El sábado pasado (octubre 20) mi artículo hebdomadario estuvo ausente de esta página. No porque me ausentara de la ciudad o el país, ya que, cuando me ausento, me las arreglo por asegurar la continuidad de mi contribución, y ello durante no pocos años. Mi ausencia se debió a algo acontecido el sábado anterior (octubre 13). Entonces, en la contratapa del diario, apareció un artículo de Lincoln Maiztegui, a quien todos ustedes conocen, si leen El Observador, por ser la suya una de las plumas más destacadas que adornan sus páginas, titulado La entrañable transparencia, que contenía algo así como la apoteosis de una figura pública, que yo estimo tenebrosa, la de Ernesto Guevara, al que en Cuba le pusieron por apodo “Che”. A ese hombre, para mí sediento de poder y de sangre, Maiztegui lo presenta como “alguien que dio su vida por los desheredados, que defendió a los débiles...”. Es la figura romántica de un joven aristócrata que voluntariamente abandona sus privlegios sociales y, de corazón, se entrega, lejos de su tierra natal, a la lucha a muerte para redimir a un pueblo extraño a su propio origen. Una visión inspirada en la vida de Lord Byron, el cual, habiendo heredado muy joven su título nobiliario, asombra a la Cámara de los Lores con un discurso radical, y pronto parte hacia Grecia, que se levantaba en armas contra el yugo turco, y se une a sus fuerzas populares hasta morir en Missolonghi. En cuanto al título de la columna, el sustantivo “transparencia” difícilmente pudiera aludir a otra cosa que la presunta cristalinidad de los móviles del héroe, dispuesto a morir por los desheredados, mientras el adjetivo “entrañable” significa “muy afectuoso”, según el Diccionario de la Real Academia. O sea que debemos amar a este personaje, todo generosidad, cuya entrega a los intereses de los humildes es incuestionable. Por si esto fuera poco, por encima del título de la columna luce un colgado que dice así: “Aún se levantan por ahí voces que intentan anatematizar su memoria, que reviven reales o presuntos actos de crueldad o intolerancia cometidos por él, que objetan su ideología totalitaria. Nada de todo ello roza siquiera la entrañable transparencia, a la que cantó Carlos Puebla, de su imagen heroica”.
La lectura de ese artículo me hizo trastabillar. Nada de la producción de Maiztegui, de la que soy desde hace muchos años asiduo lector, me preparaba para esto. Pensaba que su credo político era afín al mío, al menos no opuesto; el artículo en cuestión me inclinaba a pensar que sí lo era, en cuyo caso no querría seguir escribiendo en El Observador. Guevara era inequívocamente comunista. No simplemente izquierdista; marxista-leninista. Con el fin de ilustrarlo, voy a transcribir algunos fragmentos de El libro negro del comunismo, por Stephane Courtois y otros cinco autores, todos europeos, cuya seriedad informativa es notoria. Y a continuación cito, traduciendo de una versión inglesa, a partir del fin de la página 651. “Según Guevara escribió a un amigo en 1957, ‘Mi formación ideológica significa que la solución de los problemas mundiales debe buscarse detrás de la Cortina de Hierro’. Una noche de 1955 en México conoció a un joven abogado cubano en el exilio llamado Fidel Castro, que se aprestaba a regresar a Cuba. Guevara decidió acompañar a Castro, y tocaron tierra en la isla en diciembre de 1956. En la lucha, rápidamente ganó reputación por su inexorabilidad; un chico en su unidad que había robado un poco de comida de inmediato fue fusilado sin juicio previo. Régis Debray, que fue su compañero en Bolivia, lo describió como un autoritario sin límites ... En el otoño de 1958 Guevara abrió un segundo frente en la llanura, en la Provincia de Las Villas ... Allí comandó una brillante acción en Santa Clara, atacando un tren de refuerzos enviado por Batista. ... Después de esta victoria de los insurgentes, Guevara fue nombrado fiscal de la zona... El sesionó en la Cárcel La Cabaña, donde gran cantidad de gente fue ajusticiada, incluso algunos de sus ex camaradas de armas”. Y el libro continúa en el mismo tono.
En cuanto a las intenciones de Guevara, al invadir Bolivia al frente de un grupo armado, llamado a ser punta de lanza de una revolución socialista, como lo había sido la cubana, note el lector que rompe los ojos que no podía hacerlo con el fin de mejorar la suerte de aquel pueblo, puesto que otra revolución en la cual él mismo había desempeñado un papel distinguido, si bien exitosa en el plano militar, en lo social había sido, y sigue siendo, un atroz fracaso. Lo que quiero decir es que los cubanos se sienten más desgraciados ahora que cuando el tiranuelo Fulgencio Batista los gobernaba. ¿En qué baso este juicio? Pues es muy sencillo: Durante el gobierno batistiano, y, de hecho, en cualquier otro gobierno que el surgido de la revolución comunista, no había trabas de ninguna clase para ausentarse de la isla por el tiempo que cada viajero desease, o definitivamente. Al igual que en Rusia, o la URSS: mientras el régimen comunista se mantuvo, estaba estrictamente prohibido salir del país. Y al igual asimismo, en todo el resto de los estados comunistas; en ellos todos, los guardias fronterizos se plantan de espaldas a la frontera, y apuntan sus metralletas hacia quienes podrían acercarse desde dentro, con el perverso propósito de abandonar la patria comunista; en lugar de vigilar, como hacen los guardias fronterizos de todo el resto del mundo, que los de fuera no se les infiltren irregularmente en el país. ¿Con qué fin pudo organizar una revolución en Bolivia? Una posibilidad sería el odio hacia los Estados Unidos; otra, tal vez, para revivir los buenos tiempos de Sierra Maestra y Las Villas, despejando la melancolía depresiva que le persiguió desde que entró en La Habana, cuando 1959 moría. Pero, realmente, no me consta por qué razón Guevara se fue a Bolivia a guerrear. Lo que si sé es que, para ayudar a los más débiles, ciertamente no pudo ser.
Me complazco en comunicar a mis lectores que al pergeñar este artículo se me ha quitado la idea de irme de El Observador. Tal vez mi contribución de hoy a su vez despertará en Maiztegui el deseo de contradecirme en el mismo medio. Ojalá que así sea. Sería divertido.