I
En la veda de la carne el dirigismo nos muestra uno de sus rostros más gallardos. No es el espíritu de la polémica el que se apodera de nosotros al contemplarlo, como ocurre cuando nos exhibe otras fisonomías menos amables, sino que se suscita en nosotros un talante inquisidor. Hemos desdeñado en esta ocasión la espada y nos aproximamos portando apenas un diminuto escalpelo: queremos averiguar qué cosa, en la intimidad del dirigismo, hace su fuerza; nos proponemos llegar hasta el secreto de su éxito.
La veda es una solución razonable para un problema genuino. La producción de carne bovina no es constante a través de las estaciones: de ahí el problema. La solución consiste en prohibir el consumo doméstico de ese alimento en los meses de baja producción, liberando todas las disponibilidades para la exportación. Este año el régimen se ha complementado, por primera vez, con el anuncio de la medida hecho con prolongada anticipación. Los productores de sucedáneos de la carne vacuna tendrán tiempo, consiguientemente, para engordar ganado ovino y suino, así como aves, y para pertrecharse para la pesca, en manera de suplir el efecto de la veda sobre las dietas uruguayas.
Esta solución tiene también defectos, como es natural. Al mencionarlos no procuramos desacreditarla; sólo queremos dirigir la atención del lector hacia la índole particular de esos defectos, que habrá de resultarnos reveladora para desentrañar la naturaleza del sistema.
Los defectos se derivan, ante todo, del carácter súbito con que la veda inicia y termina su vigencia. El catorce de julio los uruguayos estarán ingiriendo sus dietas habituales, con sus sustanciales componentes de carne vacuna; el quince, el consumo de este alimento cesará por completo. Lo sustituirán otras fuentes de proteínas animales, cuya demanda experimentará, consiguientemente, un abrupto incremento. Al concluir la veda, el proceso se invertirá: la carne de cerdo, de ave y de cordero y el pescado abandonarán su cotidiana presencia en las mesas familiares y regresará a ellas la carne vacuna; todo ello de manera discontinua; de la noche a la mañana, según reza la frase popular.
Semejante discontinuidad es fuente de defectos por la sencilla razón que los fenómenos naturales con que el régimen se halla asociado fluctúan según una modalidad diversa. Natura non facit saltum: la discontinuidad, el cambio abrupto, la variación cualitativa instantánea denuncian la intervención de la mano del hombre. El frío invernal no llega a instalarse entre nosotros en fecha determinada. El almanaque puede anunciar: “Abrense los tribunales”, pero no: “Los novillos comienzan hoy a perder peso”. Los procesos climáticos y biológicos aman el matiz y la variedad; aborrecen el reloj y el calendario.
Así, hay inviernos que tardan en llegar; otros se adelantan. El ganado no sabe de equinoccios ni de solsticios. Mientras las praderas le ofrecen alimento abundante, engorda; cuando se lo escatiman, adelgaza. Cada año el fenómeno varía en cada región del país. Desde este punto de vista, el 15 de julio, fecha fijada para la iniciación de la veda, puede venir demasiado pronto o demasiado tarde. En el primer caso asistiremos a una tendencia a la baja del precio de la carne vacuna, con la consiguiente presión de los ganaderos para que la veda se postergue, a la que sumarán la suya los consumidores, y contra la cual se alzarán los productores de sucedáneos, amenazados en sus legítimas expectativas de provecho. En la hipótesis inversa, la tendencia de los precios, tanto de la carne de res como de sus sucedáneos, será irresistiblemente al alza. Tendremos la grita de los consumidores y el mercado negro.
¿Se dirá que un invierno notablemente precoz o marcadamente tardío traerá siempre incovenientes? ¿Qué los productores de sucedáneos no tienen, cualquiera sea el régimen que se adopte, otra guía que el calendario para sus previsiones? Convengamos, en tesis general, en lo uno y en lo otro. Pero señalemos también que la discontinuidad tajante del régimen intensifica los problemas de aquel origen. Si se dejase funcionar el mercado, como suele hacerse con las naranjas y los huevos, y con casi todos los demás bienes sujetos a fluctuaciones estacionales, podrían lograrse transiciones más suaves y menos conflictuales. Quizás hasta los partidarios más entusiastas de la veda se avengan a reconocerlo, sobre todo ya que por nuestra parte aceptamos que el ajuste por el método del mercado implicaría sus propias y específicas desventajas, notablemente la variación característica, no meramente accidental, de los precios. De buen grado efectuamos tal reconocimiento, máxime en cuanto no nos proponemos en esta ocasión dirimir el pleito entre mercado y dirigismo, sino conocer mejor al segundo en sus orígenes.
