Recientemente pasé cosa de un mes en España, recorriendo una apreciable parte de la península en coche, pasándome a tren ocasionalmente, cuando la extensión lo aconsejaba. Mi propósito era cerciorarme del progreso de que tanto oía, tras un lustro de ausencia. El hecho es que el progreso sobrepasó mis ilusiones, alimentadas por muchos testigos, ya que no encontré muestras ostensibles de pobreza en ninguna de las diez ciudades que visité, varias de ellas pequeñas; cuyo pavimento y urbanización era en todas magníficas, como así también el pavimento de las carreteras que transité me asombró por su perfección. Como montevideano, me sorprendió la falta casi total de transporte colectivo. Correlativamente, todos los cordones de vereda aptos para el estacionamiento están cubiertos por autos y motos, éstas amontonadas en sus zonas respectivas. En muchas ciudades están levantando la calzada, en proceso de construcción de parkings subterráneos, que suelen ser de cuatro pisos. El recuerdo de calles rotas, o en lentísimas reparación, tan característicos de nuestro medio, me cubría de vergüenza, y no digo nada del recuerdo de los cantegriles y los carritos transitando y hurgando residuos hasta en los lugares más céntricos de nuestra capital.
El rubor que cubre a un uruguayo desplazándose en semejante medio se combina con asombro. Parece mentira que, tiempo atrás, de urbes y pueblecitos como las que ahora contemplamos admirados, salieron muchos emigrantes que se allegaron a nuestro suelo, admirándose de la abundancia de los alimentos, la comodidad de las viviendas, las oportunidades de trabajo que esta tierra, entonces de promisión, les ofrecía. Ahora, en relativamente pocos años, ese panorama ha colapsado, y todo ahora luce cabeza abajo. Son los del Nuevo Mundo quienes abandonan su tierra natal y salen en busca de la oportunidad que ella les rehusa, y a los que no logran un pequeño espacio para infiltrarse en el Viejo Mundo se ven condenados a sentarse en un cráneo de vaca, buscando consuelo en un cimarrón que ahora ya sabe demasiado amargo, soñando con el día en que puedan hacer a esta despoblada tierra algo más solitaria aún
¿Cómo han asimilado los españoles esos cambios de suerte? La actual bonanza con facilidad, porque es fácil adaptarse a lo grato. España perdió su riqueza esplendorosa tal vez en el siglo XVI o poco después. Luego de aquella decadencia, nunca más levantó cabeza. En el siglo XX probaron la salida política de la pobreza que los ahogaba, pero la república (1931) no dio fruto alguno. Desde el principio no cosecharon más que yerros en economía e incremento de violencia en política. El levantamiento militar ocurrió a los cinco años de república, pero quien afirme que en esos cinco años previos al 17 de julio de 1936 fueron de paz falta a la verdad. Esa violencia determinó un considerable apoyo para la sublevación. Ambos bandos recibieron ayuda del exterior: italiana y alemana para los insurgentes y soviética para los gubernistas. Esta última significó decisiva influencia para el Partido Comunista, que hizo sentir su inclinación a pasar por las armas a todos los que presumieron favorables a los contrarios, notablemente a los clérigos y monjas. Este episodio sangriento, no sólo en los frentes sino también detrás de ellos. Cuando las fuerzas acaudilladas por el general Franco resultaron victoriosas, él debió gobernar un país terriblemente empobrecido. La destrucción de riqueza debida a la guerra se agravaba con la disparatada política económica, fuertemente estatista, siguiendo la tendencia de Falange, la influencia decisiva en el entorno de Franco. Un liberal español amigo mío me decía: la guerra se libró entre dos bandos socialistas, uno que se reconocía tal, y otro, el que encabezaba Falange, de la misma orientación, aunque sin saberlo, ni sus cabecillas ni el jefe del gobierno.
La pobreza continuó, pues, reinando sobre la España exangüe que emergió de la guerra civil, y sin visible salida hacia la prosperidad, como siempre que quien dirige el gobierno pertenece al socialismo “real”, es decir, el que se toma en serio que el plan socialista, y no los mercados, ha de dirigir el funcionamiento de la economía. Ese lapso de socialismo real duró 20 años, desde 1939, cuando cesaron las hostilidades en la península, hasta 1959, cuando Falange descendió del poder, y alguien, llamado Alberto Ullastres, asumió las riendas de la economía. Muy pronto las fuerzas que estaban siendo frustradas en la economía asumieron el papel dinámico a que estaban llamadas. Desde entonces la economía española creció normalmente, sin solución significativa de continuidad, incluso a una tasa tal que le permitió ir reduciendo las ventajas de riqueza, respecto de sus vecinos europeos, que por las circunstancia ya aludidas había tenido que soportar
Pero, sin que esta narración pretenda ir más allá que un boceto del gran tema a que he osado acercarme, hay un episodio que no puedo silenciar sin desvirtuar toda mi exposición. Me refiero al “retorno a la democracia”, como por aquí suele decirse. El hecho inicial consistía en la muerte del general Franco en 1975. La economía llevaba mejorando 16 años (desde el Plan de Estabilización de Ullastres), pero la inflación de los últimos 12 meses marcaba aún 47 %. Se estaba retornando a la monarquía. Asumido el rey, se designó al Presidente del gobierno en la persona de Adolfo Suárez (lo que hoy es Rodríguez Zapatero). Suárez se propuso evitar las tensiones y los conflictos en la partida de la nueva etapa, particularmente que una áspera lucha obrero–patronal diese la tónica para el nuevo período. Con notable habilidad logró que, con la inflación corriente que acabo de mencionar, se conviniese que los sindicatos no reclamarían un aumento anual mayor del 22%. Firmaron el acuerdo: Adolfo Suárez por el gobierno, Calvo Soelo por la UCD, Felipe González por el PSOE, Santiago Carrillo por el Partido Comunista, Manual Fraga por la Alianza Popular y Tierno Galván por el PSP. A este notable contrato, que se recuerda como el “Pacto de la Moncloa”, por el nombre del palacio que hasta hoy aloja al presidente del Gobierno, hay que reconocerle el notable éxito con que brilla la España de hoy.
Aparte de estos aspectos no hay otros secretos para explicar el brillo con que España hoy nos deslumbra. Nada del otro mundo. Si sólo nuestros gobernantes lo comprendiesen.