La civilización occidental es la única en la historia que ha alcanzado bienestar para las masas, Para lograrlo, fue preciso que se permitiese al hombre trabajar en libertad. En primer término, que la propiedad privada se afirmase como derecho individual frente al poder sin frenos de los déspotas de Sumeria y Egipto. En una segunda etapa, que el trabajo libre sustituyera al trabajo servil de la antigüedad clásica. Cuando este doble requisito se cumple, la humanidad entra en una senda de progreso material que en Occidente dura ya un milenio, y que durará sin duda tanto como se mantengan en pie esos dos pilares fundamentales: la propiedad privada y el trabajo libre.
Pero la misma sociedad que de tal modo genera ilimitada prosperidad, suscita en su propio seno fuerzas que tienden a destruir sus fundamentos. Contra lo que enseñó Marx, esas fuerzas se originan en el campo intelectual y desarrollan su acción devastadora dentro de la órbita de las ideas. Hay una diversidad apreciable en el ataque ideológico que soporta la civilización occidental; pero todas sus manifestaciones coinciden en glorificar o idolizar al Estado.
En todos los casos ellas atribuyen al Estado un cúmulo de cualidades positivas: desinterés, omnisciencia, devoción por el bien común. Se trata de un ente ideal que ninguna relación guarda con la experiencia de nadie. La experiencia lo único que nos muestra son gobernantes: hombres con poder, que lo ejercitan mejor o peor, a veces con buena intención, casi siempre con sensualidad; y que, con el andar del tiempo, a poco que no se les contenga adecuadamente, terminan por dar razón a la célebre sentencia de Acton: EL PODER CORROMPE, Y EL PODER ABSOLUTO CORROMPE ABSOLUTAMENTE.
Nuestra civilización no es obra del Estado. Es fruto de la espontaneidad histórica, que abarca la acción de la individualidad egregia y la anónima y secular contribución del hombre común. Es la obra portentosa del hombre creando en libertad, cooperando espontáneamente, sin más plan que el propio, ni más coerción que la necesaria para proteger al derecho ajeno.
En lo económico, esa creación libre y esa cooperación espontánea tienen su núcleo en la empresa y su medio en el mercado. Es de la empresa actuando en el mercado libre que ha brotado la corriente de riqueza que llevó el bienestar a las multitudes. Ninguna sociedad que no la haya conocido ha logrado librar a sus masas de la pobreza. Ninguna sociedad que haya sabido crearle un clima propicio ha dejado de ser recompensada con largueza. Sin embargo, he aquí que la empresa se constituye en objeto de abominación para los estatistas.
No queremos hablar en esta ocasión del marxismo, máxima amenaza de nuestra civilización. Nuestro pensamiento se siente hoy atraído hacia esa modalidad vernácula del estatismo, que dio lugar al surgimiento de la empresa pública uruguaya –los inefables ENTES AUTONOMOS– y que sigue aferrado a ella aún hoy, cuando su fracaso clama al cielo con voz estentórea, y proclama que es la empresa estatal en gran medida, con su prodigioso despilfarro de recursos, la que tiene postrado al país.
Pero la empresa estatal, objetan sus partidarios, está constituída para servir al país, ergo lo sirve: y la empresa libre ha sido creada por sus dueños para su propio provecho, ergo no sirve al interés público. De tal manera, cerrando los ojos a la realidad, repudiando la lógica, olvidando la historia, el estatismo persiste en defender lo indefendible. ¿No podremos realmente los uruguayos librarnos de ese viejo y malhadado error?