II
La veda es cosa artificial; creemos haberlo demostrado. No va implícito en ello un juicio de valor. Una casa es artificial y una caverna es natural, y nadie duda que el hombre progresó cuando dejó de morar en cavernas y aprendió a construir artificialmente sus viviendas. Claro que una flor artificial desmerece ante una flor natural. En ciertos casos lo artificial no puede aspirar a la excelencia de lo natural. Pero no cabe en la materia una generalización absoluta. De todos modos, lo reiteramos, no nos interesan por el momento los juicios de valor.
La veda es un artificio o artefacto: una creación del arte humano, un fruto de su técnica. ¿No lo ve así con toda claridad el lector? ¿No percibe acaso nítidamente el botón de mando instalado en la veda? Obsérvelo bien. Posee dos posiciones; una está marcada “OFF”, la otra “ON”. El 15 de julio terminará el “count-down”: diez, nueve, ocho… tres, dos, ¡uno! El botón será oprimido, la leyenda “ON” aparecerá iluminada sobre el tablero de comandos: la veda habrá empezado. Cuando llegue la fecha de su conclusión, el 15 de noviembre, las cosas volverán, de manera igualmente mecánica, a su estado inicial.
La preferencia de la veda por parte de nuestros gobernantes frente al mercado como solución de la dificultad creada por las variaciones estacionales de la producción de carne vacuna no depende del balance de ventajas y desventajas intrínsecas de cada uno de tales expedientes. Nadie, en círculos de gobierno, ni ahora ni nunca, ha hecho semejante balance para la solución posible de mercado; nadie, en ningún momento, la ha considerado seriamente como una alternativa. La veda, simplemente, ha sido preferida, y con razón, entre la colección de artefactos disponibles. El mercado no es un artefacto y no llega siquiera, por tanto, a lograr admisión en el concurso.
Si el mercado, a diferencia de la veda, no pertenece a la clase de los artificios, ¿en qué consiste su naturaleza? No procuraremos responder aún a esta pregunta. Antes prolonguemos un tanto la consideración del predicamento de que gozan, en la órbita de lo social, las creaciones artificiales del hombre.
III
Esa preferencia se halla asociada estrechamente a la historia intelectual de Occidente en los últimos cuatro siglos.
Hace cuatrocientos años, el hombre europeo adquirió plena conciencia de su potencia intelectual. Descubrió que, adecuadamente disciplinada, su razón podía convertirse en la clave de un singular dominio sobre la naturaleza. Desde entonces los logros de las ciencias naturales, y de su consecuencia práctica –la técnica– no han cesado de causar asombro. Y el ritmo del progreso científico y técnico se ha vuelto más y más vertiginoso. Se le antoja al hombre que ese progreso no conocerá límites, e igualmente se rehusa a aceptar que los tenga el territorio en que la razón ejerce su imperio.
Esta actitud, que conocemos con el nombre de racionalismo, afirma la vigencia suprema de la técnica en el campo de lo específicamente humano, de lo social. Gobernar, para el político racionalista, no es otra cosa que resolver problemas con ayuda de la técnica, es decir, de la razón. Los problemas son siempre solubles para ésta, con tal que las costumbres, instituciones, normas, prejuicios y demás trastos viejos heredados del pasado puedan barrerse y sea así posible erigir sobre terreno limpio una construcción nueva y armoniosa, que plasme en la realidad un plan preconcebido.
El hombre contemporáneo no suele hacerse siquiera cuestión de esta idea del gobierno. Con frecuencia la opción por el estilo racionalista de gobernar no se reconoce como tal: se ignora que existe una concepción rival de lo social, que demanda un estilo diverso de ejercer la autoridad estatal. Tal vez el lector mismo haya efectuado, sin saberlo, esa clase de opción tácita. Si desea averiguarlo, le proponemos que se someta a la prueba que a continuación proponemos.
Antes de seguir más adelante, reflexione un instante sobre las tres preguntas que a continuación se formulan y déles respuesta. Después podrá confrontar sus contestaciones con las que nosotros sugeriremos fluyen de la ideología racionalista. Las tres preguntas son las siguientes:
1 – ¿Cómo se llama el sistema socio-económico vigente en el Uruguay y en la mayor parte de América Latina, así como (sin que la enumeración pretenda ser exhaustiva) en E.E.U.U., Canadá, Europa Occidental, Australia, Nueva Zelandia y Japón?
2 – ¿Existe algún sistema socio-económico rival del primero? En caso afirmativo, diga cuál es.
3 – ¿Cuál es el origen histórico del primera sistema? Es decir: ¿Dónde, cuándo y cómo se originó?
