Imitando a Kirchner

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EL PROPÓSITO DE ESTE ARTÍCULO CONSISTE EN DEMOSTRAR QUE EL DESCENSO DE LA SUBA DEL IPC, NO TIENE NADA QUE VER CON LA INFLACIÓN NI LA DEFLACIÓN.

El 6 de noviembre El Observador tituló en primera: “El gobierno logró frenar el alza inflacionaria”; agregando en un colgado que los precios al consumo cayeron 0,23 % en el mes de octubre, por primera vez en el año, acotando al mismo tiempo, en página 11, que las frutas y verduras se encarecieron. Por su parte, El País de la misma fecha dedicó al tema su página 12, titulando con gruesos caracteres “Medidas del Gobierno frenaron algunos precios, hubo deflación”. El primero aclaró en un subtítulo que “las rebajas en el precio del boleto, la cuota mutual y las tarifas de UTE fueron los factores decisivos”. El segundo no puso énfasis en los ítems que bajaron, sino, al contrario, dejó constancia de que los alimentos y la ropa (es decir, un vasto número de rubros) subieron; además, destacó que el descenso del dólar, de casi 5 %, fue importante para el resultado, a la vez que imputó la “deflación” de 0,23 % al “esfuerzo fiscal”. Es preciso señalar la omisión de ambos medios en traer a colación la decisión de las autoridades de mantener congelados los precios de combustibles derivados del petróleo, pese al marcado ascenso del crudo, es decir, que resolvieron subsidiar a los usuarios del petróleo bajo diferentes formas, siempre con la misma preocupación; naturalmente, no para hacer bajar los precios de ciertos bienes, pero sí para evitar que los de otros subieran.

El propósito de este artículo consiste en demostrar que el descenso de la suba del IPC, tal como se manifestó en nuestro país en octubre, no tiene nada que ver en absoluto con la inflación ni la deflación, como erróneamente fue informado. Análogamente a cómo en la Argentina la supuesta moderada tasa de inflación informada por el gobierno mensualmente no es otra cosa que un fraude. Porque, en efecto, ¿qué ocurre en la ribera opuesta del Plata? Kirchner se procuró, al asumir la presidencia, una vasta disponibilidad de liquidez, declarando el default de la deuda pública, a la vez que manteniendo una paridad relativamente alta para el peso frente al dólar, así como también desviando el flujo monetario que en principio tendría que dirigirse a las cuentas bancarias de los exportadores, multiplicado como se halla por el boom de las commodities, hacia las arcas del Fisco. Amén de elevar las magnitudes de las “retenciones” sobre las exportaciones, como el incremento dispuesto en Buenos Aires el 7 de noviembre, cuyo incremento anual se estima en US$ 1.500 millones anuales.

ña de dinero? Pues es sumamente sencillo: cada vez que va a subir apreciablemente el precio de un bien que está incluido en la “canasta del consumidor”, con un coeficiente significativo, ya que el promedio ponderado de la cesta, que es de donde se saca la medida de la inflación, el presidente ordena que se ofrezca a los oferentes de la mercancía un subsidio igual al aumento que tendría su precio, a cambio de desistir del aumento. Los agentes privados que reciben esas ofertas las aceptan unánimemente, por dos razones: una miedo, y la otra que les ofrecen pagarle el equivalente de la suba, sin que el consumidor tenga que soportarla, por tanto la demanda por los bienes en cuestión resultará ahora mayor. Pero debe quedar claro que lo que hace Kirchner con la inflación es ocultarla, en modo alguno reducirla ni combatirla. La inflación sube todo el tiempo, y el día que el presidente ya no tenga esa Niágara de dólares, es decir, cuando el boom de las commodities termine —y por supuesto el día llegará en que termine— en la Argentina se va a desatar una hiperinflación como rara vez se ha visto antes ni se verá después. Aquí se está iniciando la misma política. Porque eso de que “El gobierno logró frenar el alza inflacionaria”, que citábamos, son pamplinas. El mismo matutino lo demuestra al destacar junto a dicho titular “Las rebajas en el precio del boleto, la cuota mutual y las tarifas de UTE fueron los factores decisivos”, o sea tres precios que el Ejecutivo, nacional o local, controla, y le bastó dictar sendas órdenes, y tal vez transferir algunos saldos de cuentas, básicamente lo mismo que hace Kirchner en igual situación. Y, por supuesto, cargar el aumento del crudo a los que pagan impuestos en vez de cobrárselo a los que se desplazan impelidos por motores a explosión. En cuanto a lo de que el gobierno logró frenar la inflación, es para reír: para tomar en serio, en cambio, habría sido si el gobierno redujese apreciablemente el gasto público, con su consiguiente costo político; no librando cheques a cargo de los contribuyentes.

En el mismo número de El Observadorde cuya tapa ya cité, se complementa el respectivo tema, en la página 11, y allí se incluye una breve opinión de cinco economistas, de los cuales cuatro aceptan, expresa o tácitamente el concepto de que el gobierno logró rebajar la inflación, o generar una deflación. Sólo uno, Pablo Montaldo, para mí acertadamente, opina algo distinto: “El dato de octubre tiene que ver con los precios que el gobierno toqueteó”. Subrayo este vocablo, que un literato francés llamaría le mot juste. Aunque el resto, que incluye un paréntesis inexplicado, no es fácil de interpretar, Montaldo sin duda tiene claro que reducir la inflación, y toquetear cifras, son dos cosas bien diferentes. Y del resto no me atrevería a aseverar lo mismo con igual firmeza.

No hace mucho en este mismo lugar este articulista decía algo que no es percibido con suficiente nitidez en nuestro medio: que la inflación no es algo que le ocurre a los precios, sino algo que le acontece a la moneda. Y no se trata de definiciones arbitrarias, sino del rigor lógico que se impone si hemos de pensar con claridad sobre la economía. El modelo de mercado, en cuyo seno analizamos la formación de los precios supone una moneda de poder de compra constante. Es decir, presumimos un dinero que excluye tanto la inflación como la deflación. Si en un país con tal moneda se experimenta una gran alza de un bien, como la del crudo en estos tiempos, no tendremos una inflación, que es a priori imposible, sino que la reducción de liquidez derivada del gran precio del crudo deprimirá la demanda de todos los otros bienes, y sus precios descenderán. Desde los años 1970 la realidad se ha apartado marcadamente de ese esquema —se suelen aumentar la cantidad de dinero cuando hay precios claves que crecen considerablemente— pero ello no obsta a que ése sería el resultado en un modelo sobre precios; el cual, forzosamente, habrá supuesto inflación y deflación nulas.

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