En primer lugar el Estado tiene su función como proveedor de bienes y servicios. La Constitución encarga al Estado una variedad de aportes a la estructura política republicana que prescribe la Ley Fundamental; pero aquí nos interesan especialmente las leyes y decretos que provienen de la voluntad de las autoridades legislativas y administrativas, y, en particular, caracterizan las modalidades de la economía del país que adoptan en buena medida como consecuencia de tales intervenciones. Me refiero, por el momento, a normas relativas al trabajo en empresas privadas, regulando, por ejemplo, el derecho a la huelga, que la Constitución consagra. El conjunto de leyes sobre temas de este orden son parte del derecho del país y los hombres y mujeres pueden determinar sus conductas individuales en función de ellas. Muchas ejercen importantes influencias sobre la economía, pero no puede sostenerse que la generación de esas leyes, decretos y resoluciones sean parte de la producción del país
Las contribuciones del Estado a la producción del país son, sencillamente, las que se caracterizan por la semejanza con las atribuibles a un empresario privado o un conjunto de ellos. Tomemos un ejemplo. En 1856 se inauguró el Teatro Solís, que se transformó ipso facto en el principal coliseo de nuestra República. Hace cosa de algo más de una década el mismo edificio requirió que se le practicasen algunas reparaciones. Había sido construido originalmente por un grupo inversor privado, que se financió anunciando que se recibirían suscripciones de acciones por la suma de dinero que se estimaba insumiría la obra. Así se hizo y, dentro del tiempo previsto, se inauguró el teatro, en el año ya indicado. Recientemente, cuando se requirieron, como les decía, simples refacciones, la Intendencia de Montevideo, que había adquirido la propiedad de la sala, puso cuatro años para completarlas. Pero lo que me interesa es destacar la semejanza de dos obras sobre el mismo predio, relacionadas con el mismo edificio. En ese caso, en las dos ocasiones, tácitamente se eligió la inversión en manos de particulares a mediados del siglo XIX y de inversión por el gobierno local de Montevideo a fines del siglo XX.
La semana pasada, al tratar en esta misma página de la confección del plan de gobierno del FA con vistas en los próximos comicios, notábamos que entre los militantes de esa fuerza política abundan quienes desearían leer en ese plan el compromiso de que el Estado desempeñará un papel preponderante en “la inversión productiva”. Lo que debe interpretarse, lógicamente, que el Estado ocupará también un papel predominante en la producción de bienes y servicios, restándole entonces al sector privado un mero papel secundario. ¿Inspirados en las experiencias de qué países? ¿En qué tiempos? ¿En qué literaturas?
Comencemos por considerar el modelo literario. Marx y Engels difícilmente podrían ser desplazados como modelo por gente de izquierda. Pues, ciertamente, como fundamento para expandir el papel del Estado en la economía, ambos autores no podrían ser menos apropiados. Oigamos primero a Engels (1891), en un prólogo a una obra de Marx, “La Guerra Civil en Francia” (1870): “De aquí (el prejuicio alemán) nace una veneración supersticiosa del Estado y de todo lo que con él se relaciona, veneración supersticiosa que va arraigando en las conciencias con tanta mayor facilidad cuanto que la gente se acostumbra ya desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como se ha venido haciendo hasta aquí, es decir, por medio del Estado y de sus funcionarios bien retribuidos... el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra.” En cuanto al concepto de Estado que sirve desde el punto de vista de Marx, citaré de su conocida “Crítica del Programa de Gotha”(1875): “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.”( en cursiva en el original).
Pasemos a ocuparnos de los posibles modelos históricos. Los bolcheviques construyeron un Estado que, comprensivamente, era el de Marx. La unidad eran los soviets, y el lema desde el principio era “todo el poder a los soviets”. Naturalmente, apenas Stalin controló ese “Estado”, de hecho el poder quedó en sus manos. No quedó ni una sombra del mercado libre. El fracaso económico fue total. La vida en Rusia urbana se caracterizaba de escasez de todo lo que no fueran alimentos esenciales y alcohol. En el medio rural fue una tragedia, en razón de la resistencia a la colectivización, que no pudo quebrarse pese a 20 millones de muertos. Los habitantes no podían salir de la URSS, so pena de muerte si lo intentaran. Muerto Stalin, el liderazgo comunista fue ablandándose, hasta que, bajo Gorbachov, los soldados y policías se rehusaron a mantener en pie la tiranía, y la URSS y su imperio se disolvieron. Hoy Rusia comunista y sus ex colonias han dejado de existir. En China el día siguiente a la muerte de Mao (que mató a cosa de un centenar de millones de chinos) abrieron la economía al libre mercado en base al lema “Un país, dos sistemas”, y en base al sistema capitalista están rebajando la población por debajo de la línea de pobreza a gran velocidad. Y mirando a las colonias de los imperios comunistas podemos decir que el sistema de mercado libre abarca el mundo entero menos América Latina. Valdría la pena que la gente de izquierda no echara en saco roto un fragmento que voy a reproducir una opinión del conocidísimo historiador inglés Eric Hobsbawm, de innegable autoridad en los ambientes izquierdistas, vertida en un volumen titulado “Después de la Caída” (After the Fall, ed. por Robin Blackburn, donde se publican 20 ensayos de intelectuales de izquierda). Hobsbawm dice allí: “...es innegable que el capitalismo, tal como fue reformado y reestructurado durante sus décadas de crisis, ha probado una vez más que sigue siendo la fuerza más dinámica para el desarrollo del mundo.” ¡Cuántos sufrimientos se evitarían entre nosotros si el FA reconociera la obvia verdad de esta opinión en el documento que está redactando!