IV
Nuestro hipotético examinando es un típico racionalista. Entendámonos bien: puede, perfectamente, ser un hombre de sincera fe religiosa. (Su fe será racionalista, probablemente sin que él lo sepa, pero eso no hace al caso). Lo que lo define en aquel carácter no es ni más ni menos que su aceptación incondicional de la soberanía de la técnica en el territorio de los asuntos humanos.
A la primer pregunta, el interroga do responde con una palabra de la cual podemos asegurar que termina en “ismo”. Lo más probable es que pronuncie el vocablo “capitalismo’. Puede que diga “individualismo” o “liberalismo”. Todavía es posible que afirme que se trata de un régimen mixto de capitalismo, por una parte, y otro “ismo” o varios “ismos” más.
A la segunda pregunta, responderá afirmativamente, y también atribuirá al régimen socio-económico ribal la condición de “ismo”. Si ha dicho antes “capitalismo” ahorá dirá probablemente “socialismo”, si antes habló de “individualismo”, ahora lo hará tal vez de “colectivismo”, y si de “liberalismo” primeramente, quizás de “marxismo” en esta ocasión.
La tercera respuesta contendrá seguramente la palabra “revolución”. Puede que se refiera a la Revolución Francesa, o a la Revolución Industrial, o a ambas a la vez. Pero el racionalista sólo puede concebir el cambio histórico como ocurriendo súbitamente y, en buena medida al menos, de manera deliberada, según un plan; es decir, bajo forma revolucionaria.
Si el lector se halla, como casi todo el mundo, imbuído de la ideología racionalista, tal vez hasta se pregunte de qué otra manera podrían contestarse las tres preguntas. Le ofrecemos la alternativa siguiente.
Encontramos la primer pregunta de difícil contestación. Se trata de apresar la realidad histórica, en su perpetuo fluír, dentro del molde de un concepto. Ciertamente, no nos sirve para ello ningún “ismo” un “ismo” es una idea. Si la realidad social en que vivimos hubiese sido primero una idea, y hubiese recibido su ser histórico de la idea, un “ismo” podría convenirnos, Pero ése, como veremos con más detalles en seguida, no es el caso. Si se nos permite un cierto grado de abstracción, si podemos apartarnos un tanto de lo concreto histórico tal como se nos da en la vida de Occidente, para tratar de discernir, desde una adecuada perspectiva, el perfil de la estructura en que se vierte el quehacer económico occidental, no hay inconveniente en ponerle un nombre a esa abstracción: le llamaremos “economía de mercado”.
La segunda interrogante también se torna en nuestras manos problemática. ¿Qué quiere decir “un sistema socio-económico rival”? ¿Alude la rivalidad a una idea que pugna por meterse en nuestra historia e imprimirle su forma? Si es así, se trata de una cosa heterogénea respecto de le que hemos tomado por nuestro sistema socio-económico. Si un sistema socio-económico es, por ejemplo, la economía de mercado, entonces aquella idea no es un sistema socio-económico. Será, todo lo más, el plano, o esqueleto ideal, de un sistema socio-económico. A ese proyecto sí le cuadra un nombre rematado con un “ismo”. Llamadle “socialismo”, “colectivismo” o ‘marxismo”; como gustéis.
Al llegar a la tercer pregunta las discrepancias se ahondan. El examinando ha puesto el origen de la economía de mercado en el siglo XVIII; nosotros lo situamos en el siglo XI. ¿Cómo explicar esa divergencia multisecular?
¿Ha visto el lector alguna vez las fuentes de un gran río? Lo que después será una caudalosa corriente, majestuosa en su calmo desplazarse por la llanura, es en los orígenes un hilito de agua que baja saltarín por una ladera. La actitud racionalista equivale a tomar el río en la plenitud por la totalidad de su ser y a reputarlo originado en la mesa de dibujo de un ingeniero. En el universo del racionalista no hay ríos: todas las corrientes son canales.
El nacimiento de la economía de mercado empieza en Occidente, en realidad, cuando se restablece en alguna medida la seguridad en las comunicaciones, que las invasiones de los normandos y los húngaros habían terminado de suprimir en el siglo IX. El paso principal en aquel sentido fue dado cuando los navegantes normandos, ya incorporados al Occidente cristiano, lograron la apertura del Mediterráneo, que había sido un lago musulmán desde el siglo VIII. Cuando de tal modo se dieron las condiciones para que la economía de pequeñas unidades autosuficientes fuera trascendida, el genio de Occidente creó la Institución que permitiría adaptar espontáneamente la producción a las necesidades y que posibilitaría con le tiempo una expansión inusitada del comercio; y la llamó “mercado”. Naturalmente, la economía de mercado de los siglos XI al XIII es a la de los siglos XIX y XX lo que el arroyito de la sierra al gran río de la llanura. Pero si remontamos la corriente en procura de los orígenes, nos encontramos con que las instituciones jurídicas que posibilitan el funcionamiento del mercado, el derecho mercantil y los tribunales mercantiles, y sus soportes sociológicos, los habitantes de las ciudades o burgueses, brotan a la luz histórica en el corazón mismo del Medioevo.
