Significado de la Integración

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El proyecto de concertar con la Argentina una estrecha asociación económica merece ser detenidamente considerado. No se trata por cierto de una cuestión sencilla, y sus proyecciones sobre el futuro de nuestro país no sería exagerado calificar de trascendentales. El análisis minucioso, la reflexión profunda, y el diálogo nacional exhaustivo, se hallan, pues, indicados.

Al contrario, el proyecto de constituir con nuestros hermanos trasplatinos una zona de libre comercio, sobre una lista inicial de productos, y con la perspectiva de interminables negociaciones para expandirla, se reconocen ya a primera vista como un error manifiesto. De quienes se han puesto a transitar por ese camino, diríamos que la historia de ALALC no les ha dejado ninguna enseñanza.

El primer punto a tener en cuenta, al ponerse uno a discurrir sobre estas cuestiones, es que los intrumentos relativos a la integración económica regional pertenecen al ámbito de la alta política, de esa que es capaz de moldear el destino de las naciones. La Zollverein –la progresiva unificación aduanera de los múltiples estados alemanes desde los años 1830– fue sin duda un paso importante en la dirección de la unidad política germana que Bismarck consiguió en 1870. La Comunidad del Carbón y el Acero, el Euratom, y, finalmente, la C.E.E., han sido sin duda decisivos para que la fisonomía política de Europa Occidental se volviese irreconocible en cosa de dos décadas. Es ésta la suerte de exaltados efectos que pueden suscitarse cuando se esgrimen los poderosos instrumentos de la integración económica. Usarlo pretendiendo resolver problemas de coyuntura –quizá mejorar la balanza comercial, o elevar el nivel de actividad de tal o cual industria– por de pronto implican una frivolidad.

Pero implican más que eso. También implican decir no a la opción de una integración genuina. ALALC y su collar de frustraciones representaron una negativa –tácita pero inequívoca– de los países del área latinoamericana a la propuesta de su progresivo acercamiento. Por descontado, el marco de aquel proyecto era demasiado dilatado como para que, en las condiciones actuales y las del futuro previsible, resultase viable. Pero hay un marco dentro del cual la viabilidad nos luce cierta, y que plantea por ende una opción auténtica en el sentido de la integración regional. Si hemos de rechazarla –ya reiteramos que la cuestión es difícil– que la decisión se adopte con plena conciencia de lo que está en juego y que no nos veamos empujados a ella por cegatonerías cortoplacistas.

El marco dentro del cual creemos discernir la viabilidad de un proyecto interesante va más allá de la zona platense. Considere el lector la similitud de los casos que plantean los tres países que ocupan el vértice austral del continente. Recuerde su envidiable posición de otrora en materia de estabilidad política. Repare en el paralelismo de los procesos que llevaron a la pérdida de ese tesoro, todos ellos signados por un estatismo y un dirigismo creciente, y la forma en que todos esos procesos hicieron crisis, en sendas peripecias ciertamente disímiles, pero que a los tres en algún momento pusieron cara a cara con el peligro político supremo de nuestro tiempo.

Por fin, detenga el lector su reflexión en la semejanza, por relativa no menos impresionante, de las políticas económicas que Argentina, Chile y Uruguay han elegido para procurar la superación de sus afligentes situaciones. ¿Cuestión de moda? Para desechar esa hipótesis basta con que desplace uno la mirada por el resto de Hispanoamérica. La hipótesis alternativa cobra entonces considerable vigor: una comunidad de cultura, una comunidad de pasado, y una comunidad de peligro, serían las razones profundas que explican la comunidad de reacciones.

A todo esto, cada uno de los tres países está haciendo por su lado, en un aislamiento que a nosotros se nos antoja asombroso, la misma clase de camino. Y Argentina y Chile hasta se dan el lujo de amagar con irse a las manos por un diferendo territorial de segundo orden. Todo ello mientas están jugando su destino, dramáticamente, a una misma carta.

¿Es aconsejable esa triple soledad de marchas paralelas? Tal vez no lo sea. Y si llegásemos los uruguayos a tal conclusión, probablemente arribaríamos también a esta otra –que una estrecha asociación económica del Cono Sur proporcionaría al mismo tiempo los cimientos para una cooperación más amplia, capaz de desbordar la económica hacia las vitales cuestiones que los tres países tendrán que enfrentar antes de mucho tiempo.

Y, por fin, de arribar los uruguayos a esa doble conclusión, nos encontraríamos con que el azar de las circunstancias había depositado en nuestras manos una misión de gran trascendencia, ya que sólo nosotros estaríamos en condiciones de lanzar y promover la iniciativa.

He aquí un tema de reflexión estimulante. Lo proponemos a la consideración de nuestros compatriotas con el deseo de confirmar lo que hace poco señalábamos –que no es cierto que nuestro país haya renunciado en el pasado, como muchos parecen creer, a prohijar toda iniciativa que sobrepase la mediocridad. Y en parte, además, lo proponemos como antídoto que nos invade, y presumimos invade a otros, apenas oímos hablar de zonas de libre comercio, listas de productos, y concesiones tarifarias negociadas.

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