VIVIR EN PAZ

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Tanto hemos escrito y nunca será suficiente. El Uruguay es un país pacífico.

Nuestras revueltas primigenias, nuestra lucha por la independencia, los enfrentamientos fratricidas entre blancos y colorados, constituyen nuestras raíces, regadas con sangre, pero firmemente arraigadas en el pasado.

Cuando habíamos doblado las páginas de nuestra historia convulsionada y discurríamos entre éxitos y fracasos, pero de espaldas a la violencia, fuimos sacudidos por el terrorismo y su artero ataque a nuestra convivencia. Fue una infeliz combinación de la fría planificación marxista y de nuestras propias debilidades, sumadas a nuestros errores.

Otra vez corrió sangre uruguaya, y nos horrorizamos, porque somos gente de paz, porque nos repugna la violencia.

Hemos anotado al proceso que ahora vivimos méritos y fallas, luces y sombras. Nunca hemos callado nuestra opinión, siempre hemos juzgado con respeto, con altura, con valentía.

La transitoriedad que las propias autoridades han atribuido a esta etapa, está en la base de nuestra coincidencia. La emergencia requirió medidas drásticas, extraordinarias, convulsivas, pero el objetivo primordial de corto plazo fue logrado: vivimos en paz.

El otro objetivo –a mediano y largo plazo– es el retorno a la plena institucionalidad, para el cual también las autoridades han fijado pautas, fechas, propósitos. Estatuto para los partidos políticos, plebiscito para la Constitución, elecciones.

Discurre nuestra vida con la mirada puesta en ese proceso, en el cual somos conscientes de que se trabaja, se avanza, se procura acercar y dialogar.

En medio del camino, hay quien ha pensado que debilitando el objetivo primordial de la paz tal vez puede alterarse la marcha hacia otros fines.

Quienes lo han pensado han actuado luego con saña, desequilibrio, crueldad y vesanía. Han pretendido volvernos a enfrentar con la muerte y la violencia, creyendo así poder destruir lo que tanto esfuerzo está insumiendo construir.

Se equivocan.

Desprecian no sólo la vida humana a la que toman como medio para el ilusorio fin de crear el caos y el desconcierto.

Desprecian también nuestra arraigada vocación por el diálogo, nuestra esperanza de reconstruir el camino, nuestro visceral apego a la convivencia pacífica.

En el fondo, nos desprecian a todos, a los que desde diferentes lugares y perspectivas coincidimos en nuestro compromiso de hacer de este país un lugar digno y libre donde nacer, trabajar, vivir y morir en paz.

Les damos la espalda.

Quienes deban perseguirlos y encontrarlos, que lo hagan con todo el rigor y la energía que las reglas del juego les permitan.

Quienes estamos en lo otro, sigamos en lo otro. El Uruguay se avergüenza de sus asesinos, ora por sus muertos, pero por sobre todo, se esfuerza y lucha por su paz y por su libertad.

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