La liberación de Ingrid Betancourt se ha celebrado en el mundo entero. Ante todo en su patria americana, en Colombia, cuyo gobierno organizó un plan super refinado, a fin de rescatarla de la sede más salvaje, más bestial, que fuera posible, en que sus captores en mala hora la alojaron, completando el plan sin inconveniente alguno. Y, en seguida, también en su segunda patria, que cobijaba a sus retoños y contribuía a educarlos comme il faut. Y allí, concretamente en París, pudimos contemplarla frente a la Mairie, incluso arrancando ella misma la efigie suya que la señalaba como ilustre rehén, que ya no era, por más que sí ilustre, pero no por cierto rehén, gracias a Dios. Y, por supuesto, también por todas partes se festejó, en mi casa no menos que en ninguna otra, pegados todos a la pantalla de la TV, notablemente de las excelentes coberturas de CNN.
Pero así sólo nos va quedando un dulce sabor de boca, se impone abrirle paso a cuestiones menos gratas, pero que de todos modos requieren nuestra atención. Grata también es la liberación de catorce otros rehenes, once nativos y tres de los EEUU. Vivimos también por ellos la jornada de alegría por los liberados, pero no podemos hurtarle el cuerpo a la jornada de responsabilidad por los que siguen presos de las mismas cadenas que los bienaventurados han roto ya. La propia Betancourt, en medio del festejo, no dejó de de registrar el compromiso de luchar por la liberación de los centenares de rehenes y secuestrados que las FARC mantienen en un régimen de dura esclavitud, y que cada amante de la libertad, de cualquiera nacionalidad, haga suyo, cada cual dentro de sus posibilidades, del mismo compromiso que Betancourt ha asumido, ante la mirada de dos mundos. Y que repudien a todo partido político, a todo hombre público e intelectual y a todo gobierno, que apoye o defienda a las FARC.
¿Qué son las FARC, al fin y al cabo? Sus cabecillas, no recuerdo por qué conducto, han tenido el descaro de requerir al gobierno de la República de Colombia que dejase de identificarlas entre las organizaciones terroristas, según las distinguen asimismo varias entidades internacionales, extendiéndoles un concepto propio de un ente político, por más que armado, y pese a no habérsele reconocido ningún territorio por la comunidad internacional. Lo cual, como no podría ser de otra manera, fue rechazada de plano. En realidad, su finalidad política va mereciendo menor credibilidad, ahora que han desaparecido sus líderes tradicionales y, últimamente, el número de sus guerrilleros se ha contraído notablemente, en una proporción no lejana al 50%; con lo que la imagen que proyectan es más sugestiva de una banda delictiva, dedicada, ante todo, al narcotráfico, robo de ganado, y secuestros, siendo el primero el rubro más fructífero. Fuentes confiables informan que, originalmente, las FARC resolvieron no cultivar coca, pero durante los años ‘80 optaron por entrar al negocio de la droga, exigiendo un supuesto “impuesto” sobre el “gramaje” o sea sobre los cultivos ilícitos, así como sobre los laboratorios y las pistas clandestinas de aterrizaje, estimándose en US$ 600 millones al año. En cuanto al cultivo, hay opiniones encontradas. El año pasado una colombiana vinculada a las FARC, Nayibe Rojas, siendo “Sonia” su alias en la milicia, fue condenada, junto con dos hombres, por haber participado en el envío de droga a los EEUU, pero negando que ni ella ni las FARC participen en el círculo total del negocio
dicado distinguir entre secuestrados y rehenes, una distinción que no he encontrado nítidamente registrada en la literatura sobre el tema específico, pero que tanto la lingüística como la economía obligan a una diferenciación. “Secuestrado” es alguien a quien el aprehensor mantiene bajo su dominio porque espera una suma de dinero, u otra ventaja análoga como retribución por dejarlo libre. “Rehén” es alguien mantenido en poder del aprehensor para evitar un acontecimiento indeseable para él, creyendo que el interés de terceros por la integridad y salud del aprehendido obstará a su concreción. ¿Un ejemplo? Un episodio de la oscura historia de las FARC, con un leve retoque, podrá ayudarnos. El 18 de junio de 2007 las FARC informaron que 11 diputados del Valle del Cauca, rehenes a la sazón por cinco años, habían perecido durante el fuego cruzado generado por un combate con un grupo militar no identificado. No sabemos exactamente qué es lo demás que ocurrió, pero supongamos que un grupo armado trató de liberar a un secuestrado; entonces los guerrilleros repelieron la intentona, y encima, a fin de que se supiera lo que ocurriría cada vez que se tratase de liberar a alguien prisionero de las FARC, pasaron por las armas a los rehenes del Valle del Cauca; a once de doce rehenes de ese origen. Como secuestrados eligen a gentes de fortuna o con familiares de fortuna. Como rehenes gente conocida, cuya desaparición pueda preocupar a muchos. Naturalmente, una misma persona puede desempeñar los dos papeles; Betancourt, por ejemplo, habría sido obviamente una magnífica secuestrada, pero era tan inmejorable rehén que los guerrilleros no dudaron en ubicarla en el papel de tal. De ahí la importancia que el rescate de Betancourt no fuera percibido por guerrilleros que la tenían a tiro en la ocasión, como de hecho se evitó, gracias al brillante golpe que, con el liderazgo del Presidente Uribe y su alto mando en las Fuerzas Armadas de la República, hicieron que todo concluyese en un final harto feliz, y no en la tragedia que el menor error habría precipitado
No podría cerrar este artículo sin comentar el mensaje dirigido al Presidente Uribe por el gran amigo y benefactor de las FARC, el mandamás de la desventurada, por más que rica, Venezuela. En él felicitaba a Uribe por la liberación Betancourt —si hubiese un Premio a la Hipocresía, ciertamente nadie podría rivalizar con éste— y, al final, como al pasar, comenta que la noticia lo sorprendió porque él, Chávez, no esperaba que Betancourt fuese liberada mientras Uribe fuese Presidente de Colombia. Queriendo, obviamente, poner en cuestión la versión oficial aceptado por el mundo entero. Olvidó Chávez que la presencia en la aeronave que transportó a los liberados llevó consigo a dos guerrilleros, que se unieron con quienes tuvieron por camaradas de armas.