UN SESGO INESPERADO. UNA CRISIS PREVISIBLE
Nosotros pensábamos que la próxima crisis iba a tener connotaciones económicas más claras que la que atravesamos ahora. Pensábamos que el fracaso de la política económica del gobierno, y la frustración que había inspirado en todos los sectores de la nación, iban a provocarla. Nos equivocamos, en cierto modo. Ha tomado la apariencia de una crisis netamente política. Tal vez sea característica de nuestro país el que las motivaciones nacidas en la órbita económica deben adoptar un atuendo político antes de aflorar a la conciencia nacional, si es que han de protagonizar un episodio de gran significación. Pero las motivaciones económicas estuvieron en realidad presentes, y desempeñaron un papel protagónico, como pretenderemos demostrarlo en este artículo.
En síntesis, lo que sostenemos es que sin descontento y sin frustración lo acontecido no es inteligible. Si se hubiese columbrado un rayito de luz a lo lejos, si los uruguayos hubiesen podido tener la mirada puesta en el país que todos juntos podrían construir, si el futuro hubiera podido cobrar un sentido para ellos, los acontecimientos que hoy dominan nuestra atención habrían sido impensables.
En un primer momento, la frustración y el descontento se manifestaron en una tensión entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas, cuya manifestación más saliente, hacia la vertiente del público, estuvo representada por la renuncia del Dr. Legnani. Las causas de la tensión carecen de importancia: caen dentro de lo incidental, suministran sólo el aspecto anecdótico de los hechos. Lo significativo es que éstos nos presentaron a las Fuerzas Armadas desempeñando un papel a que los uruguayos nos habíamos desacostumbrado. Finalmente, la aparición en escena del Dr. Jorge Batlle dio a los acontecimientos un vuelco dramático, y puso al desnudo su carácter crítico.
El Gobierno, las Fuerzas Armadas y Jorge Batlle: he aquí los tres vértices de la crisis. Ella reclama hoy a la nación una tarea de comprensión, dentro del esfuerzo que debe cumplir para superarla. Nosotros, frente a ella, somos conscientes de nuestras carencias. Entre otras: carencia de perspectiva, carencia de información, y, al fin y al cabo, como en todos, hasta carencia de la debida serenidad. Pero el imperativo es perentorio y no podemos rehusarlo ni posponerlo.
EL GOBIERNO
En junio escribíamos:
“En la medida que la liberación de los Doctores Frick Davie y Pereira Reverbel difícilmente puede ser superada en dramatismo por nuevos episodios de la lucha antisediciosa, y de que el gran paso del acuerdo nacional ya está dado, nosotros creemos que la dinámica proveniente del terreno político colocará el prestigio del gobierno en el cenit en el correr del corriente mes de junio o en el próximo todo lo más. Desde entonces, el mantenimiento de este prestigio debependerá de la iniciación de una fase dinámica en el terreno económico, así como en el sector de la enseñanza”. (BUSQUEDA, N° 6, pp. 30-31).
Nada ocurrió en lo económico, y en el sector docente la iniciativa llegó demasiado tarde. Como lo supusimos, el prestigio del Gobierno en general, y el del Presidente en particular, alcanzaron su nivel máximo en junio, según lo indican las encuestas de opinión pública, y luego iniciaron un acentuado descenso.
La pasividad del Gobierno fue total, y, para nosotros, misteriosa. No acertamos a comprender, en efecto, por qué el Gobierno dejó de adoptar medidas concretas en todos y cada uno de los sectores que las reclamaban urgentemente, pese a que había anunciado algunas de ellas y había reconocido la necesidad de otras. Los lectores ya conocen al respecto nuestra opinión (Véase el editorial de nuestro N° 8).
Pero la responsabilidad del Gobierno no es sólo por omisión. Lo que no hizo en el terreno en el cual la razón convocaba su dinamismo y excitaba su capacidad de decisión, lo llevó a cabo, como aconsejado por sus peores enemigos, en el campo de los delitos económicos, donde la razón lo instaba a dejar actuar libremente a los agentes naturales y legales de la represión. En abril escribíamos sobre la lamentable caza de chivos emisarios, y concluíamos diciendo:
“No podemos dejar de preguntarnos si el pequeño, en apariencia intrascendente, sacrificio expiatorio. no terminará surtiendo. como el encantamiento del aprendiz de brujo, consecuencias imprevisibles e indominables” (BUSQUEDA, N° 4. p. 3).
Y, electivamente, así ocurrió. Pero para examinar esas consecuencias nos situaremos en el segundo de los vértices de la crisis.
LAS FUERZAS ARMADAS
Hablando de la creciente ingerencia de los militares en la cosa pública, en círculos gubernamentales se suele decir, por vía de justificación de la tolerancia de aquella intervención, que no puede licenciarse –por así decirlo– a un ejército victorioso no bien ha concluído la batalla. Hay en esta sentencia al menos una parte sustancial de verdad. Pero tememos que suela dársele una interpretación que la desvirtúa.
