Los mitos cepalinos –esos seres fabulosos, que se alimentan de paralogismos y tienen la muerte difícil– nunca dejan pasar mucho tiempo sin asomar la cabeza cerca de nuestras costas. Se parecen al monstruo de Loch Ness, pero son mucho más propensos al exhibicionismo.
Uno de ellos, de los más venerables, ha consentido en lucir su efigie en las páginas de Visión del 24 de febrero, gracias a un artículo que lleva la firma de Roque G. Carranza.
El mito se llama –tiene un nombre largo y tan peregrino como su estampa– Perención de la Teoría de Ricardo. Dejemos que el autor del artículo trace su semblanza. “La explicación de Ricardo” leemos, “sobre las causas del intercambio de vinos de Portugal por tejidos de Inglaterra, en términos de ventaja comparativa, tuvo gran éxito pero hoy no puede ser tenida en cuenta como fundamento de una política económica de largo plazo.”
¿Cómo es eso? “La teoría formulada tan elegantemente por Ricardo,” aclara el autor, “era válida en el momento que se formuló, pero no necesariamente todas las circunstancias permanecen constantes a lo largo del tiempo.” Ahora los bienes manufacturados representan una proporción dominante del comercio exterior. “El principal factor explicativo de la estructura del comercio mundial ya no es la ‘ventaja comparativa’, asociada con los recursos naturales. La innovación tecnológica, y la capacidad de asimilarla pasaron a ser decisivas.”
En una palabra: en tiempos de Ricardo, el rio de la historia corría pausado y apaciblemente; se intercambiaban bienes elementales, con elevada densidad de recursos naturales; ahora la historia se ha convertido en un torrente de montaña; se comercian bienes siempre distintos, en gran proporción de alta densidad tecnológica. La teoría que servía para explicar aquello no puede servir para dar cuenta de esto.
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David Ricardo nació en 1772. Murió en 1823. Su vida transcurrió durante la Revolución Industrial, la transformación tecnológica más abrupta de todos los tiempos. Nunca antes el pulso de la historia había latido tan apresuradamente. Su modelo de comercio exterior está desprovisto de toda pretensión de realismo, pero en la atribución a Inglaterra de ventaja comparativa en la producción de telas no puede haber estado ajena, siquiera subconcientemente, la delantera tecnológica tomada por la industria textil inglesa gracias a las innovaciones de Eli Whitney (desbastadora de algodón, 1793), John Kay (lanzadera volante, 1733), Sir Richard Arkright y Samuel Crompton (husos mecánicos, 1769 y 1779 respectivamente) y, naturalmente, Watt (máquina a vapor, adaptada a la operación de telares a principios del siglo XIX).
Ricardo no procuró explicar con su modelo de la ventaja comparativa la estructura del comercio exterior. Recién un siglo después los suecos Heckscher y Ohlin desarrollaron un modelo sobre líneas ricardianas para cubrir ese terreno. Ricardo se propuso algo mucho más sencillo: demostrar que la desventaja absoluta de un país en todas y cada una de las líneas posibles de producción no sería óbice para que le conviniera especializarse en aquello en que tuviese una ventaja comparativa; es decir, en lo que hiciese menos mal. Y que los países más eficientes también encontrarían beneficios en comerciar con él.
En otros términos. Si Juan es un mediocre carpintero pero un pésimo sastre, no le conviene dejar de lado temporariamente el cepillo y el formón para ponerse a elaborar sus trajes. Y por más que Pedro sea un notable carpintero, en razón de que es un sastre más eximio aún, le conviene atenerse a la costura, y comprar a Juan los muebles que precisa. Lo que vale para los individuos vale igualmente para los países, de modo que los beneficios de la especialización y el comercio libre no son dependientes de condiciones de hecho contingentes. Ciertamente esta proposición, que en nada depende de la experiencia, es cierta o falsa de una vez por todas. Pretender que los hechos la desmintieron vale tanto como sostener que con la tecnología actual pueden diseñarse triángulos cuyos ángulos midan más o menos que dos rectos.
La ventaja comparativa de cada país se orienta en función de los recursos de todo orden que tenga en un momento dado. Como hay recursos que cambian, fundamentalmente los recursos que componen el capital –tanto material como humano– la ventaja comparativa de cada país cambia también constantemente. Y, naturalmente, el flujo de sus exportaciones e importaciones, en régimen de comercio libre, también están sujetas a variaciones constantes, cuantitativas y cualitativas.
La capacidad de desarrollar tecnologías propias y asimilar las ajenas depende de la inversión previa en capital humano. Un país puede invertir en este sector y los rendimientos que de ello obtenga pueden o no justificar tal asignación de recursos. Pero seguramente influirán sobre su ventaja comparativa
En caso de que se estime que el mercado libre asigna a inversión en capital humano, y en particular a desarrollar capacidades tecnológicas, menos recursos de los socialmente óptimos, la autoridad pública tal vez mejore las cosas con su intervención; y ésta puede consistir en obstaculizar temporariamente la importación de los bienes pertenecientes a la industria en que se estima que el mercado asigna recursos insuficientes para incrementar el acervo de capacidad tecnológica. A esto último llamamos “protección a las industrias incipientes”.
Pero admitir esto es diametralmente opuesto a concluir que la teoría de la ventaja comparativa ha quedado perimida. Pretender esto último es negar la especialización. Negar incluso la especialización conforme a una ventaja comparativa concientemente procurada, a través de inversión pública, o del manejo deliberado de los incentivos por la autoridad pública. Sostener que el principio del comercio libre debe, no atenuarse aquí y allá, donde el mercado padezca distorsiones, sino abandonarse porque la teoría que lo sustenta hay que archivarla en el museo, es renunciar a toda orientación racional de política económica. Es estrechar al caos en un abrazo indisoluble.
Una de las manifestaciones más probables en los países menos desarrollados del desorden generado por la sustitución del principio de preocupación difusa, si bien acuciante, por la tecnología, consiste en una sobreinversión en las llamadas industrias de status –v. gr. siderurgia, petroquímica, automóviles– en un intento superficial de parecerse a los países industrializados, incurrida en olvido de que el secreto de todo éxito económico está en la asignación eficiente de los recursos.
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Todo esto ya lo había escrito antes. Ya le había espetado discursos semejantes al monstruo sagrado Perención de la Teoría de Ricardo. Otro tanto había hecho con Deterioro Secular de los Términos del Intercambio, con Escasez de Divisas, Inflación Estructural y demás miembros de la misma familia mística. Es en vano, lo sé. Están recubiertos de una coraza de escamas que los vuelve inexpugnables a los ataques de la razón. Con toda calma, cuando uno a terminado de dispararles la andanada, se sumergen, y vuelven a aparecer poco tiempo después, siempre cerca de nuestras costas, para recitar el mismo mensaje… Si alguien sabe de algún medio para librarnos de esta plaga, no deje de hacérmelo saber.