Es sintomático de nuestro tiempo que, ante la desigualdad con que la riqueza está distribuída en el mundo, la pregunta que aflora a las conciencias no sea casi nunca ¿cómo han logrado algunos pueblos la prosperidad?, sino prácticamente siempre ¿por qué algunos pueblos permanecen pobres y atrasados? o, usando el eufemismo de moda, ¿qué es lo que hace que algunos países estén a perpetuidad “en vías de desarrollo”?
Ello es digno de atención porque la pobreza, o lo que se ve como tal desde nuestra perspectiva actual, ha sido la compañera inseparable de la humanidad desde que ésta hizo su aparición en la tierra. Por centenares de miles de años el hombre se vio librado a una áspera lucha con el medio ambiente, del cual extraía apenas lo necesario para sobrevivir. La vida era, según lo expresado por Hobbes, azarosa, brutal y corta. Apenas ayer –hace menos de seis mil años– algunos pueblos lograron superar el nivel de supervivencia y alcanzar para algunos de sus integrantes –una élite privilegiada– un cierto grado de amenidad vital. Y de las civilizaciones –como llamamos a estos tardíos florecimientos de la convivencia humana– sólo una, la civilización occidental, y sólo en nuestros días, ha conseguido difundir alguna medida de holgura material por la integridad del cuerpo social.
Mas, como lo señalábamos, el hombre de nuestro tiempo no se siente movido a maravilla por el singular fenómeno de la civilizaciones, ni siquiera por la portentosa versión que cuajó en Occidente, y reserva su capacidad de sorpresa para el hecho de que la mayor parte de la humanidad no disfrute, o disfrute sólo imperfectamente, los logros que una minoría de pueblos, por procedimientos que estamos lejos de conocer aún cabalmente, alcanzaron para sí.
Ese hombre no comprende –como es natural, vista su radical carencia de sentido histórico– que la medida de bienestar que le ha tocado en suerte disfrutar se apoya en un complejo andamiaje, en que una multitud de relaciones sociales se sirven recíprocamente de sustento, y que es capaz de desmoronarse si no se lo manipula con cuidado. Y ese mismo hombre –el hombre masa, como le llama Ortega– vive concibiendo todos los días cambios fundamentales de aquella estructura, de la que ignora todo, y exigiendo que otros los proyecten y ejecuten, sin inquietarse nunca por el peligro de que todo el edificio pueda venirse abajo.
En la región del mundo en que vivimos –nos referimos a los países del Plata– este género de radicalismo desaprensivo resulta cosa extraña, porque aquí ya hicimos el experimento de remodelar con corazón ligero los cimientos de nuestra sociedad, y pagamos nuestra osadía viendo nuestra habitación precipitarse por una resbaladiza pendiente, desde el elevado solar en que había prosperado, hasta la hondonada pantanosa del subdesarrollo.
Por eso, si queremos zafar de la triste situación en que hemos caído, ninguna tarea parece susceptible de dar mayores dividendos que el esfuerzo por difundir una actitud de realismo en todas las cuestiones que con ciernan la legislación y el gobierno. Esta actitud estará compuesta por dos ingredientes: en primer término, por el reconocimiento de que un paciente estudio de la estructura debe preceder cualquier reforma a introducírsele; en segundo lugar, y tal vez primordialmente, por un profundo respeto por la existencia misma de la estructura, y la aceptación de que ella posee, ante nuestros deseos y nuestras intenciones, sólo un grado muy limitado de plasticidad.