Hoy queremos hablar de dos encuentros internacionales de la URSS y de los EE.UU.
El 15 de julio los cosmonautas soviéticos y norteamericanos celebraron un espectacular encuentro en el espacio. En cambio Solyeñitsin no había podido encontrarse con el Presidente Ford, por decisión de éste.
Un encuentro, pues, realizado, y otro frustrado. O un encuentro y un desencuentro, si se prefiere.
Ambos acontecimientos se destacan por su contenido simbólico. El simbolismo del primero, obviamente intencional, se articula en diversos planos, pero tal vez sea posible sintetizarlos brevemente. Aunque sobre el planeta, quiere decírsenos, la cooperación y el entendimiento entre las dos máximas potencias pueden aún resultar entorpecidos por la complejidad de los asuntos humanos, existe un mundo, que es el mundo de la ciencia, y por ello también el del futuro, en que esa cooperación y ese entendimiento pueden realizarse de manera plena. El arrastre histórico de rencores y rencillas se desvanece en ese mundo maravilloso, y allí el Brigadier Stafford y el Coronel Lénof pueden celebrar el mutuo cumplimiento de una cita prodigiosa con un apretón de manos exento de cualquier arriere pensée ideológica. ¿No constituye acaso el acoplamiento de sus naves la promesa de una síntesis que superará la oposición de los sistemas económicos y políticos de Oriente y Occidente? ¿Y no puede verse en el satélite tripulado por rusos y norteamericanos el signo de los tiempos que se avecinan, en que el hombre se enseñoreará por fin genuinamente de la creación, en paz y libertad, gracias al florecimiento de las asombrosas potencialidades de su intelecto? La significación del segundo acontecimiento, del trascendental desencuentro Ford-Solyeñitsin, consiste en indicarnos que el simbolismo con que el primero ha sido concebido encierra una total mistificación.
Solyeñistsin ha tomado para sí el pesado papel de testigo; antes en su misma patria rusa, arriesgando heroicamente su vida y la de los suyos, y ahora en el amargo destierro, siempre fiel al lema que adoptó en su discurso de aceptación del Premio Nobel, un proverbio de su tierra que proclama: “una palabra de verdad vale más que el mundo entero”. Con su sola presencia, Solyeñitsin afirma que la verdad de la URSS es el Archipiélago Gulag, el sistema de represión más vasto y cruel que conoce la historia, un sistema que ha dado muerte a decenas de millones de seres humanos y mantiene en la esclavitud a un vastísimo imperio. El Presidente Ford, al negarse a recibir a Solyeñitsin le cierra la puerta a esa verdad, en homenaje a una política de distensión que parece dispuesto a llevar adelante a cualquier precio.
Como, por otra parte, para los gobernantes soviéticos la posibilidad de que el Presidente Ford frunza el ceño, cuando organizan un golpe de mano en el oriente asiático o en el occidente europeo, no ejerce un parecido poder disuasivo, se ha introducido en el desarrollo de los acontecimientos históricos un sesgo sumamente inquietante.
Cuando asistimos asombrados al encuentro de los cosmonautas no dejamos, pues, de recordar las declaraciones de Solyeñitsin en Nueva York: Occidente está cayendo trozo a trozo, país a país, en manos de los comunistas. De aquel episodio saludaremos la hazaña científica, pero repudiaremos el simbolismo falaz.