Nosotros tenemos una teoría que explica el estancamiento económico que sufre el Uruguay desde hace veinte años. Para nosotros él conoce tres órdenes de causas: en primer término, el Estado burocrático, exorbitado; en segundo lugar, la clausura de la economía uruguaya, obrada en pos de un loco sueño de autosuficiencia; en tercer término, la inflación. Los tres órdenes de causas son como tres ríos que comparten una misma fuente: el Estado paternalista, que quiere hacerlo todo, para darle a sus hijos la felicidad; y, en su afán, cierra las fronteras patrias para proteger a su prole de las azares de la competencia, a costa de destruirles la eficiencia de sus industrias, y les prodiga dádivas, a costa de corromperles su moneda, y asume él mismo proporciones desmesuradas, que se transforman para las fuerzas productivas en una carga insoportable, ya que el gigante bondadoso no puede alimentarse a sí mismo y es, por fuerza, pensionista de su linaje.
Esta es, en concentrada esencia, nuestra teoría del mal uruguayo, Mejor o peor, con ella nos movemos y sin ella, en nuestro quehacer de observar y comentar la realidad nacional, no vamos a ninguna parte. Comprendemos de sobra que podemos estar en un error y nada nos sorprende menos que la discrepancia de nuestros compatriotas. Pero hay una cosa que nos deja perplejos: que haya quienes emprendan la tarea de opinar sobre nuestros asuntos económicos, y no digamos nada de la tarea de regirlos, y de administrar el patrimonio público, sin hallarse munidos de una explicación acerca del desastre que hemos padecido. Desastre que, como es sabido y como lo hemos documentado terminantemente en BUSQUEDA, carece de parangón en el mundo entero.
Por eso hoy querríamos dirigir a nuestros lectores esta exhortación: Leed, en buena hora, con ojos críticos nuestras páginas; y no cerréis, por cierto, vuestros oídos a los que nos contradigan. Buscad, y busquemos todos juntos en actitud de diálogo. Pero os proponemos que para participar en la común investigación haya un requisito indispensable: que nadie sea admitido si piensa u obra como si no existiese el imperativo de explicar la trágica pérdida de vitalidad de la economía uruguaya, y si se comporta como si creyese que nuestro estilo pasado de gobernar merece en tesis general aprobación, y no hubiese sino cambios superficiales que introducirle. Por ello, si veis a alguien ocupado en opinar sobre las cuestiones sociales o económicas de nuestro país, sin exhibir la necesaria credencial de una teoría sobre nuestro estancamiento, sentíos con derecho para interpelarle: “Diga usted ante todo cómo explica lo que nos ha sucedido, para que sepamos de antemano si vale la pena dedicar nuestro tiempo a escucharle”. Y si veis a alguien ocupado en gobernar, o administrar el patrimonio público, cuya actitud traduzca la convicción de que el viejo estilo y los viejos usos paternalistas conservan vigencia, preguntadle, si tenéis ocasión, por qué habremos de esperar que los mismos métodos de antes hayan de rendir ahora mejores resultados.