En la conferencia que dictó recientemente en Montevideo, el Ing. Alvaro Alsogaray asignó peso considerable a la tesis de que la “democracia de masas” es incompatible con un adecuado gobierno de los asuntos económicos. Hasta poco tiempo atrás una afirmación semejante habría causado escándalo en el Uruguay. Hoy es recibida con interés, al menos con curiosidad. Hace poco el único defecto que cabía imputarle a la democracia en nuestro medio era la falta de plenitud. Hoy sabemos por experiencia propia la lección que la historia ha repetido tantas veces: que el régimen es tremendamente exigente en términos de virtud cívica; que cuando ésta se le escatima, degenera con facilidad; que democracia no es sinónimo de estado de derecho, ni garantía de libertad; que la tiranía de las asambleas se cuenta entre las más odiosas.
Saber, o entrever, estas cosas y otras semejantes, no es conocer la solución del problema. Hablando de la crisis política contemporánea, quince años atrás, Wihelm Ropke exclamaba: “Es una enfermedad desesperada que pide a gritos una cura de descentralización y desproletarización. A la gente hay que sacarla de la masa y devolverle las raíces.” Pero semejante programa no es en realidad más que un puro objetivo: los medios para alcanzarlo permanecen problemáticos.
Por supuesto, no sirve pretender superar la dificultad queriendo eliminar la democracia, por la sencilla razón de que hoy en día la única legitimidad duradera es la que se apoya en el consentimiento popular. Es como decía Sir Winston Churchill: la democracia es un mal sistema; pero los demás son peores aún.
Que el tema político cobre actualidad entre nosotros, es algo de que felicitarse. Fieles al espíritu platónico que invocamos al iniciar nuestros menesteres periodísticos, nos placerá buscar junto con nuestros conciudadanos, libres de dogmatismos, en un ambiente de diálogo.
Hoy queremos referirnos a lo que juzgamos el prerrequisito para que la búsqueda de los uruguayos en este terreno pueda alcanzar éxito. El país tiene que mirar con atención su pasado para evitar la duplicación imperdonable del mismo error. Y en ese pasado encontrará sin duda algo así como una superstición de la democracia, y una sobreestimación del quehacer político, que llegó a reclamarnos la totalidad de nuestro ser espiritual, el que nosotros consentimos en entregarle a cambio de quiméricas promesas de felicidad.
Junto con la profunda mirada que debemos dirigir a nuestro propio pasado, debemos lanzar también otras, de mayor alcance, enpos de las esencias de nuestra civilización. Ellas nos mostrarán que la cultura política occidental arranca del reconocimiento de que el César no es legítimo acreedor de toda nuestra sustancia espiritual, ya que ésta posee un ámbito central reservado a un destino más excelso.
El prerrequisito que mencionábamos estriba, pues, en reconocer que el politicismo integral es el mayor peligro que acecha nuestro futuro político, después de haber desquiciado nuestro pasado.
A modo de cierre de estas reflexiones preliminares, reproduciremos un pensamiento del Maestro Ortega, bajo cuya advocación querríamos poner la búsqueda que desde estas páginas haya de realizarse sobre el tema.
“El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política es una misma cosa con el fenómeno de la rebelión de las masas que aquí se describe. La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la “sagesse”; en fin, a las únicas cosas que por su sustancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana.”