Hay verdad en decir que no se puede enviar a los soldados, en esta hora, a encerrarse de nuevo en los cuarteles. Nos parece mucho más oportuno el afirmarlo que el proclamar una absoluta convicción en el acendrado legalismo de nuestro Ejército y en la invulnerabilidad de nuestras instituciones: Cuando nos asalte a los uruguayos la tentación de dispararnos por esa tangente retórica, convendría que mirásemos en nuestro derredor, reflexionásemos sobre lo mucho que hemos llegado a parecernos a nuestros vecinos, y fuésemos un poco más humildes. También sería oportuno señalar que nuestras instituciones soportarán un cierto grado de mal trato por quienes las manejan, pero no más; que su resistencia no es, en una palabra, infinita.
No podemos, pues, decirle a los militares: “muchas gracias, señores; ahora ha terminado la función, así que, ¡hasta más ver!” Es cierto. Pero no sólo a ellos les cuesta irse a sus casas. Ellos pueden hacer sentir de modo peculiar su poca disposición a retornar a lo de antes. Pero somos muchos los que sentimos lo mismo. La gran mayoría de la nación esperaba otra cosa. En Junio, después del Acuerdo Nacional, rebosábamos de expectativa por los grandes acontecimientos por venir. Y resultó, en cambio, que nada acontecería, que todo seguiría igual, que el país continuaría atascado en el pantano. A nosotros tal perspectiva nos induce un estado como de desesperación. No podemos reprochar a nadie el que sienta algo parecido.
La dificultad está en otro sitio. La cuestión no radica en si estamos o no de acuerdo con la realidad tal cual es o si estamos conformes o desconformes con el quietismo del Gobierno. Radica en cómo podemos cambiar eficazmente esa realidad. La guerrilla representó una tentativa para cambiarla destruyéndolo todo. La fe en el poder creador de la destrucción no es cosa de ayer. En 1789 Rabaut de St. Etienne decía que la Revolución Francesa debía destruirlo todo, porque todo tendría que ser recreado. La idea de comenzar el mundo de nuevo posee evidentes atractivos. Ocurre, solamente, que no es una idea realista. La historia posee un modo de ser que excluye el “borrar y empezar de nuevo”. Como dice Jaspers, “no podemos escapar a nuestro origen: sólo somos libres para contribuir a dar forma a un porvenir a partir de los datos de nuestra historia”.
Y ahora hay una iniciativa para cambiar nuestra realidad nacional metiendo presos a los culpables de nuestra desventura. No se originó, en modo alguno, esta idea en medios castrenses. Es el Gobierno quien agitó esa bandera en primer término. Sólo que, según parece, ahora quienes empuñan el asta visten uniforme. ¡Cómo desearíamos que ellos, y todos cuantos con sinceridad pretenden embarcar a la República por este camino, hicieron con nosotros esta reflexión!
Les pediríamos, si pudiésemos captar su atención, que pensaran en esta cosa tan sencilla. Querer encarcelar a los culpables no es sino otra forma, igualmente ilusoria, de pretender destruir nuestro pasado. La única manera de superar las faltas cometidas es asumirlas nosotros mismos. Si las vemos como faltas ajenas, extrañas, no llegaremos nunca a comprenderlas y menos aún a vencerlas. Las faltas de nuestros políticos, de nuestros hombres de negocios, de nuestros dirigentes sindicales, de nuestros funcionarios, de nuestros profesionales, de nuestros militares, son nuestras faltas. Tomemos sobre nosotros la responsabilidad por ellas y concentrémosnos en lo que realmente importa: su por qué. ¿Por qué le hemos fallado al país? ¿Por qué nos hemos fallado a nosotros mismos? ¿Qué debemos hacer para evitar en el futuro la repetición del gran fracaso que ha sufrido el Uruguay? De nada valdría encarcelar a media República si no aprendiéramos a responder estas preguntas. Y nunca llegaríamos a la respuesta al nos limitásemos a ejercer el arte del carcelero, o la del fabricante de explosivos.
JORGE BATLLE
El tercer vértice de la crisis parece de una índole muy diferente de los otros dos. Una índole personal, que nos atrae hacia los hechos concretos de una biografía individual, y nos aleja de los asuntos de la nación. Es así, en buena medida. Procuraremos trascender todo lo anecdótico, y desentrañar el sentido profundo que posee, sin duda, la dramática entrada en escena de nuestro personaje; pero no podemos prescindir de un somero análisis del “caso Batlle”. Nos referimos, ante todo, como es natural, al asunto “infidencia”. Al respecto es posible llegar muy rápidamente a las conclusiones.
Que nosotros sepamos, hoy al respecto un solo testimonio adverso a Jorge Batlle, y éste pertenece a una persona que poco después de darlo tuvo que ser recluida en un establecimiento para enfermos mentales. En sí mismo, por otra parte, el testimonio, tal como fue dado en una conferencia en el Paraninfo de la Universidad, y subsiguientemente difundido en cierta prensa, presentaba inconsistencias internas que lo desacreditan totalmente, y que a la luz de los acontecimientos supervinientes no resulta difícil adscribir a un delirio psicótico. El que tal testigo haya recibido una medida considerable de crédito es atribuíble, a su vez, a la mala fe de quienes no podian sino encontrar patente su patraña, así como la triste enfermedad que la había suscitado, y a la mala información o la ignorancia de los demás.
