Recientemente el Sr. Jimmy Carter formuló declaraciones sobre la batalla que se propone librar contra la inflación. A la consabida batería de controles que suele designarse con el nombre de “política de precios e ingresos”, los asesores de la Casa Blanca han agregado ahora una medida original: si la inflación supera en los hechos las metas gubernamentales, los trabajadores que hubiesen aceptado aumentos salariales dentro de las pautas del gobierno serán compensados con una rebaja impositiva.
Al clausurar su anuncio, y como al pasar, el Presidente Carter también prometió reducir la burocracia, y de tal manera recordar el déficit fiscal. Si esta promesa se cumple, en la proporción requerida, el ingenio de los economistas de Washington será recompensado con el logro de sus metas. Si permanece incumplida, todo su esfuerzo cerebral habrá sido en vano, y la política antiinflacionaria del triunfador de Camp David se irá por el mismo camino que no hace mucho recorrió la del perdedor de Watergate.
Le viene a uno a la memoria una vez más la sentencia de Voltaire: usando las artes de la magia negra es posible liquidar a un rebaño de ovejas, a condición de dar al mismo tiempo a cada animal una adecuada dosis de arsénico.
Hubo una feliz época en que, al menos en los países civilizados, la gente sabía perfectamente que si un gobierno gastaba más allá de sus posibilidades de procurarse recursos genuinos, y consiguientemente debía recurrir para financiarse a la máquina impresora de billetes, el dinero se despreciaría. El público descontaba que los precios subirían, y el precio del trabajo por igual razón que los demás. Toda tentativa de controlar precios en general, y salarios en particular, mientras en fisco se valiese de finanzas inflacionarias, habría despertado la misma irrisión que una propuesta para sustituir la ciencia médica por las artes del encantamiento. Hoy en día, en cambio, ahí tenemos al mundo sumido en la confusión, y sufriendo claramente las consecuencias.
Como método terapéutico la magia es mucho más compleja que la medicina, y abre a la imaginación de sus cultores innumerables oportunidades de innovar. Siempre es posible idear otros ritos, nuevas danzas, máscaras más terroríficas, o ensayar una diferente combinación de hierbas en los incesarios. En la medicina, inversamente, la causa de la enfermedad condiciona estrechamente el tratamiento. Y algo muy semejante acontece en el campo de la economía. Si reconocemos que la inflación consiste en un desarrollo monetario, las políticas correctivas tendrán que atenerse al ámbito del dinero y, por su vecindad con éste, al de las finanzas públicas. Salvo, se entiende, si nos libramos de las ataduras de la lógica. ¡Qué “paquetes” de medidas tan ingeniosos y originales pueden confeccionarse en ese caso!
Esta desconsolada reflexión ha hecho volar nuestro pensamiento hasta Washington, y ahora lo trae de regreso a nuestra patria. Al retorno nos alegra comprobar que nuestras autoridades se muestran actualmente libres de la ilusión de la política de precios e ingresos. Pero, en seguida, al comprobar el estado incambiado de la burocracia y la permanente desmesura del gasto público, nos vuelve al ánimo la melancolía. Un año más se nos va escurriendo por entre los dedos y. ¿que hemos hecho en este terreno decisivo? ¿Cómo hemos aprovechado la excepcional coyuntura institucional para remediar una situación que condiciona estrictamente nuestras posibilidades de recuperación?
Información propiamente dicha para responder a estas interrogantes no poseemos, pero lo que husmean nuestras narices no es halagüeño.
Las autoridades no pueden demorar por más tiempo una rendición de cuentas y un compromiso formal a propósito de su política antiinflacionaria, y no es fácil ver como podrán justificar la falta total de progreso en ese campo.
Por su parte, a la opinión pública incumbe la responsabilidad de tener bien presente que en torno a la inflación el terreno de la verdad es el que atañe el gasto público y su financiación. El mundo actual nos rodea de tentaciones escapistas, la de poner nuestra esperanza en algún truco mágico más que ninguna otra. Debemos resistirlas todas inflexiblemente.