Un Grave Peligro

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¿Por qué propónemos a nuestros conciudadanos desde esta tribuna un modelo de libertad económica?

En primer lugar, sin la menor duda, por amor a la libertad a secas.

Históricamente, las libertades de pensamiento y expresión y todos los derechos Individuales básicos crecieron junto con la economía de mercados.

En las sociedades centralmente regimentadas –el Egipto de los Faraones, el Perú de los Incas, la Rusia de los Secretarios del Partido– nunca hubo libertades políticas; economía de mercados, por definición, tampoco.

Cuando el Estado lo domina todo –“todo por el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado” proclamaba Mussolini– la libertad es inconcebible. Cuando hay un solo empleador, ¿quién puede ser libre? ¿Qué es un esclavo sino aquél que no puede elegir para quién ha de trabajar?

Cuando el Estado monopoliza la producción y el comercio, las opciones se desvanecen. La capacidad de actuar libremente, que el hombre comparte con Dios, es ejercida entonces por el déspota de turno y su comité de planificadores. Los demás quedan reducidos a la condición de autómatas.

Cada civilización tiene su propia concepción del hombre, y cada concepción del hombre moldea todos los aspectos de la vida social, la organización económica no menos que los otros. La misma idea del ser humano que lleva a la proscripción de la esclavitud y a las instituciones del Estado de derecho conduce a la economía liberal. Por eso es sólo en Occidente, cuando la filosofía cristiana ha hecho las síntesis de sus raíces culturales helénicas y judías, y ha construido una idea del hombre como ser libre y responsable, que la economía de mercados ha podido florecer.

Promoción de la libertad y de los derechos individuales, pues, y clara superioridad moral del sistema: he aquí las principales razones en que basamos nuestra posición. Pero también, ¿por qué no?– lo hacemos en su indiscutible primacía para generar prosperidad y extender el bienestar material a todos los estratos de la población.

El mismo sistema que da libertad a la sociedad de los hombres es el que le allega la riqueza. “La subyugación de las fuerzas naturales, las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la roturación de continentes enteros, la canalización de los ríos, las poblaciones surgiendo de la tierra como por encanto, ¿qué siglo anterior hubiera suspechado que semejantes fuerzas productivas durmieran en el seno del trabajo social?” No es ningún apologista de la economía de mercados quien pronuncia estas palabras. Ellas pertenecen a Marx y Engels; las usan a propósito del sistema que procuran destruir, pretendiendo reemplazarlo por un sueño utópico, transposición espuria al orden del tiempo del reino mesiánico que la Biblia reserva para el orden de la eternidad.

 

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La sociedad uruguaya ha rechazado de manera concluyente el utopismo marxista. La sociedad uruguaya, de manera igualmente terminante, siente que sus tradiciones más valiosas están consustanciadas con la libertad política y la vigencia de los derechos individuales. Y, sin embargo, la sociedad uruguaya le da la espalda a la economía liberal, y en su lugar quiere preservar un híbrido que es mitad economía de mercados, mitad socialismo; un híbrido que en el pasado no ha hecho otra cosa que precipitarla, como era inevitable, desde el pináculo de la prosperidad a las profundidades del subdesarrollo, y que ha terminado, no menos previsiblemente, con poner en aguda crisis las instituciones democráticas que constituían el mayor galardón de la Patria. Y ahora que nos aprestamos a iniciar la empinada marcha de regreso a la normalidad institucional, seguimos apegados al mismo sistema híbrido, que todo indica terminará sumiéndonos en un nuevo fracaso.

El mundo sabe ya sobradamente que la democracia liberal es incompatible con el sistema en que el Estado concentra en sus manos la totalidad de los medios de producción. La misión histórica del Uruguay en este siglo bien puede haber consistido en demostrar que ella es igualmente incompatible con un socialismo al 50%. Si así fuera, nuestros padecimientos podrían cobrar un significado que los mitigara. Pero, ¿realmente queremos asumir sobre nuestros hombros la carga de probar lo mismo una segunda vez?

Hay una mentalidad profundamente arraigada en nuestro medio. Una mentalidad que está como cristalizada en la problemática de principios de siglo, que sinceramente cree que hablar de economía de mercados es síntoma de anquilosamiento. Una mentalidad que cierra los oídos a lo que se discute actualmente en los foros políticos y académicos del mundo entero. Una mentalidad que defiende nuestra híbrida organización, la misma que destruyó nuestra prosperidad y socavó nuestras instituciones, mirabile dictu, en nombre de la libertad y el desarrollo económico.

Esta mentalidad ha extendido su señorío sobre el intelecto y la sensibilidad de muchas personas que respetamos y estimamos.

Ello no nos impide reconocerla como uno de los principales peligros que nuestro país deberá superar en la marcha hacia la recuperación de sus valores esenciales.

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