Advierta el lector el dislate que significa ubicar en cambio en el siglo XVIII el origen de la economía de mercado, asociándola con la escuela liberal de economía política que surge en Gran Bretaña en la segunda mitad de esa centuria, cuando ya en el siglo XIV el pensamiento escolástico traducía claramente la transformación experimentada por la vida económica y en particular el crecimiento de la actividad mercantil; más aún, cuando, a partir de mediados del siglo XV, transcurre durante tres siglos cabales una corriente teórica que no tiene otro objeto que la economía de mercado, precisamente la corriente contra la cual el liberalismo representa una reacción tanto tardía como, hasta el presente al menos, de reducido alcance práctico.
V
¿Pero qué tiene que ver toda esta ensalada de siglos con la veda? Si la paciencia del lector le ha permitido llegar hasta aquí, tal vez esto sea lo que esté preguntándose. ¿Y, todavía, que tienen que ver una y otra con el esperanto? Descuide el lector, estamos ya pescando la punta del hilo que nos permitirá salir del laberinto. Numeremos las etapas de nuestro regreso al reino de la claridad.
1 – El racionalismo posibilitó el progreso fenomenal de las ciencias naturales y de la técnica. Pero cuando se mete en lo social, en lo histórico, en lo específicamente humano, opera como un lecho de Procusto: la realidad tiene que ser recortada a su medida.
2 – El racionalismo no sabe qué hacer con las creaciones colectivas, anónimas, seculares, características de lo histórico. Para él la razón es la razón del individuo, del hombre de ciencia, del equipo interdisciplinario de expertos, todo lo más. Traiga usted un problema y esa razón se lo resolverá. Si es muy difícil, tendrá usted que aguardar un poco, eso es todo. Si el problema consiste en que hay muchos idiomas en el ámbito de la humanidad, y a los hombres les cuesta entenderse, el racionalista cumple; le inventa a usted un idioma racional y racionalista, el esperanto.
3 – El esperanto es, pues, un artificio o artefacto. Como la veda. El mercado se parece al inglés y al chino, al sueco y al español. Su creación es anónima, popular, dilatadísima en el tiempo. Nada tenemos contra los artefactos en sí. Un canal es un artificio y puede ser para la navegación tan útil como cualquier río. Lo que sí rechazamos es que se pretenda que la creación del ingenio individual es invariablemente superior a la del genio de la raza, el acervo de razón del técnico siempre más rico que “el gran banco de razón acumulado por la historia” de que Burke nos hablaba.
4 – Nuestra civilización occidental posee un fuerte sesgo racionalista. La enseñanza de la historia lo testimonia de modo singular. La presentación del “capitalismo” y el “socialismo”, como términos opuestos pero homogéneos, entre los que es posible optar, representa de ello, en particular, un caso extremo. Porque si bien el socialismo es, efectivamente, un proyecto de artefacto, el sistema socio-económico de Occidente no lo es en absoluto, ni lo fue, ni lo será nunca. Y si, a pesar de ser ello tan evidente, se escribe y se enseña entre nosotros otra cosa, hay allí un signo inequívoco de que la cultura de Occidente se muestra en general refractaria a aceptar que hay una forma de creación histórica que trasciende la razón individual. Pese a las evidencias en contrario, la más patente de las cuales está representada por el lenguaje.
5 – Sugerimos, para concluir, que cuando vemos preferir la veda al mercado, no tenemos por qué presumir que la opción ha sido precedida de un cuidadoso balance de uno y otro método de resolver el problema que plantean las variaciones estacionales de la producción de carne vacuna. Debemos tener presente que la elección puede haber sido inspirada por un prejuicio racionalista.
6 – El racionalismo es, pues, uno de los secretos puntales del dirigismo económico. El ámbito de vigencia de este prejuicio es coextensivo con el de la civilización occidental. Del otro gran puntal, el paternalismo, de alcance menos extendido, pero no de menos intensa eficacia entre nosotros, no hemos tenido ocasión de hablar en esta oportunidad. Pero ya nos hemos ocupado en otras de él y, Deo volente, volveremos a hacerlo.
Grecia ha sido en todos los tiempos un país pobre. Pero en ello funda su virtud. Llega a ella mediante el ingenio y la sumisión a una severa ley. Mediante ella se defiende la Hélade de la pobreza y de la servidumbre.
HERODOTO.