en la parte final del siglo XX, y principio del XXI, empezó por mostrar un signo de menos en sus balanzas de pago y terminó, hasta ahora, registrando el mayor déficit acumulado que recuerda la historia, del cual China e India son los principales financiadores. ¿Cómo nadie medianamente informado podría imputar a EEUU ser un estado imperialista?

Claro que el ministro Bonomi puede haber usado los vocablos en juego en un sentido distinto, y con todo formular un planteamiento que tenga sentido.

Estoy dispuesto a considerar lo que diga, si algo responde y —de ser el caso— reconocer que su planteamiento, aun discrepando con los hechos, tiene sentido. Por mi parte espero que, por el bien del país, en cuyo gobierno participa, no ha de rehusarse a respetar el principio de racionalidad.

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