Cuando el mes pasado escribimos un editorial censurando la aprobación de un aumento de salarios retroactivo, nunca imaginamos que el mismo gobierno fuera a cambiar su derrotero tan pronto y de manera tan dramática. En vez de un ajuste retractivo, ahora ha decretado dos con preavisos de uno y cinco meses. “Un paso atrás” titulamos aquel artículo. “Dos adelante” nos apresuramos ahora a reconocer.
No se trata de la política salarial en sí misma, que nos merece algún reparo, y que preferiríamos ver reemplazada por un sistema de indexación. Se trata de una cuestión de estilo gubernamental. A partir del momento en que, hace cosa de una década, las autoridades tomaron sobre si la responsabilidad de ajustar los salarios nominales del sector privado, fueron progresivamente desempeñando ese papel con un estilo reminiscente de los Reyes Magos. Unos Reyes que llegaban inopinadamente, o se hacían esperar en vano, pero que, en este otro aspecto como Melchor y sus colegas, traían sus dádivas celosamente ocultas en espesos envoltorios.
¿Qué portarían, en esta ocasión, sus gruesas alforjas? Hasta el último momento, una vez tras otra, una atmósfera de Noche de Reyes se recreaba. “Estad en guardia”, es como si se hubiesen complacido en proclamar, “que no sabéis ni el día, ni la hora ni el porcentaje”.
“Ni el método”, bien podrían haber agregado, “que usamos para calcularlo. ¿Dónde habéis visto magos que divulguen sus procedimientos?”
Mediaban buenas razones para que este estilo fuera por fin desechado. En primer lugar, en términos de cruda rentabilidad política, ni una decisión forzosamente va a desencantar a sus destinatarios –sea de inmediato, sea a los pocos días o a las pocas semanas– lo preferible es que la expectativa que al respecto se suscita sea la menor posible. He aquí una máxima elemental que fue desdeñada una vez tras otra.
Pero hay consideraciones de más exaltada relevancia. Si hemos de restaurar las bases de nuestra convivencia democrática, es imprescindible que tengamos de nuestros gobernantes una imagen que condiga con su auténtica función. Y esta imagen no puede ser ni de monarcas, ni de taumaturgos. Nada de graciosas majestades ni de sabedores esotéricos. Imágenes de magistrados republicanos, esencialmente obligados a dar cuenta a la nación de sus actos; lo que implica fundamentarlos racionalmente. Eso es lo que precisamos.
Nada de dádivas. El gobernante no tiene nada que obsequiar a sus súbditos que previamente no haya sido amasado con el sudor de éstos mismos. Si volvemos a olvidar este principio fundamental, estamos lucidos.
Nada de secretos, más allá de los que las estrictas exigencias de la seguridad justifiquen. El magistrado republicano honesto no retacea la información sobre sus actos, presentes ni futuros. Quedarse con información, o destruirla (como la destruyen con las decisiones retroactivas) es como quedarse con bienes ajenos, o quemarlos.
Cuando el gobierno ahora nos proporciona información sobre salarios y tipos de cambio con varios meses de anticipación está haciendo por lo tanto algo que trasciende nítidamente la política salarial y cambiaria. Más allá de lo económico, discernimos un avance invalorable hacia el estilo de convivencia que queremos para nuestra patria.