Aquí termina, por lo que nosotros sabemos, lo relativo a los elementos de juicio de índole objetiva. Las conclusiones que de ellos se desprenden resultan confirmadas, por otra parte, por el análisis de la faz subjetiva, que la cuestión nos descubre.
Si enfocamos la figura pública de Jorge Batlle, en busca de algún rasgo que, por destacarse entre los demás, la defina, no podremos vacilar en seleccionar, en ese carácter, a la integridad.
A quien dude de nuestra tesis le decimos: ¿No es acaso evidente que Jorge Batlle ha desdeñado aumentar sustancialmente su caudal electoral recurriendo a los métodos usuales en nuestra política? ¿No lo ha visto usted invariablemente en la actitud estricta del líder, es decir, conduciendo, o procurando conducir al pueblo tras de sí, y no como otros –los más sin duda– corriendo tras de las masas, cortejándolas, diciéndoles ni más ni menos que lo que ellas quieren oir? ¿Cree usted por ventura que Jorge Batlle no habría sabido jugar el juego político conforme a esas otras reglas? ¿Cree usted que le habría faltado habilidad para explotar las pasiones del electorado? Y para el ataque personal, para procurar la destrucción del rival con la invectiva, la calumnia o el sarcasmo, ¿cree usted que le habrían faltado condiciones? Si usted cree todo esto, entonces usted no puede pensar que Jorge Baille es un hombre inteligente. Y la inteligencia sin duda sí se la reconoce usted. Aseguraría, aún, que es precisamente la característica que usted habría elegido para definir su figura pública. Recapacite, entonces, por favor; absténgase de incurrir en contradicciones y verá como llega a la misma conclusión que nosotros.
El último eslabón de nuestro razonamiento es muy sencillo. Batlle es ante todo un político. De eso no pueden caber dudas. Y un político es un hombre que quiere, ante todo, el poder. Para distintas cosas; el grado de sensualidad, de generosidad y de patriotismo con que los políticos desean el poder, varía de un individuo al otro. Pero el poder es, por esencia, el objetivo central de todos los miembros de la especie. Pues entonces, la idea de un político integro es lo que atañe al poder, que es lo que más desea, y deshonesto respecto de la riqueza, que es necesariamente una meta secundaria, encierra una contradicción. No es una idea plausible. Para afirmarla como tesis, habría que invocar pruebas contundentes. Y en el caso que nos concierne las pruebas, precisamente, brillan por su ausencia.
De esta perspectiva, inquiramos sobre el sentido de la peripecia histórica que protagonizó Jorge Batlle, desde las pantallas de televisión, el 25 de octubre.
El Dr. Batlle invocó su derecho a defender su honor injustamente agredido y su deber, tanto frente a sus mayores como a sus descendientes, de no ser en ello omiso. Pero las circunstancias otorgan a su acto una dimensión que trasciende esas intenciones.
La historia lo verá, pensamos nosotros, como el acto que logró hacer crítica una situación de deterioro insensible, que en estas páginas –N° 9. p. 6– habíamos representado como el hundimiento del país en una ciénaga.
La nación ya no puede desinteresarse. El sacrificio circense de víctimas innominadas podía seguir indefinidamente, mientras nos hundíamos, sin darnos cuenta, en el tembladeral. Ahora la víctima fue uno de los principales líderes políticos, y la injusticia que sufrió fue notoria. Una vez más, los acontecimientos fuerzan a la nación, providencialmente, a mirar cara a cara a la verdad.
EL PAIS EN CRISIS
Asentado sobre este triángulo crítico, el Gobierno acaba de organizar un nuevo gabinete. La base no puede sino augurar la transitoriedad de la solución.
Mientras se persista en la ilusoria pretensión de forjar un futuro para la nación destruyendo su pasado, la crisis persistirá.
Apenas, en cambio, asumamos solidariamente los errores del país, veremos abrirse ante nosotros un horizonte lleno de promesa.
La responsabilidad por dar el primer paso es del Gobierno, y en particular del Sr. Bordaberry. La responsabilidad de estar atentos para asir la primera oportunidad que se nos brinde, de ser genuinamente solidarios, y respetar más que nunca a nuestro Presidente por haber sabido cambiar el rumbo, pesa sobre toda la nación.
…sería ingenuo pensar que la discusión revela hondo desacuerdo: al contrario, es la prueba de la concordia; por eso en los tiempos en que el desacuerdo es radical se deja de discutir. La discusión termina cuando se llega al “nego suppositum”; florece sobre una base de supuestos comunes a los que automáticamente se apela: piénsese en los dos máximos ejemplos de discusión: el escolasticismo y los parlamentos liberales del siglo XIX. Cuando el desacuerdo es serio y radical, cuando no se sabe a dónde agarrarse, se deja de disputar, porque todo es demasiado grave, no hay terreno común en que poner el pie y se contesta a las razones, como decía Dante, con un cuchillo.
JULIAN MARIAS, El intelectual y su mundo.