Ha trascendido que estamos a punto de embarcarnos en una nueva empresa de integración nacional, esta vez específicamente con la Argentina. Ya se trate de una unión aduanera, como originalmente anunció el Ministro Arismendi, ya de una mera zona de libre comercio, como en definitiva parece constituir el objetivo de las negociaciones, importa evitar que el collar de frustraciones que ha caracterizado la historia de ALALC vuelva a repetirse.
Nosotros creemos firmemente que el concepto mismo de integración regional es importante. No se trata de que, ateniéndonos a lo estrictamente económico, afirmemos que la integración regional constituye una estación insalteable de nuestra ruta hacia el desarrollo. Son más bien otras razones, que hoy no viene al caso discutir, las que nos hacen pensar que habremos de recorrer algún trecho no lejano de la historia en mucho más estrecho contacto que hasta ahora con los países con quienes todo –la geografía, la sangre y más que nada la común herencia cultural– confluye para unirnos.
Aunque los matices puedan al respecto ser objeto de discrepancias, la premisa que queremos sentar –la integración importa, e importa vitalmente– está más allá de toda discusión posible. De donde se deriva que lanzarnos a esa clase de empresa con un objetivo de coyuntura –mejorar las exportaciones del año que viene, aumentar la ocupación en tal o cual sector– es a la vez una tontería y una frivolidad.
No se trata solo de recordar que ALALC ha representado un despilfarro de tiempo y de dinero: es que ha creado un ambiente de mezquino regateo, propio de un mercado persa y esencialmente antinómico con el proyecto conjunto de un grupo de países que se sienten llamados a un destino común. El costo en términos de recursos escasos malgastados, con ser superlativo, no representa más que una pequeña fracción del verdadero gran total.
Si ponemos en manos de intereses sectoriales una agenda de discusiones sobre listas de productos y certificados de origen, podemos también frustrar por largo tiempo nuestras oportunidades de integración con nuestros hermanos trasplatinos. No es fácil, pero hay gente que tiene enorme talento para estas cosas.
Nosotros nos preguntamos: ¿es que alguien en nuestro pasado ha hecho una renuncia formal a los proyectos imaginativos, a la grandeza histórica? ¿Son estas cosas de que sólo debemos leer en los libros, a propósito de otros? ¿O en cambio deberíamos lanzarnos esforzadamente en pos de esos valores? Y finalmente, ¿acaso podremos zafar de la asfixiante mediocridad en tanto no lo hagamos?
Consideremos la Comunidad Económica Europea. Con todos sus vicios derivados de su inspiración proteccionista, que sin duda relativizan sus realizaciones, nadie podría negar que ella ha permitido superar el conflicto que secularmente había dividido a varios de sus integrantes de manera prodigiosamente creativa. ¿Y cómo comenzó la CEE? He aquí una cuestión que no debería darnos paz en la encrucijada histórica que enfrentamos.
No empezó, obviamente, en una rueda de incesantes regateos. De otro modo nunca habría llegado a ninguna parte. Empezó con la integración de un sector clave de las economías industriales: el sector siderúrgico. Comenzó con un pool del carbón y el acero, con la libre movilidad de las materias primas, y los productos intermedios y finales de la industria en que las economías de los seis socios fundadores eran más arduamente competitivas. La capacidad de resolver imaginativamente lo difícil pero crucial generó una energía para la promoción de una meta de integración global, que nunca habría podido derivarse de un proyecto que hubiese perseguido lo fácil a través de lo trivial.
¿Cuál es el sector que en las economías platenses equivale al siderúrgico europeo de hace tres décadas? Pues sin duda el agropecuario. Este es el sector a integrar en primer término. Si lo logramos, sabremos que la integración global es factible. Si no, a otra cosa (al menos por el momento) que ni tiempo ni dinero tenemos para perder.
¿Qué es concretamente lo que deseamos proponer? Pues, sencillamente, que como primer medida de esta nueva empresa, se allanen todas las barreras al libre movimiento de reses, y ganado ovino, y carne faenada y lana, y granos, y todos los demás productos del agro. Que se trabaje para coordinar las políticas, y establecer las instituciones binacionales que ello haga preciso. Pensamos que, económicamente, ambos países tienen mucho que ganar con la ampliación de este conjunto de mercados. Pero, por sobre todo, como demostración de la común voluntad de hacer juntos cosas importantes, y enfrentar unidos el desafío que representa el mundo actual, este paso podría alcanzar una significación singular en el proceso histórico de las repúblicas del Plata.