El pasado de una ilusión

Descargar PDF

EL COMUNISMO –O EL SOCIALISMO REAL, EN LA PRÁCTICA SON SINÓNIMOS– NO PUEDE DURAR POR UNA SENCILLA RAZÓN: PORQUE NO ES FACTIBLE.

El Partido Comunista Italiano ya no existe. En las elecciones que dieron por vencedor a Silvio Berlusconi, los comunistas, que recogieron el 10% de los votos en los últimos comicios, y —sabiendo que las cosas iban para peor— esperaban ahora un resultado de entre el 6 y 8%, apenas si sobrepasaron el 3%; con lo cual, por primera vez desde la caída del fascismo, la enseña roja del comunismo, en el día del Parlamento, ya no ondeará junto a las demás que representan las distintas opciones políticas que se ofrecen a los italianos; ni tendría sentido que latieran fuerte los corazones de la izquierda, en el mundo entero, si se entonase aquella estrofa famosa de La Internacional en italiano: “¡Avanti Poppolo, alla ritrova,/ Bandiera Rosa,trionferai!”.

Pienso que puede haber quien o quienes se rebelen contra esa situación, y pierdan el sueño tratando de entender qué razones hay para que haya tantos lugares en el mundo donde la receta comunista se haya ensayado y, tan fatalmente, en todos los casos, todo termina en un gran fracaso, en una gran tragedia, y los comunistas tienen que marcharse, o huir, o son ajusticiados; menos un par de lugares donde, en rigor, nominalmente se aplica el comunismo, Cuba y Corea del Norte, donde no rige el comunismo ni nada más que la tiranía; pero eso, con ser horrible, puede resistir con la asistencia del terror. El comunismo —o el socialismo real, en la práctica son sinónimos— no puede durar por una sencilla razón: porque no es factible. Tan sencillo como eso. Marx ideó una teoría de la evolución de la economía, y de la estructura de la sociedad, desde los albores de la humanidad, a partir de un hecho crítico, a la vez que aleatorio, el surgimiento de la propiedad privada; y, con ella —hija de la casualidad— la historia entraría en un sistema dinámico, sucesivamente de tesis, antítesis y síntesis, el cual, a través de los milenios, iría simplificando la estructura de la sociedad, hasta el momento decisivo en que quedarían enfrentados burgueses y proletarios, aquéllos cada vez menos, pues creciente número de burgueses caerían en la multitud proletaria, ésta incesantemente depauperada, y consiguientemente más dispuesta a la Revolución Proletaria; merced a la cual la propiedad privada marcharía a su desaparición. Tras lo cual la humanidad, predijo, marchará hacia la comunidad de iguales y libres, donde regirá el principio distributivo final: de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades.

Pero, obviamente, no se trataba de una historia. Cuando se la conoció, y muchos años después, no podía ser más que una hipótesis, que la experiencia, a su debido tiempo, confirmaría o descartaría. Marx escribió por primera vez sobre esta materia en 1848, en un pequeño libro titulado “Manifiesto Comunista”. Desde el punto de vista científico su pronóstico sobre el futuro de la economía y de la sociología, aquel libro no podría tenerse por otra cosa que, como acabo de decir, una hipótesis. Sin embargo, desde el punto de vista político, de hecho, muchos admiradores de su pensamiento creyeron en la veracidad de su pronóstico. La creación de Marx, entonces, aparte de una hipótesis, como por el momento no podía dejar de ser, se transformó en una profecía. Vale decir, una tesis apoyada en la autoridad de un profeta, sustentada a su vez en “fe religiosa”. Es decir, una creencia basada en una adhesión de los “fieles” que, objetivamente, no vale como prueba científica

Ahora bien, la hipótesis marxista difiere con el grueso de las hipótesis religiosas en que su concreción, es decir, la confirmación científica de la hipótesis, es de naturaleza tal que podría ser confirmada , o alternativamente descartada, en el universo tridimensional en que vivimos. De hecho, por tanto, en la actualidad la hipótesis marxista tendría que ser confirmada o descartada. Y, nuevamente, de hecho, los datos de la realidad nos llevan a descartar como inválida esa hipótesis. Ante todo, nunca se llevó a cabo un levantamiento obrero como el previsto por Marx. La primera toma de un estado en nombre de los trabajadores fue en Rusia, un país fundamentalmente agrícola. No pudo ser en Alemania, como Marx había esperado, porque muy poco después de la publicación del Manifiesto los salarios comenzaron a subir y el ambiente para una revolución se echó a perder. En Rusia los comités revolucionarios (soviets) actuaban en nombre de los trabajadores de todo tipo, pero, bajo el liderazgo de Stalin torcieron la resistencia de los agricultores a la colectivización de las granjas al costo de 20 millones de campesinos liquidados en las zonas árticas del país. Después de una guerra victoriosa contra Alemania nazi, Rusia, convertida en Unión Soviética, lucía poderosa y el potencial enemigo de los Estados Unidos, contando con la alianza de Europa oriental, en su totalidad colectivizada. Pero en las postrimerías del siglo XX, el gobierno comunista de todo el bloque soviético abjuró pacíficamente del comunismo, y cosa parecida aconteció con los chinos y sus satélites asiáticos, de modo que, si bien los chinos reverencian aún a Marx, se cuidan bien de no gobernarse por sus principios.

Y además ocurren cosas como lo de Italia, que fue de donde empezamos. El Partido Comunista ha sido incapaz de conseguir un diputado comunista en las recientes elecciones. Ha salido un aviso en la prensa romana pidiendo ayuda para un partido que se llamaría Partito della Rifondazione Comunista. ¿Se dan cuenta? ¿Para qué? ¿Para hacer otra revolución? Pero, ¿cómo no se convencen? Ha habido ya muchos partidos. Se probó con todos. Tuvieron el poder en más de una tercera parte del mundo, en tres continentes, por lo menos. Pero ya se probó, y requeteprobó que no funciona. En Uruguay sí, es claro; el Partido Comunista está sanísimo, pero es otra cosa. Sus amigos de la izquierda les dan recursos para mantener a un montón de familias sin trabajar. Así, naturalmente, el Partido Comunista está potente; pero es un fenómeno local

François Furet, el historiador francés, cuya obra sobre la Revolución Francesa es conocida, ex comunista, ha escrito sobre el credo de su juventud un libro titulado Le Passé d’une Illusion. Y yo me he atrevido a tomarle prestado el título para este artículo. Para escribir sobre comunismo es ideal. Sólo una ilusión, y ya pasada. No puede haber mejor.

Vista previa del documento