El Brigadier Jorge Borad, Presidente de ANCAP ha afirmado que la refinería de La Teja jamás será privatizada.
Nosotros no estamos de acuerdo. Si el Brigadier Borad tiene su visión del futuro, nosotros poseemos la nuestra. En principio, una vale tanto como la otra. Acerca de cuál, sea la que mejor funciona, habrá que esperar el veredicto del tiempo.
Nosotros prevemos que un día los uruguayos tendremos oportunidad de pronunciarnos sobre si deseamos o no que aquel activo continúe en manos estatales. Y abrigamos la convicción de que la ciudadanía optará por la privatización, a condición de que vote medianamente bien informada.
El Presidente de ANCAP ha invocado en apoyo de su pronóstico el hecho de que la refinería es propiedad de todos los uruguayos. Pero ocurre que los que deseamos pasarla a manos privadas no hablamos de regalársela a nadie. Cuando uno vende un activo, no por ello se empobrece. Y si el capital estaba antes mal invertido, y después de la venta lo está mejor, se enriquece. Si el Estado liquidara todas las inversiones directas que posee, y administra mediocremente en los casos más favorables, y las reemplazase por una cartera de inversiones financieras bien diversificada, el provecho para los dueños del capital, que hoy nada les reditúa, sería colosal.
Y encima de ello ésa no es, ni de lejos, la razón principal por la que pensamos que el electorado nacional optará por la privatización de los entes autónomos. La razón principal debe buscarse en el amor de nuestro pueblo por la libertad, y en la conciencia que deberá alcanzar de que el socialismo es incompatible con ella.
El socialismo al 100o/o de Rusia o de Cuba es totalmente incompatible con la libertad, y el socialismo al 50o/o es la mitad incompatible. La libertad puede sobrevivir cuando el Estado es un empleador gigantesco, que paga la mitad de todos los salarios y compra una proporción desmesurada del espacio publicitario de los medios de comunicación, pero sólo como una libertad mustia y exangüe.
Y no puede ser esa menguada clase de libertad la que quiera para sí el pueblo que votó contundentemente contra el marxismo en las últimas elecciones (cuando las condiciones objetivas no diferían apreciablemente de las que movieron al pueblo chileno a otorgar una mayoría relativa a Allende) y que dió un apoyo sin reservas a la lucha contra la guerrilla socialista.
Lo único que faltaría sería hacerle cobrar al pueblo uruguayo conciencia cabal de que el socialismo no es ni más ni menos que el sistema que pretende hacer de todos los medios de producción objetos de propiedad colectiva. Porque lo demás fluye sin dificultad. Si fuera del ámbito de los bienes de uso público –la propiedad colectiva es indeseable para el todo, ¿por qué habría de ser recomendable para una parte? Y cuanto más importante y grande sea la parte, obviamente más aplicable tiene que ser el principio general.
Hay una manera posible de interpretar todo pronóstico de que los entes autónomos persistirán por siempre, y ella es en términos de los obstáculos que para la privatización suponen la fuerza combinada de la inercia, el mito y los intereses creados, y nosotros nos apresuraremos a reconocer que se trata de una combinación formidable.
Pero la o la cuestión concierne al bienestar de nuestro país, la recuperación de su perdida prosperidad, y la defensa de los sagrados intereses de la nación y, vista así la cuestión, ni la inercia, ni el mito, ni los intereses creados nos intimidan.
Y menos aún nos disuaden de seguir luchando para que, el día que se llame a la ciudadanía a elegir, se incline decididamente contra la opción estatista.