EN BUSCA DE LA EFICIENCIA PERDIDA

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Determinar cómo han de asignarse los recursos productivos de una comunidad no es cosa fácil. Se requieren portentosas cantidades de información. Información sobre las preferencias de los consumidores. Información sobre los usos de los distintos materiales. Información sobre las tecnologías aplicables. Información sobre las disponibilidades de capital y de mano de obra de las infinitas categorías laborales…. Reunir toda esa información es tarea sobrehumana. Y cuando el hombre la emprende aislado, o la intenta un comité, por más que lo hagan asistidos de vastísimos recursos, el fracaso es inevitable.

¿Cómo superar la dificultad? La respuesta no debería sorprendernos. Si la obra a cumplir es muy pesada, si nadie por sí o con una limitada colaboración puede llevarla a buen fin, la solución tendrá que consistir en la cooperación de muchos más. El gran descubrimiento de Occidente en el campo económico consiste en haber posibilitado que las multitudes cooperasen espontáneamente en la planificación de la producción y el consumo. El ámbito en que esa cooperación se hace posible se llama mercado; el método para la transmisión de información a través de la muchedumbre se llama sistema de los precios; y la virtud de la asignación de recursos que se consigue con ese método se llama eficiencia.

Bueno es que estemos orgullos de este sistema maravilloso, descubierto por la civilización a que pertenecemos, y que comprendamos que el socialismo fracasa doquiera se le ensaya precisamente porque su misma esencia le obliga a privarse de él. Pero es asimismo imperioso que aprendamos a respetarlo, y que nos abstengamos de manipularlo irresponsablemente. La información se difunde por medio de señales; si éstas se falsean, el sistema sigue trasmitiéndolas, pero, la eficiencia –su virtud específica– ya no se logra.

Si hacemos artificialmente que un precio ascienda por encima de su nivel de equilibrio, estamos impartiendo señales falsas. A millares y millares de consumidores éstas les dicen engañosamente: el bien en cuestión se ha tornado más costoso de producir; es preciso economizarlo. A los productores erróneamente, les informa: los consumidores desean mayor cantidad de este bien; deben ustedes transferir recursos de otras actividades para incrementar su producción. Si deprimimos el precio de otro producto por debajo del nivel a que lo fijaría el mercado, estamos incurriendo en el género de falsificación. Las escaseces críticas y el despilfarro de recursos son la secuela fatal de un sistema de precios falseado.

Las infracciones de nuestro país en este terreno son realmente superlativas. La relación de precios entre un automóvil y un bife de carne vacuna debe ser en nuestro medio del orden de 20 a 25 veces el nivel internacional. Los términos de intercambio entre los tractores y la soya o el girasol tal vez sean del orden de 4 veces el nivel internacional, y éstos no son sino dos ejemplos (por más que extremos) de un repertorio casi infinito de precios distorsionados. Unos pocos puntos porcentuales representan en este aspecto distorsiones costosas. La pérdida de bienestar material y de capacidad de crecimiento debida a las distorsiones descomunales que nosotros nos infligimos a nosotros mismos representa un desafío a la imaginación.

No nos cabe duda de que las autoridades nacionales ansían que el éxito económico corone sus esfuerzos. Por ello es difícil comprender por qué demoran tanto en recorrer el único sendero que pueda llevarlos a ese destino. La eficiencia es importante. Desde los primeros años siguientes a la segunda guerra mundial venimos ensayando la hipótesis opuesta, y los hechos proclaman que ella es falsa con elocuencia contundente. ¿Cúanto tiempo más pondremos en retornar al buen camino?

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