En mi último artículo sabatino toqué levemente el tema del título. Según pasaban los días me convencía más de que debía insistir sobre él. Por dos razones, relacionadas entre sí: la primea es que difícilmente el público uruguayo se dejará convencer. ¿Rico entre los ricos nuestro país, nuestro paísito, como se le ha llamado, tan pequeñín él, tan poca cosa, que apenas si se destacó en jugar al fútbol, y ya ha pasado más de medio siglo de la última gran hazaña? Que se lo cuenten a otro. La segunda razón es que es fácil determinar qué fue lo que hicieron nuestros antepasados para arruinarnos es exactamente igual a lo que los gobernantes hacen actualmente. Discuten los políticos en las tribunas respectivas, los ciudadanos en los cafés, hay partidos que se suponen enfrentados, pero en realidad todos están de acuerdo, y la tristeza con que se recuerda el último período de gobierno va a encadenarse con la melancolía que habrá despertado la anterior. Y lo que digo no es a propósito del estrictamente último ni penúltimo, etc., sino de todos que, un poco más o un poco menos, repiten los viejos errores que nos bajaron del pedestal. Y no me dirán que tal feroz reincidencia no plantea un enigma en que vale la pena demorarnos un rato
Comencemos nuestro vistazo bien al principio, en la independencia, tomando por tal el comienzo del régimen constitucional. Poblaban entonces Uruguay 74.000 personas, de los cuales 24%, o 18.000, vivían en la capital. Cinco años más tarde, contábamos 128.000 habitantes, un crecimiento de casi 10% anual, sólo explicable por una copiosa inmigración. ¿En pos de qué llegaba a este país tanta gente? Simplemente al de trabajar en una tierra virgen, cumplir el ciclo de los inmigrantes: laborar, ahorrar, enriquecerse. “Hacer la América”, solía decirse entonces, y por muchos años después. Eso sí, la población de Montevideo, de 24 % del total del país se redujo a 18 %. La capital contaba con 23.000 pobladores, 28 % más al culminar el quinquenio, pero representaban sólo 18 % del total. Por lo visto la gran demanda de trabajo, las grandes posibilidades de hacer dinero, estaban en el interior, en el campo. Y los inmigrantes no tenían dudas respecto a donde ir a parar.
¿Fatigará al lector que extendamos el análisis a un lustro más? ¿Verdad que no? ¿No es estimulante contemplar a nuestro país en una fase intensamente dinámica, desde la perspectiva languideciente, dominada por la emigración, que hoy ofrecemos? Habíamos dejado a la población del Uruguay a un nivel de 128.000 almas; ahora al echar un nuevo vistazo, en 1840, cuando la población ha alcanzado la notable cifra de 240.000, holgadamente triplicando la del año de independencia. En el quinquenio, el incremento anual es de 13,4 %, tasa que hoy se tendría por imposible, fuere donde fuere que se anunciase. La población de Montevideo llega a 40.000, ampliamente duplicando la del principio, cuadruplicando la de cinco años antes, pero reducida a un 17 % (!) del total. Y el interior, naturalmente, totaliza 83 %.
Y así sucesivamente. Desde 1843 Uruguay soportó una guerra civil (conocida como Guerra Grande) que se extendió hasta 1851. Se produjo una reducción poblacional de varios miles durante el conflicto, que fueron recuperados apenas se hizo la paz. Los observadores, lejos de concluir que ese conflicto había pinchado el globo de la gran expansión uruguaya, enfatizaron el progreso que reinaba en la pequeña república. El historiador argentino Rodolfo Puiggros escribió al respecto años atrás: “Una vez que se puso fin a la llamada Guerra Grande, se registró un rápido florecimiento económico en el país oriental”. Por su parte, Juan Bautista Alberdi, notable intelectual de la misma nacionalidad, autor de la Constitución argentina de 1853, veía en la ubicación geográfica de nuestro país, en sus puertos, costas y ríos, fuerzas bastantes para impulsarlo hacia su “progreso extraordinario”; y asociaba esa dinámica notable con la corriente inmigratoria que recibía, estimando que los orientales “caminan a ser la California del Sud”. Téngase presente que California, tras el descubrimiento allí del oro en 1848, era el lugar más próspero del mundo. Y esta prosperidad siguió en el tercer cuarto del siglo XIX. El flujo notable de inmigración continuó. Un historiador inglés, Peter Bakewell, afirma que, entre 1850 y 1912, Uruguay recibió inmigrantes a la tasa mayor de América Latina (3,55 %) seguido de Argentina (3,1 %), Brasil (2 %), México (1 %) y Bolivia (0,5 %).
Por tanto, la idea de que los países grandes tienen ventajas con respecto a los pequeños es empíricamente falsa, a la vez que lógicamente, ya que no existe ninguna teoría válida que conduzca a la identidad de tamaño y éxito. El cambio sobrevino en 1875. Un golpe de los militares, bajo el liderazgo de Latorre, que pronto asumiría el mando supremo, aportó el concepto de que el gobierno no se había ocupado bastante de la economía, y ahora ellos promoverían la industrialización del país, mediante la elevación de los aranceles de productos terminados y el descenso de los de las máquinas y materias primas. Esto bastó para que cayeran las exportaciones, con ellas la inmigración, Montevideo comenzó a quitarle población al interior, haciendo que el crecimiento vegetativo disminuyera asimismo (los hijos son mucho más caros en la metrópolis que en la campaña). La caída de Latorre no se llevó consigo al proteccionismo. A principios del siglo XX José Batlle y Ordóñez dio una fuerte vuelta de tuerca a la intervención estatal en la economía. Interrogado por un socialista argentino, Alfredo Palacios, Batlle declinó revelar si era o no socialista, pero dejó constancia de su admiración por muchos aspectos de esa doctrina. Bajo su influjo Uruguay sancionó la primera ley de 8 horas del mundo entero. Su influencia fue más lejos que su vida biológica, que se apagó en 1929. En la crisis de los ‘30 los batllistas impusieron un régimen de cuotificación de las importaciones que, absurdo como era, sobrevivió hasta 1974. El sobrino de Batlle y Ordóñez, Luis Batlle Berres, presidente en los años 40 y 50, apretó las tuercas que faltaban para configurar un socialismo light, como el que el FA actualmente quería implantar. Pero no pudieron; ya se les habían adelantado.