Entiendo por tal un país cuyo orden jurídico está dividido en dos, de modo tal que sus normas difieren de un lado y otro de determinada divisoria; verbigracia, de un lado los seres humanos son libres y del otro encontramos que parte de ellos son libres, y el resto esclavos. Los EEUU antes de la Guerra de Secesión serviría de ejemplo, y Colombia otro tanto, en la actualidad. La diferencia radica en que en los EEUU la mitad del país estaba dispuesto a ir a la guerra para terminar con la esclavitud, y la otra mitad otro tanto para que, en un país federal, los norteños no pudiesen dictarles las leyes a los sureños. También es buen ejemplo Colombia, donde la enorme mayoría de la población vive en régimen de libertad, mientras una minoría padece servidumbre por la imposición de otra que aprovecha circunstancias especiales, a las que me referiré en seguida, para asumir poderes dictatoriales absolutos en la selva que ocupa el extremo sur-oriental del país
Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), con los antecedentes de las milicia liberales y conservadores en los años 1950, fue fundada por el Partido Comunista en 1964, en el selvático sur, descuidado por el gobierno de larga data, por su supuesta impenetrabilidad, bajo el mando de un experimentado guerrillero conocido como Manuel Marulanda, y también como Tiro Fijo. El primer objetivo de las FARC consistió en extorsionar a los narcotraficantes que, libres de vigilancia, cultivaban la coca a piacere, y poco a poco entraron ellos mismos en el negocio, terminando dueños de la mayor producción de dicha droga en el mundo entero. Su caudal humano es evaluado por los expertos entre 9.000 y 12.000 combatientes, algunos reclutados por la fuerza, y otros varios miles de colaboradores, en su mayoría en zonas rurales, más difíciles de cuantificar.
Junto con el narcotráfico, el rubro más proficuo para los delincuentes, se destaca, por su carácter inhumano, entre los quehaceres de las FARC, otro rubro de sus actividades, a saber, el de secuestrar a seres humanos y reducirlos a la esclavitud en la selva, lejos de los suyos, condenados a un nivel atroz de vida. A los prisioneros suele designárselos como “rehenes”. Un rehén, a estar al diccionario de la Real Academia, es una “persona retenida por alguien como garantía para obligar a un tercero a cumplir determinadas condiciones.” Será obvio para el lector que el uso de ese vocablo no pasa de una gruesa aproximación. Los infelices prisioneros lo único que pueden hacer es, pasivamente, inhibir al ejército colombiano para usar su fuerza aérea contra los secuestradores, o disuadirlos de una ofensiva por tierra que no podría evitar una carnicería de inocentes. Pero el uso de los esclavos para la tarea de hacer de escudos involuntarios contra las tropas colombianas no agota los frutos de su perversidad. Otra ventaja que extraen es la publicidad cuando el siervo sometido goza de amplia reputación. Tal fue el caso de la captura de Ingrid Betancourt, intelectual y política, ex candidata a la presidencia de Colombia. Publicidad en ocasión de la captura; más publicidad cuando trascendió que Betancourt languidecía en soledad y hastío sin límites; más aún cuando Sarkozy tomó cartas en el asunto; todavía más cuando al cundir la noticia de que una (inusual) liberación de (tres) “rehenes” la incluiría, y más repercusión todavía cuando la liberación quedó sin efecto, y, finalmente, cuando una liberación “consuelo” de dos la mantuvo presa. Pero la publicidad y los escudos anti ataques no son toda la historia: también cuenta el dinero. ¿Quiénes son los aprehendidos? Enumera Wikipidia: “Terratenientes, comerciantes, campesinos, empresarios, turistas, niños políticos, militares, y policías...” Con la perspectiva de pingües resultados que los secuestradores no dejan de aprovechar
¿Queda clara la clase de gente que se oculta tras una designación militar y la imagen de un ideal político-social? La verdad es sencilla y terminante: se trata de un hatajo de delincuentes de la peor calaña. Comprensiblemente, casi todo el mundo los clasifica como “grupo terrorista”. En la misma clase que Al Qaida. Pero ¿quién aparecería ahora abogando por él? ¿Apoyando la aspiración de ser reconocida como un territorio beligerante? ¿Atribuyendo a las FARC un “proyecto político bolivariano” que, a estar al abogado, en Venezuela es respetado? Pues quién otro más que el inefable Hugo Chávez. Pero la risa puede estar demás. La frontera entre el territorio de las FARC y Venezuela ya están abiertas y no parece fuera de lugar temer que un proyecto de fortalecer las guerrillas colombianas esté ya en marcha, con consecuencias que no podrían ser más preocupantes.
Pero lo anterior en este artículo no va más allá de suministrar al lector el indispensable escenario. El tema central sobrevuela todo ello. Mi propósito es plantearnos, ustedes lectores y yo, qué puede hacer el resto del mundo sobre una situación que, tras un episodio cuya repercusión tendió a abrirnos los ojos, ahora deberíamos rechazar la pasividad como nuestra actitud. En nuestro mismo continente numerosos contingentes de prisioneros viven una vida de esclavos, sin haber cometido faltas que pudieran justificar su tragedia. La República dentro de cuyos límites se desarrolla esta historia trágica, según todo lo indica, carece de fuerza suficiente para resolver el problema. No rehuye la responsabilidad, pero los hechos parecen concluyentes: Colombia no está en condiciones de hacer justicia en la zona ocupada por las FARC. “La Nación” de 18/01/08, en un asunto diferente, pareció darnos una salida: “...la comunidad internacional parece afirmar, una vez más, la voluntad de conferir vigencia absoluta e irrestricta a la protección conferida por el derecho humanitario internacional a los civiles inocentes ...incluidos por cierto los conflictos armados internos”. Este fragmento hace referencia al “derecho humanitario internacional”, “a los conflictos armados internos” y, todo en el mismo contexto, a los “civiles inocentes”, completando un trípode que debe poder sustentar la idea de un plan o solución internacional al desgarrador problema que hoy hemos considerado. Sería cuestión, entonces, de no dejar que este asunto caiga en el olvido.